Dueño de un patrimonio que quedó oculto, dejó a muchos artistas fuera de la historia del arte.
historia. Se fundó en 1956 pero la donación de Ignacio Pirovano recién ingresó en 1981. El Museo no tenía sede, y realizó la curiosa “Exposición Flotante de 50 artistas argentinos” en un barco que, aseguran, recorrió el mundo.
Unos reflectores potentes como los de Hollywood, enfocaban el jueves pasado el edificio de la Avenida San Juan que alberga el Museo de Arte Moderno porteño desde 1989. Hoy, con sus 11.000 m2 remodelados y una inversión de 64 millones de pesos, se ha quitado definitivamente de encima el apodo de "Museo Fantasma". En tiempos de escasez, no falta dinero para el arte. El jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta y el ministro de Cultura, Enrique Avogadro, apoyan la gestión de la directora del MAMBA Victoria Noorthoorn que asumió el cargo en 2013 y logró cambiar un destino adverso. El MAMBA está de estreno. Un público numeroso y patrocinantes privados que nunca habían llegado, colman los 4.000 m2 de las nuevas salas de exposiciones, su tienda y cafetería, las áreas educativas y lugares comunes. Pero no es un continente sin contenido.
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Desde Alemania llegó una muestra crucial para el arte argentino, relegado durante años. "Historia de dos mundos: Arte experimental latinoamericano en diálogo con la colección del MMK, 1944-1989", es una extensa exhibición curada por Victoria Noorthoorn, directora del MAMBA, el alemán Klaus Görner y Javier Villa. Esta misma muestra se inauguró en el Museo de Arte Moderno de Frankfurt (MMK) el pasado noviembre, y configura un diálogo entre una serie de obras cumbre de arte europeo y de EE.UU pertenecientes al museo alemán, con gran parte del patrimonio del MAMBA y algunas colecciones. El conjunto alcanza no sólo la excelencia del primer nivel, ayuda a establecer referencia, distancias y cercanías. Acercar la pincelada de Kenneth Kemble a la de Gerhard Richter y Roy Lischenstein, implica, si la obra se sostiene, poner a los tres artistas en un mismo plano. Y así continúa una muestra que cambia el estatus del arte argentino. Muestra para ver y volver a verla a la que dedicaremos una nota especial.
La historia del MAMBA comenzó en 1954, cuando el artista Tomás Maldonado le escribió desde Hamburgo al coleccionista Ignacio Pirovano: "He pensado mucho sobre tu colección y me entusiasma la idea de que ella pueda ser la base de nuestro futuro Museo de Arte Moderno". El MAMBA se fundó en 1956 y la donación de Pirovano recién ingresó en 1981. Pero el Museo no tenía sede. Lo dirigía Rafael Squirru, quien, con cuestionable humor asumía la carencia de un techo, al decir: "El museo soy yo". Así realizó exhibiciones "sorpresa" y la curiosa "Exposición Flotante de 50 artistas argentinos" en un barco que, aseguran, recorrió el mundo. Así, mientras esperaba conseguir un lugar cuando se construyera el Teatro Municipal General San Martín, el MAMBA "funcionó" en el Museo Sivori, las galerías Peuser, Van Riel y Rubbers, entre otras. Recién en 1960 se inauguró el MAMBA en el Teatro San Martín, con una muestra memorable, con obras de la Escuela de Nueva York, Le Corbusier, Portinari, y más de un centenar de argentinos.
La historia del Moderno, con sus instantes de gloria, resultaría finalmente graciosa, si no fuera porque la falta de un espacio digno para los artistas dejó un tendal de víctimas en el camino. ¿Cómo lograr sin casa propia la visibilidad y la consecuente legitimación del arte que exhiben los museos, al menos, los dueños de algún prestigio?
En 1997 el arquitecto Emilio Ambasz donó una maqueta para ampliar y remodelar el MAMBA. Pero sin planos nada se puede hacer. El Museo estuvo cerrado durante cinco largos años. Recién en 2010 se inauguraron dos grandes salas de exposiciones. Ahora Carlos Salaberry y Matías Ragonesse tomaron la posta. El cierre y la ineficaz gestión del MAMBA, dueño de un patrimonio que permaneció mayormente oculto, dejó a muchos artistas fuera de la historia del arte. La influencia que todo museo ejerce en el gusto comenzó a producir un cambio en las preferencias hasta ayer conservadoras y se comenzó a valorar el arte contemporáneo. Como se sabe, el gusto tiene un peso decisivo en el mercado.
En el presente, el valor de un buen edificio cobra su verdadera dimensión. El MAMBA intenta recuperar el tiempo perdido, con las puertas que nunca debieron estar cerradas, abiertas de par en par.
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