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El pesimismo de Carver muy bien teatralizado
Un sólido elenco anima a las agobiadas criaturas de Raymond Carver en una pieza con sólo una pequeña cuota de «narrativa» que no molestará a los lectores del gran escritor norteamericano.
Un incidente casi banal, de esos que se olvidan rápidamente en el trajín diario, de pronto se revela como un elocuente retazo de vida que ayuda a descubrir algunos de los miedos e ilusiones perdidas que afectan nuestra existencia. En este tipo de experiencias abrevaba Raymond Carver para luego volcarlos en sus magistrales relatos. Por ellos circulan individuos a la deriva que huelen a fracaso y a alcohol, matrimonios unidos por el mismo vacío sin nombre y otros tantos personajes agobiados por la falta de horizontes.
En «¿Por qué no bailan?» una pareja adquiere unos muebles usados en una de esas «ventas de jardín» a las que son tan afectos los norteamericanos. Mientras que en «Quienquiera que hubiera dormido en esta cama» un matrimonio (casado en segundas nupcias) habla en la cama sobre su miedo a la enfermedad y a la agonía asistida.
El director Martín Flores Cárdenas condensó ambas historias, les agregó unos pocos datos (algunos provenientes de otros cuentos de Carver) y concentró la acción en un único episodio de 35 minutos de duración. Pese a su brevedad y aparente simpleza, la pieza exhibe conductas y conflictos que dejan entrever la ominosa carga de angustia, sentimientos de pérdida y deseos incumplidos de estas criaturas de Carver.
Gabriela Licht y Germán Rodríguez reflejan la intimidad de la pareja protagónica con admirable sobriedad. Les llevan varios años a los jovencitos del cuento, diferencia que vuelve aún más angustiante la falta de respaldo económico y el desgastado romanticismo al que ambos se aferran.
Osvaldo Djeredjian, por su parte, brinda una actuación memorable como el hombre que «rifa» su pasado en el jardín mientras se emborracha mansamente.
Fiel a los procedimientos del escritor, Flores Cárdenas valorizó los diálogos truncos y los silencios, mantuvo la información al mínimo -como si se tratara de la punta de un iceberg- y dio finalmente con la atmósfera carveriana, siempre colmada de presagios desalentadores. El texto dramático tiene potencia y sugestión, pero en escena no logra desprenderse del todo de su impronta literaria.
En varios momentos, Rodríguez describe los hechos representados como si ya formasen parte del pasado. El recurso es válido porque introduce cierto aire de ensoñación, pero el procedimiento utilizado (el actor interrumpe su escena para hablar a público) debilita la acción dramática. Aún así esta pequeña cuota de «narrativa escénica» difícilmente moleste a los carverianos de alma.


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