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El economista del mes: pese a crecer el 4%, será otro año desperdiciado
En la tradicional entrega de El Economista del Mes, el análisis de la coyuntura está en esta oportunidad en manos de Luis Secco. Advierte que habrá que convivir con una inflación del 20%, niveles críticos de inversión, un gasto público cada vez menos financiable, y una alta incertidumbre política. El mundo jugará a favor, pero nada garantiza que se aproveche.
Luis Secco
3 ¿Desaparecieron totalmente los fantasmas de un default en el corto plazo?
En lo que hace al programa financiero, la situación luce, en términos también estrictamente cuantitativos, relativamente despejada para este año y el que viene. La amplia disponibilidad de financiamiento intra-sector público (vía Banco Nación, Banco Central, ANSES y otras entidades públicas), y la posibilidad de conseguir nuevo financiamiento voluntario en los mercados de deuda (en caso que, tal cual aún se prevé, la reapertura del canje resulte exitosa) permitirían «cerrar» el programa financiero sin mayores sobresaltos. Vale remarcar que este pronóstico seguiría teniendo validez aún en el caso que el Gobierno no pueda constituir el «Fondo del Bicentenario». En cuyo caso, dicha fuente de financiamiento podría ser sustituida vía mayor financiamiento intra-sector público (principalmente ANSES) y/o vía mayor flujo de financiamiento desde el BCRA a través de Adelantos Transitorios o a través de otros mecanismos de apropiación indirecta de las reservas internacionales.
Si bien el programa financiero se encuentra virtualmente «cerrado» (tomando en cuenta las fuentes seguras ya disponibles, la brecha a cerrar no supera los u$s 1.500 millones), lo cierto es que los stocks no son infinitos y que el deterioro de los balances (de los jubilados, de la ANSES, de los bancos públicos y del BCRA) no puede alargarse indefinidamente en el tiempo. Resulta imprescindible solucionar la dinámica fiscal «arriba de la línea» para que los fantasmas del default desaparezcan definitivamente. De no hacerlo, siempre estaremos discutiendo las consecuencias (el financiamiento) de los problemas fiscales y nunca las causas (los desequilibrios «arriba de la línea», producto de un Estado grande e ineficiente). La discusión acerca del «Fondo del Bicentenario» es un claro ejemplo de ello. Más allá de la institucionalidad detrás de la cuestión, que por supuesto siempre debe respetarse, lo cierto es que el tema central no es si hay que constituir un Fondo o no (a esta altura, y con la actual dinámica de ingresos y gasto, no usar alternativas heterodoxas de financiamiento pondría en riesgo el cumplimiento de los compromisos de deuda). La discusión central debería girar en torno al diseño de una política fiscal que sea sustentable (no sólo en términos de un gasto público que sea eficiente y razonable, sino también, en términos de una política tributaria transparente, estable y más equitativa), que le quite dramatismo a la cuestión del financiamiento.
4 ¿Volverá la inflación al centro de la escena económica?
Por diseño (alto estímulo al consumo, en un contexto de flujos de inversión relativamente escasos y tipo de cambio nominal cuasi fijo alto), el actual modelo económico tiene sesgo inflacionario. Y a esta altura resulta bastante claro que el «modelo» no se va a modificar; por lo tanto, las presiones inflacionarias seguirán siendo una de las principales protagonistas de la escena económica doméstica, al menos en el futuro inmediato.
Durante 2010, la inflación minorista se ubicará por encima de las registros de 2009, en torno al 18%/20%, si se computa la variación interanual de diciembre (frente al 14,9% del 2008). Este mayor avance de los precios obedecerá a varias razones, entre las cuales se destacan: 1) una política fiscal expansiva, que tiene como fin apuntalar la actividad económica doméstica; 2) una política monetaria convalidatoria que se deriva de una política cambiaria destinada a mantener un tipo de cambio «alto y competitivo» (un peso débil); 3) aumentos salariales que en algunos sectores excederán los aumentos de precios de esos sectores y que pondrán presión sobre los márgenes de rentabilidad de empresas que intentarán trasladar a precios los mayores costos; 4) probables ajustes en las tarifas aún atrasadas de los servicios públicos (especialmente transporte metropolitano, electricidad y gas), con el objetivo de limitar el crecimiento de los subsidios al consumo de esos servicios y; 5) el hecho que el crecimiento del consumo volverá a poner en evidencia los límites al uso de la capacidad instalada en algunos sectores.
Así, en 2010 será difícil evitar la sensación de desperdicio que tantas veces nos acompaño durante estos años de aumento del producto bruto y de viejos problemas que no encuentran solución.

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