El Instituto Smithsonian rinde vasto tributo al arte argentino

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«Contemporary Argentine Masterworks» se llama la exhibición de arte argentino contemporáneo que en octubre, con motivo del Bicentenario, se presentará en la International Gallery del Instituto Smithsonian de Washington. La extensa exhibición reúne más de 70 obras de artistas de diversas generaciones y forma parte de una auténtica movida, que comprende conferencias, conciertos, proyecciones y muestras paralelas.

Consultado por este diario, el embajador Héctor Timerman, relató la génesis del proyecto: «Hace dos años que trabajamos con el Smithsonian en el homenaje al Bicentenario. Lo hicimos muy en silencio porque me costaba creer que lo lograríamos, especialmente porque mi primera condición es lograr que el Estado no tenga que poner la plata. Al final hicimos un pequeño aporte simbólico y el resto lo puso el Smithsonian».

Timerman aclaró que la Secretaria de Cultura aportó el trabajo de los curadores para la muestra principal, y agregó: «el resto lo hicimos a pulmón, es decir, las 25 actividades que vamos a desarrollar a lo largo de este año».

La exposición argentina está dividida en cuatro capítulos y la selección de los artistas responde al objetivo de mostrar nuestro arte contemporáneo. La elección de dos curadores con criterios disímiles, el «popular» de Alberto Petrina y el de algún modo «contemporáneo» de Andrés Duprat ha dado como resultado una selección de artistas que se puede definir hasta cierto punto como heterogénea.

El núcleo político (León Ferrari, Norberto Gómez, Juan Carlos Distéfano, Daniel Santoro, Eduardo Iglesias Brickles) está definido con rigor figurativo, y la abstracción (Gyula Kosice, Rogelio Polesello, César Paternosto, Marta Minujín, Tulio de Sagastizábal, Pablo Siquier) deja poco espacio para equivocaciones.

A pesar de todo, la obra de Minujín no es abstracta, es Pop de la primera hora, y así es como se debe mostrar, porque hasta realizó con Andy Warhol la célebre acción performática de pagar con maíz la deuda externa. Los capítulos restantes son mucho más ambiguos: «el paisaje inmanente» (Luis Felipe Noé, Fermín Eguía, Eduardo Stupía, Duilio Pierri, Miguel DArienzo, Marcia Schvartz, Facundo de Zuviría, Jorge Macchi), y «apuntes sobre la identidad» (Daniel García, Víctor Quiroga, Ariel Mylnarzewicz, Marcos López, Marcelo Torretta, Fernando Allievi, Susana Dragotta, Nicola Costantino).

En la selección figuran algunos de los artistas que reclaman en el exterior porque ya conocen sus méritos, como Ferrari o Stupía, que integran la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York, Minujin, que en estos últimos años ha tenido muestras consagratorias en el mundo, Kosice, que acaba de venderle su utópica Ciudad Hidroespacial al poderoso Museo de Bellas Artes de Houston.

Luego, están César Paternosto, que vivió durante décadas en Nueva York y allá se ha ganado un nombre, y Nicola Costantino, que mostró su obra en el espacio más sofisticado de Manhattan, el de Jeffrey Deitch (el primer galerista de EE.UU. que pasó a ocupar la dirección de un museo, el conocido MOCA de Los Angeles).

Además están algunos «clásicos», los artistas que se reiteran en bienales y ferias internacionales: Siquier, López y Macchi. Según aclara Duprat, la inclusión de algún nombre poco conocido se debe a la intención políticamente correcta de que participen figuras del interior. Pero, en rigor, como las oportunidades de mostrar nuestros artistas en el exterior no abundan, estas presencias deberían estar avaladas por el talento. En este sentido, se destaca Victor Quiroga, un artista genuino, que trabaja la mitología del Norte. Por otra parte, la vertiente sensible, tan presente en la producción argentina de las últimas décadas, ha sido absolutamente ignorada.

