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El desarme empieza en EE.UU. y en Rusia
La llegada de Obama debe suponer cambios estratégicos. No debe rebajarse la firmeza frente al neoimperialismo ruso. Este, además, se extiende al patio trasero de EE.UU. donde las buenas relaciones del Kremlin con regímenes populistas en Latinoamérica, sobre todo Venezuela, tienen un caldo de cultivo en el rechazo a los yanquis aunque esto es atemperado con la marcha de Bush y la elección de un sucesor muy diferente de tono y estilo.
Tras la reacción inicial rusa, EE.UU. prefirió no darse por enterado. El mensaje de reinicio de la responsable de Exteriores, Hillary Clinton, hacia su colega ruso Serguéi Lavrov, hace un mes en Ginebra, era una mano tendida para superar las malas relaciones anteriores. Pero de nuevo, como si una partida entre ajedrecistas se tratase, Medvédev en Moscú diez días después anunció un ambicioso rearme nuclear y convencional. A esto le siguió el esperado primer encuentro en Londres entre los dos presidentes. Tras la última provocación, hubo repliegue y buen clima, hablándose de desarme. A algunos nos pareció que no eran palabras gastadas.
Estando Obama y los jefes de Gobierno de los países miembros de la OTAN en Estrasburgo, en ocasión de la cumbre del 60º aniversario de la firma del Tratado de la Alianza Atlántica, se produjo el hecho de que Corea del Norte, una dictadura tan armada militarmente como de sectarismo de mentes, lanzó -con fracaso- un cohete nuclear. Obama no dejó de mencionar lo sucedido en su discurso, y dio las esperadas garantías a checos y polacos de que se construirá el escudo antimisiles «mientras persista la amenaza» de Pyongyang y Teherán.
Discurso histórico
Pero al día siguiente, pronunció en Praga -donde se celebró la cumbre EE.UU.-UE- un discurso que cabe calificar como más que histórico. En él asomó el liderazgo no sólo político sino también moral del que estamos tan necesitados. Habló con gran brillantez del desarme nuclear pero no sólo como una exigencia a los demás, sino como algo impuesto a sí mismo. Y expresó el compromiso de EE.UU. para reducir sus propias armas nucleares como elemento no sólo persuasivo sino también coercitivo a nivel multilateral para aplicar esta misma exigencia a otros.
El talante abierto del nuevo presidente de EE.UU. no debe suponer debilidad ante cualquier Estado con armamento nuclear. Tampoco, evidentemente, ante Rusia. Pero debe evitar hacer menosprecios, tensionar situaciones o dar argumentos retóricos que faciliten el reforzamiento del Kremlin como poder militar.
También respecto a la OTAN, las decisiones acerca de eventuales incorporaciones de países como Ucrania o Georgia han de hacerse desde una posición fortalecida de Europa. Esta no debe aparecer como una sucursal de EE.UU. No es bueno para nadie.
La gran transcendencia del magnífico discurso de Obama en Praga se tiene que concretar en acciones efectivas: tanto en su propia política de Defensa como, especialmente, en las relaciones con Medvédev. Rusia y EE.UU. no tienen que estar enfrentados en el tablero. El discurso que seguro resuena en muchos dirigentes mundiales no era retóricamente pacifista sino efectivamente pacifista, sensato y digno de ser respaldado con vigor por toda la comunidad internacional.
Pero antes, Obama y Medvédev son quienes han de mover ficha. Pero no olviden que pueden ser capaces de jugar con fichas del mismo color. Obama ha elegido blancas. Suyo ha sido el primer movimiento.

