El tema de la jornada fue el 2% que subió el precio del oro, marcando un nuevo máximo histórico nominal al cerrar en u$s 1.271,7 por onza (en la sesión llegó a tocar u$s 1.276,50, un récord intradiario). La explicación a esto tuvo muchas caras. Por un lado, los que vincularon de manera directa la suba del metal amarillo con el 0,9% que perdió el dólar frente a las principales monedas marcando el mínimo en 15 años frente al yen. Por otro, estuvieron los que se alarmaron por el inesperado incremento de la inflación británica y la debilidad de la producción industrial europea, es decir, los que se alarmaron por la actual situación económica. Finalmente -para no hacer la explicación más larga-, los que tomaron nota que por primera vez en dos décadas los bancos centrales de todo el mundo serán este año compradores netos de oro.
Con este escenario, no sorprende si decimos que lo mejor de la jornada bursátil les tocó a las empresas auríferas que treparon cerca del 5% en promedio. Pero esto no alcanzó para impulsar y apenas explica por qué el Dow retrocedió un 0,17%, a 10.526,49 puntos. Aquí es donde entra el informe de la gente de Goldman, según el cual la Fed recomenzaría a imprimir dólares (lo disfrazan con el eufemismo del Quantitave Easing) a partir de noviembre, para financiar la compra de cerca de u$s 1 billón (o 1 trillón norteamericano) en treasuries cuyo objeto sería estimular la recuperación económica. En la medida en que los inversores creyeron en el reporte, se entiende entonces el desplome del dólar, que la tasa a 10 años retrocediese al 2,68% y que el mercado bursátil no tuviera una jornada brillante (el volumen apenas orilló los 920 millones de acciones en el NYSE).
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