8 de julio 2015 - 00:00

“El cine de hoy es el peor de los últimos 50 años”

Dustin Hoffman en “El niño del coro”: “Si yo, que aún vendo entradas, no hubiera actuado en este film, el papel que hice sería insignificante porque el protagonista es el chico”.
Dustin Hoffman en “El niño del coro”: “Si yo, que aún vendo entradas, no hubiera actuado en este film, el papel que hice sería insignificante porque el protagonista es el chico”.
Los Angeles - No es la primera vez que una estrella de otros tiempos condena al cine de hoy, pero la entrevista que acaba de darle Dustin Hoffman al diario inglés The Independent tocó el hueso y repercutió en todo Hollywood, al punto de que The Hollywood Reporter la reprodujo en su totalidad. Hoffman, que hoy tiene 78 años, está en Londres presentando su última película, "The Boychoir" ("El niño del coro"), producción norteamericana dirigida por el canadiense François Girard, donde comparte un elenco que incluye también a la figura de los 80 Debra Winger ("Reto al destino"), y en la mencionada entrevista aseguró que la televisión ha derrotado definitivamente al cine.

"Creo que la televisión que se hace hoy es la mejor de todos los tiempos, mientras que el cine actual es el peor del que yo tenga memoria en los 50 años que estuve en este negocio", afirmó taxativamente. El diario no dejó de señalar que su defensa de la TV no fue empañada por la decisión de HBO de levantar la serie sobre carreras de caballos que estaba protagonizando, "Luck", por las protestas de una sociedad protectora de animales a raíz de la muerte de algunos caballos en el set. Y tampoco su visión del cine le retacea entusiasmo para seguir actuando o dirigiendo, ya que está a punto de realizar una segunda película como director después de su debut hace tres años con "Rigoletto en apuros", sobre un grupo de viejos cantantes de ópera recluidos en un geriátrico.

Ganador dos veces del Oscar (como Mejor Actor en 1979 por "Kramer vs. Kramer" y en 1988 por "Rain Man"), la carrera de Hoffman es una nómina de grandes éxitos de Hollywood a lo largo de cuatro décadas: además de los films antes mencionados, baste recordar sus grandes hits "El graduado", "Perdidos en la noche", "Pequeño gran hombre", "Los perros de paja", "Papillon", "Lenny", "Maratón de la muerte", "Todos los hombres del presidente", "Tootsie", "Garfio", "Mentiras que matan", etcétera.

"Es difícil creer que hiciéramos tan buenas películas y con tan poco dinero. 'El graduado', por ejemplo, no costó nada, y casi medio siglo después sigue dando ganancias", señaló. "¿Cuál era el secreto? Tenía un guión espectacular que fue preparado a lo largo de tres años, un director maravilloso como Mike Nichols, un elenco y un equipo técnico de primera calidad, y a pesar de que se hizo entre cuatro paredes, y sólo con actores, demandó 100 días de rodaje. Ahora la mayor parte de las películas se termina en menos de un mes, ya que la tecnología digital les permite a los cineastas rodar muchas más escenas que lo que era habitual y, salvo esas cosas con robots y animaciones, con presupuestos cada vez más reducidos. Y el género que más sufrió fueron los dramas de calidad".

En la entrevista, Hoffman también se refirió a las duras condiciones que debe atravesar un actor debutante en el cine para llegar a ocupar un lugar, y que cuando lo alcanza, si lo alcanza, a veces es

demasiado tarde. "Sé que yo fui un privilegiado", le dijo a The Independent. "A mí me cayó la luz de la fama en mi primera película, y son muy pocos los que además tienen la fortuna de debutar de esa forma en una película como 'El graduado'. La mayor parte de mis colegas debutan en papeles a los que sólo eufemísticamente podríamos llamar secundarios. No son ni siquiera eso. Si tienen la suficiente suerte, después de hacer muchos papeles irrelevantes consiguen algún papel secundario, y si tienen más suerte pueden dar el salto al protagónico. Pero lo más habitual es que, cuando eso ocurre, ocurre a cierta edad, y a las mujeres además esa cierta edad les llega mucho más rápido que a los varones, y ya no hay papeles para ellas, y después tampoco para ellos, con lo cual se vuelve rápidamente al lugar del actor secundario. Ese el círculo vicioso y fatal".

Con relación a la nueva película, "El niño del coro", donde interpreta al director de un coro infantil, Hoffman tampoco ahorró sinceridad: "En este film yo tengo un papel importante sólo porque me llamo Dustin Hoffman, y afortunadamente mi nombre sigue vendiendo entradas. Porque si no, no tenga dudas de que el papel del director sería mucho menos relevante ya que el guión no lo requiere. El protagonista es el chico del coro, no el director. Si yo, o algún otro colega que hoy sobreviva en la taquilla como yo, no hubiéramos aceptado hacer el film, habrían llamado a un secundario y el papel del director sería insignificante".

En otro párrafo de la entrevista, y a pesar de su estrenada hace poco carrera como director, Hoffman volvió a poner el lugar del actor por encima del del director, a quien considera que desde hace tiempo, con la importación de la teoría francesa del "autor", se le da una importancia que en los hechos es mucho menor. "Hay dos clases de personas que se dan cuenta si estás actuando bien o mal", señala, casi bromeando. "Los espectadores y tus colegas, no los directores. En un rodaje, cuando viene un director y te pide 'más energía' para tal escena, son tus compañeros los que te dicen por lo bajo: 'Sigue así, lo estás haciendo bien', o por el contrario 'Sí, tiene razón, pon un poco más de fuerza'. Ellos lo perciben. Es casi como en la cárcel, que tienes que escuchar al carcelero pero son tus compañeros los que te escuchan y te ven".

La entrevista incluyó otro lamento: su frustración por no haber sido músico. "El piano me gusta más que cualquier otra cosa en este mundo", confesó. "Pero jamás logré tocarlo lo suficientemente bien como para vivir como pianista profesional. Si Dios me tocara un día el hombro y me dijera, 'No más actuación, no más dirección. De ahora en más lo que harás es convertirte en pianista de jazz' no podría agradecérselo lo suficiente". Pero, como perfeccionista confeso, nunca se atrevió a dar un recital en público: su anécdota favorita es aquella de Picasso, que aún cuando sus cuadros colgaban en galerías o museos contenía su necesidad de tocarlos para hacer un retoque, un cambio.

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