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EL ERROR POSSE
La llamada de Posse respondió a la andanada de versiones que brotaron por la TV cuando anochecía en Buenos Aires, seguramente inducidas por el Gobierno porteño para ablandar a la víctima. Las placas de algunos canales hablaban de renuncia y de reuniones de Macri con Bullrich cuando en realidad el jefe de Gobierno estaba jugando al bridge con un grupo de amigos.
Macri lo tiene citado a Posse hoy junto a su hombre en Educación -Andrés Ibarra, quien fue gerente de Boca Juniors- para preguntarle qué quiere hacer y qué necesita. Él ratificará su renuncia. El alcalde quería preguntarle en esa reunión si es cierto que casi no va al despacho, que se la pasa llamando a Ibarra para preguntarle qué papel debe firmar y cuál no firmar. También por qué hasta ahora no ha llevado a ningún funcionario propio; ni secretaria, dicen. Lo que quiere escuchar Macri es el deseo de Posse de irse a su casa. «No puedo estar polemizando con Aníbal Fernández o Tito Nenna, que no tienen nivel para opinar», se ha quejado Posse. Eso es ser funcionario, querrían responder, pero nadie es tan amigo de él para hacerlo.
Esas noticias reflejaban el final de una semana tormentosa en el gabinete de Macri, quien escuchó críticas a lo que Posse hacía y decía en todas las reuniones que tuvo. «Tiene que irse», fue el consejo unánime. El problema fue quién le pedía la renuncia. Nadie se decía tan amigo de él para reclamársela y Macri no quería ser el verdugo. «Nadie me ha dicho nada», respondió anoche desde el bridge, en un intento de tomar distancia de esta nueva crisis.
La salida de Posse recuerda a otra que ocurrió justamente hace ocho años, el 20 de diciembre de 2001, la de Domingo Cavallo. Cuando arreciaban saqueos y cacerolazos, el entorno de Fernando de la Rúa entendió que la salida del ministro del «corralito» podría aplacar los ánimos. A un diputado (Marcelo Stubrin) se le ocurrió llamar al programa «A dos voces» y anunciar que Cavallo había renunciado. Saltó la pantalla, hubo festejos y Cavallo llamó a Olivos. «Nadie me ha dicho nada», replicaron, pero la noticia de la renuncia encarnó en los titulares del día siguiente que se hizo realidad sin que el ministro la firmase.
Bullrich es un licenciado en administración dedicado a la computación y se preparaba ayer para asumir la cartera de Educación en el equipo de Mauricio Macri después de esta verdadera primavera de Praga de Posse en el cargo.
El principal activo político de Bullrich es haberle sacado el partido Recrear nada menos que a Ricardo López Murphy. Era el candidato a reemplazar a Mariano Narodowski, quien dejó la cartera como víctima del caso de las pinchaduras ilegales emprendidas por un policía designado en su jurisdicción de cuya existencia y tareas dijo desconocer. Nadie explicó mucho qué activos aportaría Bullrich a la compleja gestión educativa; el único antecedente en la educación es haber enseñado dos meses aritmética a unos huérfanos de Nicaragua.
La atención de urgencias familiares puso reparos al nombramiento de Bullrich, sobre el que cargó cerca del disco Abel Posse, un embajador jubilado con fama de escritor, dicharachero y fraseador, que empeoró la situación del gabinete de Macri. Firme en sus expresiones en favor del orden y el progreso, Posse llegó a la silla empujado por golpes de amateurismo: lo puso en la mesa el ministro Marcos Peña, lo consintió Horacio Rodríguez Larreta -valedor antes de Bullrich, pero también de las relaciones de Macri con su alma máter, el diario La Nación, que lo tiene a Posse como una de sus plumas opinativas más conspicuas- y facilitó los contactos el ex presidente Ramón Puerta (acercó el teléfono de Posse).
Cuando empezó Posse a hablar por radio lo puso en emergencia al propio Macri («¡Habla por todas las radios, ¿qué le pasa?!», se quejaba por los pasillos el jefe de Gobierno). La oposición al macrismo, que no se caracteriza por su tolerancia, hizo un asesinato de imagen de Posse recordando sus embajadas durante el Proceso militar y el tono de algunas opiniones, ninguna de ellas ligadas a la educación. Llegaron a organizarle un recital de música en las puertas de la municipalidad para mofarse de este atildado embajador que se precia de su parecido a Juan Perón y que pensaba terminar su trayectoria política como hombre del gabinete (en las sombras o bajo las luces) de Eduardo Duhalde.
El Gobierno Kirchner se sumó a esa violación masiva olvidando que Posse fue dos años embajador de Néstor Kirchner en España y que compartió con sus críticos de ahora más de una negociación discreta y, presumiblemente, útil para el país. La crueldad en el trato que recibió Posse desde que asumió fue un ejemplo de lo que le espera a alguien que no pertenece a la corporación política si decide aceptar un puesto de Gobierno. Esa demonización -equivalente a la que ha hecho la oposición con, por ejemplo, Luis D'Elía- lo hizo insoportable en el gabinete de Macri, al cual quizás nunca debió llegar, pero no tanto por aquello que se le critica. El error, en todo caso, no fue de él, sino de Macri, que mostró un frágil sistema de decisiones. Lo ilustra que la broma en los últimos días en la cúpula del Gobierno porteño era: «¿Quién lo trajo a Posse?».
Un ministro de Educación es un cargo técnico y quien lo asume tiene que tener un proyecto educativo, que Posse no aportó. En lo político, implica emprender una batalla con los gremios del sector. Posse ni amagó con negociar con esos adversarios -como era esperable- por lo menos una tregua hasta marzo próximo.
Dijo que llegaba para ir dos días por semana a la oficina y que se dedicaría a penar la educación. ¿Podía hacerlo un hombre que -como escritor que es- sacrificaría todo por una frase bella u ocurrente? ¿Podía aportar algo un hombre que dice que la Argentina es un país absurdo e incomprensible, y que la gente que lo habita debería cambiar su idiosincrasia, algo así como declarar que el argentino es una raza maldita? ¿Podía aportar algo un hombre que se queja del país en el cual vive cuando pasó toda su vida ligado a los gobiernos y al establishment que produjo la declinación que él denuncia, lo que equivale a pensar que se queja de lo que contribuyó a crear?
No merecía Posse el trato que recibió, pero tampoco se merecían los porteños a Posse como ministro, cargo que lo deja más como víctima de un sistema frívolo que como victimario.

