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El público, sereno y “senior”
El mecanismo de relojería que se vio a nivel técnico superó inclusive a un contenido concebido hace más de 30 años.
En «The Wall» el público permaneció sentado, a diferencia de los recitales de rock en los que la audiencia salta y se desgarra la garganta cada vez que la banda lo pide. Roger Waters, cuanto mucho, invitó a llevar las palmas en alto en «Another Brick In The Wall» y saludó algunas veces a un público que respondía con serenidad. Lo máximo fue el argentino «Olé olé, Roger, Roger», pero nada de transpirar entre la multitud o desesperarse por tocarle la mano al líder ni mucho menos llevarse la púa a casa como souvenir. Para eso se abarrotaban, a la salida, los vendedores que ofrecían cualquier cosa, no sólo dos remeras por cien pesos sino también llaveros poco alusivos y hasta pedazos de pared con la leyenda «The Wall». Al menos no apareció ninguno diciendo vender pedacitos del Muro de Berlín.
El mecanismo de relojería que se vio a nivel técnico superó inclusive a un contenido concebido hace más de 30 años. De modo que si ese contenido no atrasó fue gracias a su resignificación estética. Así, al simbolismo y las figuras retóricas del comunismo y fascismo, que a esta altura resultan «viejas» y dominaron la escena, se sumaron los caídos de las últimas guerras y atentados, así como las familias amputadas y los reencuentros entre sobrevivientes de todos los tiempos.
Este musical de grandes estadios pareció construido por oposición a los clásicos shows «brutos», de rock o hasta de fútbol. Waters buscó emocionar, sorprender, a contramando de los clásicos recitales «pogueros», a los que asiste el fan visceral, a venerar a su ídolo rockero. De allí el comportamiento tan distinto de un River tranquilo.


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