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“El público ríe más si el humor nace de la tragedia”
Toto Castiñeiras, antes de la llegada del Cirque du Soleil, repondrá su espectáculo para adultos «Finimondo».
Debido a su programa de giras, Castiñeiras no actúa en Buenos Aires desde hace ya seis años. En esta ocasión utilizará sus días francos para ofrecer varias funciones de «Finimondo» entre el 18 y el 2 de junio.
Periodista: Un crítico español dijo que su actuación era «una mezcla de mala leche, gracia, manejo de espectadores e ingenio» ¿Sigue partiendo de situaciones desgraciadas para hacer reír?
Toto Castiñeiras: En todos mis espectáculos utilizo el humor para contar una tragedia. Incluso en mis rutinas de circo trabajo a partir de un estado de desgracia. Eso al público le encanta. Curiosamente, les provoca la mayor de las alegrías.
P.: ¿No es peligroso jugar con emociones tan extremas?
T.C.: En Los Angeles armé una vez una escena de traición amorosa con una pareja afroamericana y un espectador de raza blanca. Los induje a dispararse con una escopeta y se creó una situación de gran hilaridad, pero podía haber sido leída como algo terrible. Yo siempre trabajo sobre esos bordes. Al final siempre hago un rulito y resuelvo el gag.
P.: ¿Le dejaron seguir haciendo ese número dentro de Estados Unidos?
T.C.: En «Quidam» tengo total libertad para hacer mi trabajo.
P.: Pensé que la compañía dictaba algunas pautas de conducta a sus artistas.
T.C.: Pautan las coreografías para que no se maten, pautan un trabajo acrobático, pero al clown le dan libertad absoluta porque antes de contratarte se ocupan de conocerte muy bien. Saben con quién trabajan.
P.: En «Quidam» usted invita a una chica del público a pasear en un auto imaginario y luego intenta besarla contra su voluntad. ¿Ese sketch no le generó problemas?
T.C.: Sí. En la gira de Estados Unidos recibí como siete cartas por semana de ligas feministas y otras asociaciones. Sobre todo en ciudades como Cincinnati y Saint Louis, que son muy puritanas. Aunque yo recién me enteré cuando estábamos pisando Medio Oriente. El circo tiene esa política de no meterse con el trabajo del artista.
P.: ¿Y cómo reaccionó el público de Dubai que es mayoritariamente musulmán?
T.C.: Se morían de risa. Yo veía desde el escenario a todas esas túnicas sacudiéndose al mismo tiempo y hasta le pedí al fotógrafo que no me sacara a mí sino a ellos. Qué mejor regalo podía tener yo que una fotografía de esas mujeres revoleando sus túnicas y sus burkas de tanto reírse.
P.: En «Quidam» usted hace reír a tres mil personas por función ¿Es difícil entretener a toda esa multitud?
T.C.: Hay que tomar decisiones rápidas, trabajar por encima de la risa y del aplauso, sin detenerse, para que en esos nueve minutos no decaiga la energía. Yo llevo al escenario a gente del público. De pronto estoy improvisando con la tía de alguien y tengo que lograr que actúe. Si bien yo ya trabajaba con el humor del clown y del bufón y conocía muchas técnicas, prácticamente el oficio de payaso lo aprendí ahí. Lo que yo sabía se disparó al cien por ciento al entrar al circo.
P.: Pero ahí no puede usar la palabra.
T.C.: Por eso hago «Finimondo», para balancear un poco. Todo lo que no hago en «Quidam» lo hago acá. Por ejemplo, el humor verbal y otras cosas mucho más locas. En diciembre llevo «Finimondo» al Festival de comicidad de Rio de Ja
P.: Usted se desnudaba en ese espectáculo ¿Lo sigue haciendo?
T.C.: No. Ahora tengo 15 kilos de más. Me encanta probar la comida de cada lugar al que llego.
P.: Por ahí leí que estuvo en 23 países y 100 ciudades. ¿Qué es lo que más disfruta fuera del escenario?
T.C.: Lo mejor que uno puede conseguir viajando por el mundo son buenos lugares para comer y un par de buenos amigos. La amistad está muy relacionada con la comida. Yo tengo un gran amigo chino que conocí en Singapur. Lo primero que hizo cuando llegué a China fue llevarme a comer a su casa. Su madre cocinó algo rarísimo, una especie de lechuga chiquita con un pollito adentro. Era una obra de arte. También comí cosas deliciosas en Hong Kong. No eran fritangas ¿eh? ¡eran manjares! y los vendían en la calle. Además veo todos, todos, los espectáculos que hay en cartel, desde comedias musicales a teatro Kabuki.
P.: ¿Los viajes le cambian muchas cosas?
T.C.: Es algo raro, porque viajar tampoco se diferencia mucho de una vida común. Yo tengo mi trabajo, ciertas rutinas... Lo único que cambia en mi vida, cada mes o cada tres meses, es el paisaje, las calles, la gente.
P.: ¿Qué pasó con su antiguo plan de aprender chino con el grupo de malabaristas?
T.C.: Imposible. Por una cuestión política las cambian cada año. Son chicas de 10 a 12 años que mandan del circo de Beijing y por orden del gobierno chino no pueden estar más de un año fuera del país.
Entrevista de Patricia Espinosa


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