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El conflicto, de cara a las elecciones
Como muestra del estado de ánimo imperante, vale citar al escritor Amos Oz, ícono de la intelectualidad de izquierda, que escribió la semana pasada: «El bombardeo sistemático de la población civil en ciudades y pueblos de Israel es un crimen de guerra y contra la humanidad. Israel tiene la obligación de defender a sus ciudadanos». Si bien el escritor pedía evitar «un arrebato de ira» y aconsejaba paciencia infinita, quedaba claro que, para Oz, la situación no podía continuar como se venía dando.
Con este background, y a menos de 50 días de las elecciones que definirán el nuevo gobierno israelí, no puede dejar de ser leída la implicancia interna (y electoral) que tiene la ofensiva en Gaza.
Si algo ayudó a desmoronar la popularidad de Ehud Olmert, bombardeada por problemas económicos, una alianza inestable y sonoros casos de corrupción que lo tocaron en lo personal, fue el manejo de la guerra del Líbano. En el gobernante Kadima afirman haber aprendido la lección y, en esta oportunidad, las metas enunciadas son menos ambiciosas que en la batalla contra Hezbolá. Como un mantra, Tzipi Livni, canciller y candidata por el centrista Kadima, y Ehud Barak, ministro de Defensa y representante del Partido Laborista, repiten que en cuanto puedan garantizar el cese de los bombardeos, la operación «plomo fundido» encontrará su fin.
Una acción decidida y exitosa, a tono con el hartazgo de la opinión pública, aumentaría las chances de Livni y evitaría la catástrofe que las encuestas anuncian para los laboristas.
Dicho esto, las propuestas de mayor dureza en el conflicto con los palestinos tienen dueños. Benjamin Netanyahu (candidato del Likud, derecha) cabalgaba firme desde antes de que se convocaran las elecciones, y Avigdor Lieberman (ultraderecha) encuentra eco ante propuestas rimbombantes.
De la extensión, nivel de éxito, consecuencias humanitarias y alcances estratégicos dependerá cómo se desnivela a la balanza entre Livni y Netanyahu.


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