4 de noviembre 2009 - 00:00

El futuro de los grandes bancos es convertirse en más pequeños

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
¿Cuál es el futuro que les espera a los grandes bancos? Achicarse. La existencia de bancos «demasiado grandes para caer» es una distorsión muy grave como para ignorarla. Tolerar la bancarrota de Lehman Brothers, si se quiere, fue una manera práctica de sondear la veracidad del lema. A fuer de ser sinceros, la mediana corpulencia de Lehman fue suficiente -como un pájaro en una turbina- para provocar el descalabro. El enfoque de «manos libres» no duró dos días: hubo que salvar AIG, otra firma que no se ajustaba a la definición rigurosa ya que ni siquiera era banco. Pero su rol era vital; tampoco podía caerse sin hundir al sistema.

Si las entidades son demasiado grandes para caer, dijo días atrás, Alan Greenspan, son demasiado grandes. La nueva arquitectura financiera -la que de veras rige, no la que se promete diseñar- es lo que la crisis dejó en pie más los parches colocados de apuro. Uno de sus rasgos salientes es un sistema financiero aún más concentrado. Los grandes bancos son mucho más grandes que antes. En Gran Bretaña, cuatro instituciones -HSBC, RBS, Lloyds y Barclays- dominan la plaza. En EE.UU., donde la atomización bancaria está en los genes de la propia organización nacional, donde ningún banco tiene presencia en los 50 estados de la Unión y todavía pululan más de 8.100 bancos de diverso pelaje, cuatro entidades -Bank of America, JP Morgan Chase, Wells Fargo y Citigroup- controlan más del 60% de los activos totales. En el apogeo de la zozobra, las autoridades alentaron la concentración como una vía rápida de escape. En marzo de 2008, acudieron a JP Morgan para que absorbiera a un Bear Stearns al borde del precipicio (meses más tarde le servirían Washington Mutual en bandeja). Bank of America deglutió, de motu proprio, a Countrywide y luego a Merrill Lynch (cuando se arrepintió, el Tesoro le hizo saber que no había marcha atrás). Citigroup debió tomar Wachovia (el muerto rescataba al degollado a cambio, se supone, de un generoso subsidio oculto) pero Wells Fargo se lo arrebató. ¿Cuán compatible es un capitalismo que promueve la toma de riesgos con un sistema financiero liderado por un puñado de firmas percibidas como demasiado grandes para caer? ¿Quién, si no el contribuyente, es el que terminará afrontando los riesgos si ocurre un gran siniestro?

Primero reparar, después reformar. Es el lema tácito detrás de las acciones concretas de los gobiernos. Pero aún así ya hay quien pugna por comenzar las refacciones. El predecesor de Greenspan al timón de la Fed, Paul Volcker, aboga por la segregación de las azarosas actividades de «trading» (negociación de activos) a la manera que la ley Glass Steagall dispuso tras la Gran Depresión. Esto es, volver a la separación funcional entre la banca comercial y Wall Street. ¿Cuán probable es que se retome la vieja senda? Poco y nada. Volcker es asesor de Obama, pero no es un hombre con decisión en el Gobierno. Más aún, encapsular a la banca de inversión no garantiza una solución. Después de todo, la corrida se gestó allí, en la banca de inversión independiente. Bear Stearns y Lehman fueron los dos grandes exponentes. Que no captaran depósitos del público ni tuvieran un papel en el sistema minorista de pagos no alcanzó para evitar el incendio.

Otra postura crítica proviene de Sheila Bair, la titular de la FDIC -la corporación que maneja el seguro de los depósitos- y una mujer de acción con influencia (fue el cerebro de las operaciones de Wachovia y Washington Mutual). «Debemos terminar con el demasiado grande para caer», señaló en la convención de la American Bankers Association. El consenso para hacerlo, dijo, «está creciendo». Bair, quien ya desguazó 143 entidades desde 2007, pone el acento en su oficio: la liquidación de las firmas en problemas. Su infraestructura opera con éxito en bancos pequeños y medianos, lo que propone es robustecerla para afrontar cirugías de envergadura. ¿Tendrá más chances que Volcker de ser escuchada? Seguro. Y le sobrará trabajo. Pero, seriamente, un mecanismo de resolución expeditivo que permita lidiar con los casos más importantes -cualquiera de los Big Four- está fuera de alcance.

Una vez más hay que mirar a Gran Bretaña para encontrar un punto concreto de partida (como cuando Gordon Brown resolvió capitalizar a la banca y luego fue imitado por sus pares de EE.UU. y Europa). Allí se pasará de las palabras a la acción. El Gobierno ya tomó la decisión. El plan va de frente a remediar la cuestión más urticante: el tamaño. Dos de los cuatro grandes -Lloyds y RBS- y el banco hipotecario Northern Rock serán desmembrados y la venta de parte de sus negocios dará origen a tres nuevos bancos (en un plazo de tres a cinco años). De qué negocios deberán desprenderse, no se sabe. La partición de ING (el banco europeo por un lado y los seguros y el banco en EE.UU. por otro) es un antecedente del rigor paralelo que emana de la Unión Europea. De ahí que se anticipa una dura pelea de RBS por retener Citizens Financial Group, su franquicia en los EE.UU., un conglomerado con 1.480 bocas en 12 estados. Como se quiere fomentar la competencia, ningún operador financiero de magnitud podrá participar. Se ignora dónde se trazará la frontera (¿podrá Santander, por ejemplo, expandir su lucrativa actividad en las islas?). Eso sí, nuevos jugadores aprovecharán la oportunidad. Virgin Money (del grupo de Richard Branson) y la cadena de supermercados Tesco son los que más suenan.

Quienes invierten en activos emitidos por bancos -en especial, en acciones- hacen bien en seguir estas peripecias. No sólo los malos créditos acechan. Quien paga por crecimiento deberá entender que el futuro de los grandes bancos pasa, probablemente, por tornarse más pequeños y regulados. Pagar hoy por una posición dominante tiene sus bemoles. Desde ya, cuanto más lejos de las acreencias del Gobierno, mejor. HSBC, que es más grande que sus colegas, pero no le debe una libra al Gobierno, mira desde el palco. En cambio el Estado inglés controla el 70% de RBS (que se convertirá pronto en un 84%) y 43% de LLoyds y allí lleva la voz cantante. No en vano los bancos de EE.UU. se apresuraron en repagar los fondos del plan TARP. En los hechos, el destino de Citigroup, que debió ceder el 34% de su paquete accionario, se bifurca en dos instituciones separadas. En síntesis, la partida de ajedrez recién empieza. Y si bien la apertura importa, no tiene por qué agotar todo el plan de juego.

Dejá tu comentario