5 de abril 2011 - 00:00

El Reina Sofía descubre todos los perfiles de Roberto Jacoby

«Darkroom», que, aunque se exhibe incompleta en las heladas bóvedas del museo, sigue inquietando al espectador.
«Darkroom», que, aunque se exhibe incompleta en las heladas bóvedas del museo, sigue inquietando al espectador.
Madrid - Desde el mes pasado, en lo alto de la fachada del Museo Reina Sofía se divisa una bandera roja con el rostro del Che Guevara. De este modo se anuncia la exposición retrospectiva del argentino Roberto Jacoby, que permanecerá abierta hasta el 3 de mayo. Bajo el nombre del artista, en el cartel y junto a la célebre foto tomada por Korda, se lee su lapidario mensaje: «Un guerrillero no muere para que se lo cuelgue en la pared». Se trata del primer «anti-afiche» de Jacoby. La obra, realizada en 1969, se adelantó al porvenir mediatizado y comercial que le esperaba al guerrillero y hoy se percibe como una visionaria señal de alerta, como una sarcástica crítica a la sociedad consumista que convertiría en espectáculo el bello rostro del Che.

En el interior del Museo las salas permanecen colmadas. El público joven que predomina en el Reina Sofía se siente cómodo en la recreación del living de Jacoby, y se instala en el colorido sofá rodeado por los adornos y cuadros de sus amigos (Alfredo Prior, Fernanda Laguna, Pablo Suárez, Mariela Scafatti, entre otros). Allí se hojean revistas, se leen libros, se escucha música o las palabras de quienes cuentan algo sobre la extraña y extensa producción de Jacoby, un artista excepcional en el sentido literal del término. Más allá de que su obra -como él mismo lo explica- hunde sus raíces en la vida, que es lo que en verdad le importa, el espectador se encuentra con la diversidad de sus acciones, proyectos, ideas, videos, manifiestos, las letras que escribió para el grupo Virus o el entramado de las «tecnologías de la amistad»y sus sistemas de redes.

El conjunto demuestra la capacidad del artista para desplazarse con soltura de una a otra disciplina, y permite analizar a través de imágenes, objetos y documentos, una producción que desde hace ya 40 años no para de crecer.

Con diversas estrategias de montaje, la curadora de la exhibición, Ana Longoni, presenta en «El deseo nace del derrumbe» -título de la muestra-, un relato con formato de archivo que se inicia con el espíritu revolucionario de la década del 60 y con la profusa documentación de «Tucumán arde». No obstante, la exhibición también registra el fenómeno del arte experimental y el desenfado de esos años, presente en las revistas de época, con las imágenes de Egle Martin, Eduardo Costa, Oscar Massotta, entre tantas figuras de nuestra vanguardia.

Longoni no dudó al subrayar los contrastes. En una vitrina semejante a las de los museos de ciencias, figuran, como planos de guerra, los lugares donde se produjeron los estallidos sociales que configuraron el Cordobazo de 1969. Jacoby, sociólogo además de artista, abandona entonces el arte, y «en pos de la acción política directa, investiga la insurrección popular urbana».

Teatralidad

El capítulo dedicado a la acción política es largo, se prolonga hasta este siglo. En la última edición de la Bienal de San Pablo, Jacoby presentó la obra «El alma nunca piensa sin imagen», una seguidilla de performances y acciones que emulaban una campaña política a favor de Dilma Rousseff, hoy presidente y entonces candidata del Brasil. La obra, financiada por el entonces presidente Lula Da Silva, se confundió con la vida real y, como en la vida real, fue censurada.

Sin embargo, la imagen de Jacoby se aleja del típico activista político, se asemeja más bien a Oliverio Girondo, cuando observaba: «El arte no está al servicio de nadie, pero puede servirse de todo. hasta de la política». Y hay un dato que induce a conjeturar que estas acciones tan veraces de Jacoby son sólo obras de arte, aunque se confunden con la vida misma. El Proyecto Venus o la revista «ramona» son en esencia ficciones con la apariencia de la vida, dado el final abrupto que el autor les impone. Estas obras de arte culminaron como un film, como una obra de teatro o una novela de la cual leemos con pesar la última página. Parecían formar parte de la vida real y convocaron a otras personas, pero no tuvieron una natural declinación, (como esperaban los artistas que perdieron con Venus un espacio de contención) sino un final a toda orquesta: teatral.

Ricardo Piglia observa en un video que la obra de Jacoby tiende a desmaterializarse, ya que rara vez se concreta su materialidad en instalaciones o fotografías y en este capítulo se inscribe el complejo «Arte en los medios». Pero la característica más notable de estas obras, por primera vez reunidas en una muestra, es su poderosa teatralidad.

«La Castidad» (2007) es una video instalación donde Jacoby recrea junto a Syd Krochmalny los diálogos platónicos entre un maestro y su discípulo, las imágenes y las palabras que giran en torno a la abstinencia sexual.

También en las heladas Bóvedas del Museo se exhibe la obra que muchos espectadores, algunos notables como el intelectual Reinaldo Laddaga, consideran como la más intensa que han visto en estos últimos años. «Darkroom» se presenta por desgracia incompleta, aunque la serie de ocho pantallas que rodean al espectador brindan una experiencia que se acerca al original. «Darkroom» nació como un experimento multimedia que generaba en el espectador la inquietante sensación de ingresar al interior de una obra de arte. En una sala absolutamente negra, con la única visión de una pequeña lente que cada «pasajero» llevaba en su mano, los espectadores emprendían el viaje y descubrían personajes con cabezas circulares como calabazas. Con sus gestos de estupor, allí están ahora estos seres, meciéndose, abrazándose, gesticulando; moviéndose, arrastrándose, levantando sus brazos; susurrando, durmiéndose o, acaso, muriéndose. Pero ya no rozan al espectador en su tránsito provocándole escalofríos. La noche de Jacoby es diferente, aunque los personajes que flotan en la oscuridad, continúan borrando cualquier tipo de certeza. Las acciones esquematizadas de los actores no hacen más que abrir interrogantes que nadie alcanza a responder. Y el viaje vuelve a convertirse en la obra.

A pesar del afán enciclopedista y documental de la muestra que, a decir verdad, tanto el artista como la curadora supieron tornar atractivo, las «superficies de placer» y los viajes de Jacoby continúan fascinando a las viejas y nuevas generaciones.

* Enviado Especial

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