7 de marzo 2012 - 00:00

“El olvido exige el mismo esfuerzo que la memoria”

Kohan: «La novela amorosa, si no se va a narrar en clave amorosa, que no es el caso, necesita valerse de géneros en principio ajenos, pero que estarían apuntalando la posibilidad de contar una historia de amor.
Kohan: «La novela amorosa, si no se va a narrar en clave amorosa, que no es el caso, necesita valerse de géneros en principio ajenos, pero que estarían apuntalando la posibilidad de contar una historia de amor.
Hay historias de amor donde la desesperación y la indiferencia se unen y no hay otra opción que el olvido, y para ello nada pareciera mejor que dejar todo atrás, escapar, acaso al lugar más ominoso. Eso es algo de lo que cuenta Martín Kohan en su novela «Bahía Blanca», que acaba de publicar Anagrama. En 2007 Kohan ganó el premio Herralde con su novela «Ciencias morales», llevada al cine por Diego Lerman como «La mirada invisible». Ha publicado ensayos, cuentos y, entre otras, las novelas «La pérdida de Laura», «Los cautivos», «Dos veces junio», «La calle de las putas», «Cuentas pendientes». Dialogamos con él.

Periodista: «Bahía Blanca» va del diario de un viajero a la novela policial.

Martín Kohan: Al estar construida en bloques narrativos que se van complementando, hay distintos géneros. Si tuviera que dar una definición de conjunto, diría que es una novela de amor. La pensé, en algún momento así, como mi versión del mundo sentimental, y lo que la fábula amorosa puede suponer. Pero, es cierto, toda la primera parte tiene el formato de un diario personal, después es una novela de viajes, luego una novela policial porque el amor va a aparecer ligado a un crimen, y por tanto hay novela negra. Son géneros diversos que convergen para sostener el de novela de amor. Y la novela amorosa si no se va a narrar en clave amorosa, que no es el caso, necesita valerse de géneros en principio ajenos pero que estarían apuntalando la posibilidad de contar una historia de amor.

P.: Lo central en el amor es la presencia, el recuerdo, y usted empieza dejando de lado todo eso, haciendo que su personaje busque estar en blanco yendo a Bahía Blanca.

M.K.: Eso, que estaba en el punto de partida, en el proyecto de escritura, era también una idea que estaba en la figuración imaginaria de la ciudad de Bahía Blanca como un lugar de la negación. Era admitir que el olvido exige el mismo proceso, el mismo esfuerzo y la misma conducta laboriosa, que la memoria. El olvido no supone necesariamente abandono o descuido sino que hay que ocuparse en él de manera tan sostenida y tan aplicada como quien se propone construir un edificio de recuerdos, aquí lo que quiere es construir un edificio de olvido. Esta versión de la historia amorosa es una lucha entre el propósito de olvido y lo que es propio de la pasión amorosa, que es todo lo contrario, la persistencia y la fijación.

P.: Su Bahía Blanca aparece como ciudad terrible, ominosa.

M.K.: Está cargada de una mitología negativa, que a mí me la vuelve particularmente atractiva. Tiene la potencia literaria de la ciudad maldita. Es lo contrario de Buenos Aires, que tiene una mitología empalagosa, de amores y pasiones, en la que siempre se quiere estar o volver. Bahía Blanca es lo opuesto. Tiene el estigma de la mala suerte, que es probablemente el más perjudicial que pueda haber. Cualquier otra mala fama puede revertirse o contrarrestarse, la de la yeta es profundamente perturbadora, nunca va a acabar con el principio de recelo y desconfianza que queda flotando, como responde al pensamiento mágico no permite refutaciones lógicas. El lugar de lo maldito, de la mala suerte, de lo ideológicamente vituperado, Novoa, el protagonista, no elige ese lugar porque no sabe, sino porque lo sabe y quiere pasar por esa experiencia. Le atrae la ciudad baudeleriana, maldita, que sólo parece puerta a otro lado. Es la ciudad que pudo ser de mar y renunció al mar. Es la que entra en conflicto con sus bellezas y posibilidades, que aleja o desprecia a sus mejores representantes. Eso para mí, que no me interesan las publicitarias celebraciones de una ciudad, era literatura pura.

P.: ¿Mario Novoa, un investigador de la literatura que vas a Bahía Blanca para saber de Martínez Estrada, es su alter ego?

P.: Espero que no en todo, porque es un asesino. La novela autobiográfica nunca me fue muy tentadora. Nunca mis propias vivencias alcanzaron el estado de motivación literaria. Nunca han sido un disparador del deseo narrativo. Es más la escritura siempre tendió a funcionar como alternativa de mis propias experiencias. Mi entusiasmo de escritor es la posibilidad de deshacerme de mí mismo durante un rato. Mi novela «Ciencias morales» transcurre en el Nacional Buenos Aires, en los años en que fue mi colegio, y ni en ese caso es autobiográfica. En «Bahía Blanca» hay más que nunca lo que podría definir como mi educación sentimental. Lo que hizo de mí está en Novoa, algo de mi sensibilidad, de mi manera de pensar y de atravesar las pasiones, las persistencias, las imposibilidades de olvido, con más fuerza autobiográfica que nada de lo que antes he escrito. Por otro lado si bien soy docente, profesor de Literatura, no he elegido la investigación porque no tengo curiosidad. Y esto por más que me recibí con una tesis sobre «La figuración de los héroes nacionales», viendo cómo la narración de San Martín, un héroe nacional, constituye un modelo de identidad nacional. Es un análisis literario de cómo se hace un héroe y como se hace una identidad nacional a partir de ese héroe. Hubo en eso pasión por la escritura, por el análisis pero no curiosidad.

P.: ¿Cómo relaciona «Bahía Blanca» con sus novelas anteriores?

M.K.: Iluminó como una trilogía de la negación «Dos veces junio» y «Ciencias morales», que han sido encuadradas como «novelas relacionadas con la dictadura», y de algún modo lo son. Nunca me sentí cómodo cuando colocaban mis obras dentro de un subgénero con demasiados estereotipos.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

M.K.: Un ensayo sobre la guerra en la historia argentina, recorriendo la historia argentina entera como historia de guerra. No es una historia de las guerras, sino ver nuestra historia como guerra. Se trata de leer y producir sentido sobre textos, y leyendo la literatura argentina se encuentra que toda, por lo pronto en el siglo XIX, es literatura de guerra. En el siglo XX está la de Malvinas, pero hay otras presentes o latentes, y hay que ver qué pasa con las no guerras también. Hay ficciones de guerra cuando no había guerra, como «Diario de la guerra del cerdo» de Bioy Casares, «Megafón» de Leopoldo Marechal, «La guerra de los gimnasios» de César Aira. Dado que soy muy disciplinado, debido a haber pasado por el Buenos Aires, recién cuando termine con esto pasaré a una nueva novela sobre pedofilia, que acaso surgió luego de una conferencia que di en Porto Alegre sobre «Lolita».

Entrevista de Máximo Soto

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