14 de diciembre 2010 - 00:00

El dibujo ganó un status que nunca había tenido en el país

El dibujo de gran formato y poderoso atractivo, «Carne», de Viviana Blanco; y la instalación «Las cadenas alimentarias» de Carlos Ricci, dibujos de diversas especies animales sobre rollitos de papel de fax y tickets, que recibió una mención.
El dibujo de gran formato y poderoso atractivo, «Carne», de Viviana Blanco; y la instalación «Las cadenas alimentarias» de Carlos Ricci, dibujos de diversas especies animales sobre rollitos de papel de fax y tickets, que recibió una mención.
La semana pasada en el Centro Cultural Borges se inauguró la muestra del Premio Arte Joven de la Fundación Williams 2010, en esta ocasión dedicado al dibujo, técnica que en estos últimos años disfruta de una jerarquía que en nuestro país nunca había tenido. Los premios, dada la naturaleza del arte, siempre son arbitrarios, pero el Salón del Williams ha reunido obras con un nivel parejo que, según voces autorizadas como la de Eduardo Stupía, supera el de los salones nacionales (y el artista puede hablar de esta disciplina no sólo desde la praxis sino además como maestro y curador durante más de una década, del espacio «La línea piensa» del Borges, junto a Luis Felipe Noé).

Lo cierto es que varias razones confluyen para que el dibujo haya ganado status. Para comenzar, es evidente que la espontaneidad y la frescura del arte de las nuevas generaciones, dispuestas a servirse de cualquier técnica o material para expresarse, incluso los no tradicionales, han contribuido a cambiar el gusto argentino. Nuestro país heredó la fascinación española por el óleo, la llamada «manía del betún» y, luego, recibimos como legado los densos empastes de los macchiaioli y el postimpresionismo. Sólo hace falta recorrer los museos argentinos para reconocer esta tendencia.

En este contexto, el coleccionismo descartó el papel prácticamente hasta ayer y, consecuentemente, el grabado o el dibujo. Aunque nadie sabía explicar cuál era el motivo de este desdén. El argumento que ensayaban algunos para avalar sus preferencias por la «nobleza» del lienzo, era la perdurabilidad del material, sin considerar que los papeles de Leonardo o Miguel Angel se conservan en perfectas condiciones. No obstante, hoy, aunque hay galerías dedicadas en exclusividad al dibujo, como Sapo o Chez Vautier, la pintura sobre tela mantiene un valor económico que los papeles no alcanzan.

Desplazamientos

Los 41 dibujos seleccionados para ser exhibidos en el Premio, muestran la actual contaminación interdisciplinaria, ponen en evidencia los desplazamientos que se generan desde -o hacia- la fotografía, la pintura, el collage y hasta la instalación. Este es el caso del primer premio ganado por Elisa OFarrell, con una serie de dibujos que representan distintos modelos de radios, a los que sumó el audio de conversaciones que tuvo con quienes la llamaban a su audición en La Tribu. La obra se llama «¿Qué radio tienes?» y, al parecer, la artista realizó los dibujos mientras charlaba, mientras imaginaba cómo era la radio de esas personas que hablaban con ella. Su trabajo se encuadra en el denominado «arte relacional», dado que su producción está fundada en los vínculos que estableció con las personas y en su intención de generar espacios de diálogo y transformación.

El segundo premio lo ganó Julián Terán con «Hot spots», una tinta sobre papel con una imagen despojada. Con economía de líneas, la obra de Terán se refiere a la necesidad de proteger la biodiversidad con economía en los medios utilizados. Mientras la ciencia descarta estrategias maximalistas para la conservación de zonas denominadas «biodiversity hot spots» (puntos «calientes» de biodiversidad con un número elevado de especies), Terán también las descarta y presenta un dibujo minimalista, sin renunciar a la belleza retiniana.

Dedicada mayormente a fomentar las alianzas de la ciencia con la cultura, la Fundación Williams ganó tres premios adquisición a los que se sumó el tercero de Bárbara Kaplan, que están en sintonía con sus objetivos. Kaplan presentó «Topografía» y dibujó el mapa del mundo con lápices de colores sobre la grilla del papel «transfer»; todo un gesto desprejuiciado, utilizar una técnica cuyo empleo común es el de decorar remeras para exhibir un mapamundi que parece un colador.

Entretanto, las cuatro obras que se llevaron menciones, al igual que el resto de las expuestas, difieren en las técnicas empleadas, pero la calidad es equiparable y, según afirmaron los organizadores, la falta de espacio limitó el número de los trabajos expuestos.

Entre las menciones figura una obra obsesiva: la instalación, las «Cadenas alimentarias» de Carlos Ricci. Los dibujos de las diversas especies animales realizadas con tinta sobre rollitos de papel de fax o de tickets, cuelgan desde la pared y desbordan el espacio extendiéndose por el piso. Semejante despliegue se percibe como el anuncio de un crecimiento anómalo de las especies, de algo extraño que ya aconteció o está por acontecer. El resto de la menciones se otorgaron a Alfio Demestre, Cecilia Candia y Hernán Salvo, quien presentó una de las imágenes más cautivantes de la muestra, «The End». Salvo dibujó una pantalla de un cine y la platea en la sala oscura, así creó un clima que echa a andar la imaginación del espectador. En este mismo sentido, las obras «Himno a la noche» de Leonardo Garibotti y «Piel de cordero» de Analía Bruno, remiten al mágico universo de los cuentos infantiles.

En este salón hay jóvenes dibujantes que ya ganaron su pequeña gloria, como Diego Haboba, quien, con la intención de indagar el pasado, rescata la imagen de un grupo de gente que posa sonriendo junto a una mesa para una fotografía, y la manipula hasta lograr el aspecto borroso de un recuerdo que se esfuma. Con similares antecedentes, Mariana Sissia presenta uno de sus ya inconfundibles paisajes en grafito.

El poderoso atractivo visual de «Carne» de Viviana Blanco, atrapa las miradas con el color rojo que se destaca en un dibujo de gran formato. Por lo demás, la obra de Alejandro Somaschini, «Arquivo carpe diem», realizada en transfer con cera de abejas sobre azulejos, una bella columna con sus volutas arquitectónicas, implica una reflexión sobre el hábitat y el ornamento.

En suma, esta vieja disciplina que es casi una «manualidad», viene a ofrecer resistencia al avance imparable de las nuevas tecnologías, y hasta entabla relación con ellas, sin ceder un palmo de su territorio.

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