El objetivo es presentar «un amplio panorama de las estéticas contemporáneas argentinas», pero se han eludido vertientes como el arte conceptual, que, nos guste o no, tiene un marcado arraigo en nuestro país. En «el paisaje inmanente» el conceptualismo de Macchi se confunde con las tendencias neoexpresionistas que predominan en la muestra. El último núcleo mencionado, el de la identidad, resulta difícil de comprender, aunque tiene aciertos como Marcos López, Daniel García y Nicola Costantino.

Faltan nombres importantes y, sin duda, algunos son discutibles, pero la iniciativa merece ser celebrada. La visibilidad del arte argentino depende hasta hoy de los esfuerzos de emprendimientos privados y de nuestra Cancillería, y es una buena noticia que Jorge Coscia sume la acción de la Secretaría de Cultura. Nuestros artistas carecen de la sólida red que tejen en otros países las instituciones junto con los galeristas, coleccionistas y teóricos, para consolidar su presencia en el circuito internacional.

Privilegio

Una muestra restrospectiva de Guillermo Kuitca se exhibirá en el Museo Smithsonian Hirshhorn de Arte Moderno, un espacio privilegiado, al que todos los artistas del mundo aspiran llegar. Hasta hace poco más de una década, Guillermo Kuitca era el único argentino que gozaba de reconocimiento en el Norte y sus antecedentes le abren hoy todas las puertas.

Los grandes mercados del mundo ya descubrieron el arte de China y luego el de África, ahora le llegó el turno a Latinoamérica y países como Venezuela, México y Brasil, presentan sus mejores credenciales. No es el momento para amiguismos. Más allá de la distancia o el costo de las divisas, salir al exterior implica un esfuerzo muy grande, justifica una revisión. Se sabe que los extranjeros buscan el exotismo, la tipicidad y las huellas que dejaron las dictaduras, pero además de su rica diversidad, el arte argentino tiene inocultables valores universales. De ningún modo es preciso renunciar al nacionalismo, y el mejor ejemplo lo cuenta Timerman: «Hace unos días la orquesta de música de las Misiones Jesuíticas dieron dos conciertos a sala llena en el Smithsonian que nos envolvió en una magia especial. Entre las actividad más interesante vamos a exhibir una película de Jorge Prelorán que fue restaurada por técnicos estadounidenses».

Por lo demás, el artista Cristian Segura participará de una exposición colectiva en el Museo de Arte de las Américas, con obras de la colección Levinas de Washington. Los argentinos Mirella y Daniel Levinas son coleccionistas modelo: han integrado el arte argentino al internacional. En una legendaria casa del siglo XIX, que perteneció a los dueños del fatídico diamante Hope y fue remodelada para exhibir arte, está la primera rosa de plomo que modeló Victor Grippo, las obras de Fermín Eguía, Liliana Porter, Segura y León Ferrari, junto a las de los brasileños Cildo Meireles, Vik Muniz y Valeska Soares y las de las estrellas del momentos, como Jeff Koons, Anish Kapoor, Olafur Eliasson o Matthew Barney. La colección es tan atractiva que nunca faltan coleccionistas, diplomáticos o empresarios que apenas arriban a Washington dejan sus prejuicios de lado y piden ser invitados, para conocer esa conjunción ideal entre las obras contemporáneas y la arquitectura.

En el escenario internacional ha reinado el arte europeo con su prestigio secular, y sus tesoros se cotizan en auténticas fortunas porque están legitimados y bien situadas dentro de una genealogía histórica. El resto del arte, el que se producía y circulaba fuera de ese espacio consagratorio, fue olvidado durante centurias. Recién al promediar el siglo XX, EE.UU., con su gran poderío económico, un mercado en ascenso y una estrategia política memorable, supo insertar a los artistas de la Escuela de Nueva York y luego los del Pop, en la historia del arte universal. Hoy, la excelencia del arte argentino debería tornarse visible. Y no queda ni un minuto para perder.

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