7 de septiembre 2009 - 00:00

El recuerdo, tema y materia de Haboba

Estos desnudos de Diego Haboba remiten a la pintura clásica, pero todo coincide para señalar una época y un contexto que es tan afín como distante del nuestro.
Estos desnudos de Diego Haboba remiten a la pintura clásica, pero todo coincide para señalar una época y un contexto que es tan afín como distante del nuestro.
La breve carrera del artista surgido en este nuevo siglo, Diego Haboba, se consolidará sin duda a partir de la muestra individual que en estos días presenta la galería Vasari. A través de las transparencias y veladuras de una serie de pinturas, y de unas escenas y paisajes dibujados al lápiz que ostentan los atributos de las antiguas fotografías en blanco y negro, Haboba exhibe su virtuosismo. Con una transición casi indiscernible de la fotografía al dibujo, el grafito pareciera replicar el brillo de las viejas copias (esas que tenían un bordecito blanco y ondulado). Algo de la nitidez de la foto se pierde sin embargo en los pequeños dibujos, donde los trazos verticales, que ya forman parte de la marcada identidad del artista, tienden a tornarse borrosos, como recuerdos lejanos.

La mirada retrospectiva de Haboba recupera la atmósfera del pasado y su virtud consiste en arrastrar al espectador hacia atrás en el tiempo, y llevarlo a hacia un mundo que a pesar de sus puntos de contacto con el actual, no deja de resultar extraño. Una de las pinturas retrata a dos adolescentes semidesnudas que, abstraídas, disfrutan de su intimidad mientras comparten sus secretos. Se puede adivinar que ambas estuvieron tomando sol, y que absortas en sus confidencias dejaron pasar la tarde. En la oscuridad de la noche, la piel sonrosada y luminosa de una de las jovencitas se recorta, pálida y blanquecina, sobre el color moreno de la otra y los pliegues de una manta roja. Los desnudos remiten a la pintura clásica, pero todo coincide para señalar una época y un contexto que es tan afín como distante del nuestro.

La pintura de una familia, los padres y sus hijos retratados mientras posan sentados ante una cámara, sitúa en el tiempo al observador de la muestra. Al acercarse, como sucede con la pintura impresionista, la imagen comienza a disolverse en una riada de manchas de colores. Pero a pesar de esta vaguedad, la actitud de los personajes y sus atuendos permiten deducir que la pintura replica una fotografía tomada en alguna fecha cercana al final de la década del 40.

Luego, el dibujo de una vaca y su ternero pastando en el campo, trae de inmediato el recuerdo de las pinturas de Fader y sus sucesores; la vista frontal de un Valiant, ese auto grande y confortable que se usó en la Argentina durante los años 60, despierta los corazones nostálgicos; al igual que la pintura de unos silos, que recrea en nuestra tierra el misterioso realismo de Edward Hooper, acaso en una versión más trágica y tenebrosa, con un cielo color rosa sobre una construcción oscura que se levanta sobre la Pampa, y el enigmático rostro de un niño en primer plano.

Haboba cuenta que varias de sus obras tienen inspiración literaria, y evocan las fotografías que tomaron sus padres en México, durante su exilio. Lo cierto es que las obras revelan su esencia, la materia que trabaja el artista es el recuerdo salvado del olvido, que él se empeña en traer de vuelta y que despierta con suavidad la memoria de los espectadores.

En medio del realismo de las imágenes de raíz fotográfica, hay un árbol con la forma de los ombúes de Figari; es un nocturno, y una lluvia de estrellas cruza la pintura y cae milagrosamente del cielo.

Haboba acaba de cumplir 30 años y en estas últimas obras se percibe la firme concentración en las cuestiones técnicas y estilísticas. La huella de su mano está presente y, su trabajo artesanal, además de contribuir a definir la calidad de las obras y de ser un indicio de la sensibilidad, configura una serie de rastros personalísimos que le otorgan un intenso sentido a la muestra.

Dejá tu comentario