Ante la evidencia incontrastable de que en menos de diez días estaría por perder su mayoría en el Congreso, la administración Obama se está consolando con la idea de que de aquí hasta las próximas elecciones presidenciales les queda el recurso de echarle la culpa de todo lo que vaya a pasar a la oposición. Es claro que las políticas sociales y económicas de los últimos 20 meses no han tenido el efecto deseado, lo que siembra serias dudas sobre su posible efecto a futuro. El mejor escenario para el Gobierno es entonces el peor: perder las dos Cámaras. Esto le permitiría explotar la idea dialéctica del mal que no propone nada y lo obstruye todo (el Congreso republicano) frente al bien (el presidente y sus aliados). Esta estrategia, que ha sido empleada con éxito por más de un presidente desde los tiempos de Truman, lamentablemente abre el camino para que los perdedores extremen sus posiciones buscando que los ganadores les bloqueen todo. Quienes pierden entonces son el consenso y los acuerdos, pero más que nadie -éste sería el peor de los escenarios- el país, y si los EE.UU. pierden, es difícil que gane el mundo. Otro que perdió el fin de semana fue el G-20, obligado a disfrazar el fracaso de la reunión con una rimbombante reforma del FMI que contiene más cáscara que sustancia. Quien en cambio no perdió fue el Dow, que se anotó su tercera semana consecutiva de suba (y séptima de las últimas ocho) ganando el 0,63% a pesar del 0,13% que perdió el viernes al cerrar en 11.132.56 puntos. La justificación de la suba tiene que ver con lo que venimos comentando día tras días: buenos balances y una fuerte apuesta a que seguirá sobrando dinero. Como los niños, hasta que vuelva el lobo los inversores siguen bailando en el bosque (atención al bajísimo volumen del viernes).
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