30 de julio 2013 - 00:00

El Malba revela al Kemble maestro del arte y de la crítica

“Kemble por Kemble” es una muestra antológica que se inicia en 1953, cuando el artista tenía 30 años, y culmina en 1995, poco antes de su muerte, y aunque el trabajo curatorial de Florencia Battiti es importante, se torna casi invisible, ya que Kemble habla por sí mismo.
“Kemble por Kemble” es una muestra antológica que se inicia en 1953, cuando el artista tenía 30 años, y culmina en 1995, poco antes de su muerte, y aunque el trabajo curatorial de Florencia Battiti es importante, se torna casi invisible, ya que Kemble habla por sí mismo.
El Malba exhibe en estos días "Kemble por Kemble", una exposición de apenas 32 obras, breve, pero antológica ya que se inicia en 1953, cuando el artista tenía 30 años, y culmina en 1995, poco antes de su muerte. Surgida a partir del trabajo de recopilación y edición de los escritos escasamente conocidos de Kemble, el guión de la exposición curada por Florencia Battiti se identifica con un criterio "editorial". Y respeta las reglas que impone el autor.

En efecto, la característica que vuelve tan especial a "Kemble por Kemble" es que, sencillamente es así: el título se corresponde con la muestra. El trabajo curatorial se torna casi invisible. El artista habla por sí mismo. Esto no quiere decir que la tarea de la curadora sea menor, por el contrario: la voz de Kemble se escucha gracias a la extensa e intensa investigación que hoy ilumina y pone en la escena sus obras y sus dichos más significativos. Así, lejos de pretender abarcarlo todo, las piezas que figuran en la muestra son las que el propio Kemble seleccionó para las portadas de catálogos, muestras o publicaciones. Luego, las citas tomadas de su producción escrita, son pertinentes para presentar a un personaje expansivo, rebelde y con coraje suficiente para burlarse y desafiar no sólo el autoritarismo de los críticos sino además, el conservadurismo del arte que predominaba en la Argentina de la década del 50, cuando nadie se atrevía a hacerlo.

La muestra es una puerta que se entreabre e invita a espiar el denso entramado de las obras, tan complejo como el pensamiento del artista.

El primer maestro de Kemble en el año 1950, fue Raúl Russo, y mientras vivió en París, desde 1951 a 1954, concurrió al taller de André Lhote. Cuando en 1956 volvió a Buenos Aires, luego de una estadía en Los Ángeles, sus collages fueron poco a poco perdiendo su condición "tradicional" para adquirir algunas de las cualidades que ostentan las obras de los últimos tiempos. Esas pinturas de colores brillantes cuya apariencia ornamental y decididamente decorativa, está lograda a partir una serie de motivos o imágenes de lo más variada y ensambladas en amables contrastes. Si bien estas obras que comenzó a pintar a fines de los años 60 poseen un inmenso poder de seducción retiniana, hubo un tiempo en que su arte, considerado aberrante por algunos, provocó los mayores repudios.

Lo cierto es que Kemble fue uno de los padres más combativos del movimiento informalista y del arte destructivo. Utilizó materiales que el mismo definía como "una porquería", toscos y vulgares (cartones, trapos, chapas), ajenos al arte de entonces.

En el medio de la sala se divisa un estratégico cubo blanco destinado a documentar la exhibición "Arte destructivo" (1961) en la galería Lirolay. En dicha muestra, Kemble junto a Jorge López Anaya, Antonio Seguí, Silvia Torrás, Eduardo Barilari, Luis Wells y el fotógrafo Jorge Roiger, rompieron con el esteticismo reinante en Buenos Aires y provocaron un genuino escándalo. La directora de Lirolay, Germaine Derbecq, una militante de los estilos rupturistas, ya había presentado a Kemble en la muestra "14 pintores de la nueva generación", y había destacado: "Esta nueva generación sedienta de independencia, anárquica en la medida necesaria, audaz porque cansada de sumisiones culpables, de obediencias pasivas a éticas dudosas [...] Para decirlo todo, nada es chato ni indiferente en sus obras".

Y Kemble forzó los límites. Con el arte destructivo quebró los prejuicios que lo ataban a una belleza que no se condecía con la realidad.

No obstante, los escritos del artista revelan la perseverancia de sus indagaciones estéticas. Battiti señala esta condición cuando se refiere al modo en que Kemble busca, explora, asocia cuestiones e imágenes aparentemente desconectadas entre sí hasta encontrar su "método" de encastres visuales a través de "la conjunción de realidades inconexas, de implementar cortes abruptos en la lógica habitual del pensamiento, de destruir la supuesta naturalidad de una secuencia de razonamiento...".

Como buen escritor, Kemble desarrolló la capacidad de editar, oficio que con naturalidad transportó de sus textos a su arte. La revisión minuciosa de toda su producción posibilita hoy mostrar evidencias claras de un sistema de trabajo personal que dejó como un legado, algo que se podría comparar con un sofisticadísimo copy- paste, precibernético, por supuesto. Cabe agregar que Kemble fue un buen maestro y dictó clases en su bello taller casi hasta su muerte, en el año 1998.

En la muestra hay un hallazgo: una carta que el artista le escribió a "Federico" (todo un enigma, ya que nadie ha logrado descubrir quién el destinatario) donde menciona una veintena de sus obras. En una "suerte de curaduría implícita", describe y analiza desde la pintura plana de principios de los años 50, hasta el "'Arte Secreto', una nueva forma de arte para que puedan expresarse libremente, sin trabas ni inhibiciones de ninguna especie aquellos artistas que viven en países con gobiernos carentes de humor". La obra consiste en un botiquín cerrado con candado. "El contenido es privado", sostiene. La carta está fechada en octubre de 1972.

Kemble es protagonista de "La Gran Ruptura", título de la muestra curada por Marcelo Pacheco (1998) en el Centro Cultural Recoleta que recorría el período 1956-1963 y que, junto con "Retrospectiva" (1995) en el Palais de Glace, son los antecedentes de la exposición del Malba. El año pasado, con el aporte del Malba y la Fundación Espigas se publicó "Entre el pincel y la Underwood. Kenneth Kemble, crítico de arte del Buenos Aires Herald", editado por Battiti, libro al que se sumó la recopilación de Justo Pastor Mellado para el texto "Kenneth Kemble. Escritos. Prólogos, artículos, entrevistas 1961-1998".

A estas publicaciones se suma el catálogo de la muestra donde Victoria Giraudo, a cargo de la coordinación de Curaduría del Museo, destaca el papel que Julieta Kemble, hija del artista, desempeñó en el proyecto. Además de resguardar el extenso archivo que heredó, Julieta donó a la colección del Malba, cuando el Museo cumplió diez años, la obra "Homenaje a un encuentro Hugo Parpagnoli y Alberto Greco" de 1961. "Se trata de una pieza emblemática del informalismo argentino, que testimonia un movimiento bisagra en la historia del arte local", concluye la curadora.

Gran parte de textos críticos para el "Herald", escritos entre 1960 y 1973, se traducen por primera vez al castellano. En suma, se trata de una serie de textos amenos e imperdibles que rescatan un tiempo que pasó.

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