11 de agosto 2011 - 00:17

El desplome de los mercados es por el debate de la deuda

Los medios del mundo reflejaron ayer la situación de incertidumbre en los mercados internacionales. Desde España (Expansión), Gran Bretaña (Financial Times), Francia (Le Monde y La Tribune) y Estados Unidos (Wall Street Journal), los diarios y portales buscan explicaciones sobre lo que sucede en estas jornadas. Algunos ensayan teorías que apuntan a instituciones financieras como las culpables, mientras otros señalan a los capitales especulativos.
Los medios del mundo reflejaron ayer la situación de incertidumbre en los mercados internacionales. Desde España (Expansión), Gran Bretaña (Financial Times), Francia (Le Monde y La Tribune) y Estados Unidos (Wall Street Journal), los diarios y portales buscan explicaciones sobre lo que sucede en estas jornadas. Algunos ensayan teorías que apuntan a instituciones financieras como las culpables, mientras otros señalan a los capitales especulativos.
Ante el asombro generalizado de todo el planeta, las Bolsas mundiales iniciaron un derrumbe que sacude a todas las economías. Desde el 23 de julio, el indicador S&P 500 cayó de 1.345 a 1.121, ¡más de un 20% en once ruedas! Los políticos tienen gran responsabilidad. Alarmados por las discusiones sobre la deuda federal, los inversores huyen de los activos de riesgo, y la calificadora S&P rebajó su nota a la deuda federal.

Desde principios de año, venimos asistiendo a una increíble disputa en el Congreso de EE.UU. para ampliar el límite del endeudamiento concedido al Ejecutivo, por encima de los 14,3 billones de dólares autorizados oportunamente. Para reafirmar la urgencia, el Tesoro venía avisando que en mayo se agotaría la autorización. En adelante, el Gobierno no podría seguir emitiendo deuda y muchos compromisos quedarían impagos. Posteriormente, el Tesoro declaró que podría extender el plazo hasta el 2 de agosto, usando fondos disponibles y otros arbitrios. Al filo del plazo, el Congreso sancionó la extensión de la partida, luego de arduas discusiones y un compromiso poco creíble para contener la progresión del endeudamiento.

A nuestro entender, los inversores y la calificadora S&P reaccionaron ante lo increíble de la cuestión en debate. El Congreso volvía a discutir endeudamientos ya sancionados en los presupuestos anteriores. En otras palabras, los tenedores de deuda, emitida con las autorizaciones legales correspondientes, se anoticiaban de que el monto mismo de la deuda estaba en debate y no existían acuerdos válidos para encarar ordenadamente los pagos futuros. ¡Estamos hablando de la deuda de la principal nación de la Tierra!, que da sustento a los sistemas financieros de la mayoría de los países y equivale al 25% del PBI mundial.

El Congreso debió haber separado el debate en dos partes. Por un lado, la autorización inexcusable de ampliar el límite de la deuda, consecuencia inevitable de los presupuestos ya sancionados. Por el otro, las negociaciones para contener la expansión del endeudamiento y arreglar el déficit fiscal. Quizás para forzar definiciones, unieron ambas cuestiones llenando de zozobra a los agentes económicos interesados.

La reacción de las autoridades norteamericanas y algunos dirigentes empresarios de ese país a la rebaja de calificación no tuvo el nivel esperado. En lugar de criticar a la calificadora, como hacen Estados subdesarrollados y los que reprueban exámenes, debieron reconocer que el tratamiento del tema tan delicado fue poco satisfactorio. Y ponerse a reparar la incertidumbre generada.

Con un déficit fiscal de 1,3 billón de dólares anuales, el Gobierno necesita emitir deuda para cubrirlo. Sin la autorización legal para extender el monto de la deuda, se hubieran acumulado 100.000 millones mensuales impagos. Diferentes personas y funciones no hubiesen contado con los fondos requeridos. Si recordamos que la gran crisis económica de 2008 y 2009, la mayor experimentada por la gente actualmente con vida, fue producto de la desconfianza en las deudas de los bancos, nos damos cuenta de la tremenda incidencia de la cuestión. Jugar con la capacidad de endeudarse de la principal economía del mundo, y el mayor deudor del planeta, es bailar en el borde del precipicio. Un default de EE.UU., tanto de la deuda pública como del pago a proveedores del Estado, generaría incertidumbre y devaluación de todos los activos.

El Congreso y el Ejecutivo deberían haber resuelto la materia mucho antes. Simplemente, reconociendo que toda la deuda actual resulta de presupuestos sancionados oportunamente, con autorizaciones de gastos y endeudamiento correspondientes. No se requeriría volver a conceder ampliaciones al endeudamiento ya autorizado en cada presupuesto. Es urgente derogar los límites independientes del presupuesto al endeudamiento federal. Reconocer que, con cada presupuesto, se autorizan nuevos límites de deuda, los necesarios para cumplir con los gastos sancionados. Debatirlos dos veces repetidas, en ocasiones y con urgencias diferentes, es redundante y pone a todo el mundo en situación de riesgo extremo.

De tal modo, el Congreso podría abocarse mejor a estudiar y debatir el presupuesto, con todo el tiempo necesario para acordar las decisiones más comprensivas. El mercado brega por contener la deuda pública de EE.UU., que crece con déficit fiscales federales de 1,3 a 1,5 billón de dólares, desde 2009. Considera que la actual deuda federal de 14,3 billones de dólares es explosiva.

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