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El rally de las Bolsas ataca de nuevo en el mundo
José Siaba Serrate
La cotización del S&P 500, que trepó todavía más desde entonces -un 61% versus un 53%-, quedó a milímetros de igualar sus máximos. ¿Qué pasó con los temores de una valuación excesiva, con el fantasma de una corrección inminente? Esa densa niebla depositada en el camino, que el último mes deparó un serrucho bajista de entre el 4% y el 5%, se esfumó de un solo tajo.
Nueve de los diez sectores que conforman la canasta del índice S&P 500 participaron en la suba. Energía encabezó la marcha semanal con un raudo avance del 7,5%. Materiales (+6,6%) fue el tercero de la lista. No es trabajoso reconstruir su rastro. Un dólar vulnerable les franqueó el paso. Montó la plataforma para que el oro doblegara la marca de los u$s 1.030 la onza, la muralla que perduraba desde los tiempos en que la principal preocupación era la suerte de Bear Stearns.
Dos noticias, a falta de una, obraron como percutores exitosos del asalto. Las supuestas tratativas de un grupo amplio de países para mudar la cotización del petróleo de su referencia tradicional en dólares hacia una canasta de monedas y oro fue, a pesar de las inevitables desmentidas, el disparador más visible. Pero la señal de verdadero peso la propinó el Banco de la Reserva de Australia con su decisión sorpresiva de aumentar sus tasas de interés de corto plazo (un cuarto de punto al 3,25%). El Banco de Israel fue el primer banco central en revertir el curso de sus políticas, pero a su par australiano -un jugador de mayor calibre internacional y miembro del G-20- no lo apremia ningún incumplimiento de sus metas de inflación. El motivo detrás de su accionar aflora con meridiana claridad en el comunicado oficial: allí sentencia que «ya pasó el riesgo de severa contracción económica».
Lo que es cierto para Australia puede no ser válido para todo el mundo. Pero difícilmente no lo sea para buena parte de Asia. O para la fuente de sus ingresos: los mercados de materias primas. Vista desde Camberra, la recuperación no promete desfallecer anémica. Esa óptica concede un salvoconducto oportuno para el avance de los precios de las materias primas. Pero que Wall Street y las Bolsas del mundo se aferren al mismo pasaporte supone una extrapolación no desprovista de riesgos. Aunque tampoco carezca de fundamento. Economías como las de Australia y Asia pueden traccionar al G-7 y ayudarlo a salir del atasco. De ahí, el nuevo rol social conferido al G-20; en los hechos, una invitación cordial a empujar del carro.
La duda reside en conocer hasta dónde llega su verdadera disposición a colaborar. La respuesta australiana es, en ese sentido, inmejorable. La suba de tasas encareció al dólar australiano un 4% frente al dólar de EE.UU. y al yen de Japón. Asia, en cambio, si bien promete alentar el gasto dentro de sus fronteras, todavía se resiste a facilitar el ajuste dejando que sus monedas se aprecien.
Las acciones financieras (+6,7%) constituyeron el otro segmento destacado. Si los máximos del oro inflamaron el valor de los papeles vinculados a las materias primas, no se puede trazar aquí un paralelo. Aunque con los números ya puestos, surgiese otro acontecimiento de excepción. En un año en que sucumbieron 98 bancos norteamericanos, es el primer fin de semana, desde el 15 y 16 de junio, que no se cobró ninguna víctima fatal. Milagrosamente. Quizás sea una premonición. Después de todo, el posicionamiento en estos papeles no se justifica por lo que ocurrió la semana pasada.
Negativo
En ese sentido, lo más saliente fue muy negativo: la Oficina del Contralor de la Moneda (OCC) alertó que los problemas crediticios están todavía en una fase temprana del ciclo. La apuesta mira hacia adelante. Y es de resolución inminente. Los balances de JP Morgan Chase, Citigroup, Bank of America y Goldman Sachs verán la luz esta semana. Su lectura, como en los dos primeros trimestres, definirá el rumbo. La reacción de las cotizaciones de los bancos -que ya treparon un 30% en el último trimestre y un 160% desde marzo- denota confianza en su realidad inmediata pero, más aún, en la ubicuidad de sus prácticas contables. Se espera que las utilidades operativas del sector en julio-setiembre sean un 60% mayores que en el segundo trimestre y tripliquen las del primero (un año atrás, la regla eran las pérdidas cuantiosas). Conviene, sin embargo, conservar la perspectiva: apenas representarán un 27% de las ganancias operativas del tercer trimestre de 2007.
No es casual que la espesa zona de dudas se despeje con el arribo de los balances. La Bolsa quebró al alza, en rigor, antes que se conozca su contenido. La tradición es que los percances se difundan de antemano. Y las advertencias de peligros -los «warnings» del trimestre- no quitan el sueño. Más bien, inclinaron el plano de los anuncios por venir hasta convertirlo en una virtual rampa de lanzamiento. Se «espera» que las ganancias por acción del S&P 500 retrocedan un 2%4/25% en relación con los guarismos del mismo trimestre un año atrás. Pero se descuenta también que no habrá problemas en que las corporaciones, que ya propalaron sus inconvenientes mientras guardan las sorpresas benignas bajo la manga, superen con holgura una valla que no supone, por cierto, muy grandes exigencias. El trimestre pasado, 3 de cada 4 firmas del S&P 500 sobrepasaron las expectativas de ganancias así calculadas (un margen que no se observaba en los últimos 15 años). Lo verdaderamente arduo para las Bolsas era recuperar el impulso. Reinstalar el «momentum» favorable. Insuflar apetito de riesgo y que fluyera hacia los papeles con mayor beta (las acciones de compañías pequeñas treparon un 6% según el índice Russell 2000). Y ésa fue la valiosa contribución de la semana que se dejó atrás.


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