2 de noviembre 2016 - 00:00

El republicano toca el corazón de los obreros desplazados

Las esperanzas de un cambio vienen de largo en Pensilvania. Muchos apostaron por Barack Obama, pero sienten que éste se olvidó de sus promesas.

Emoción. Un alto porcentaje de los votantes de Donald Trump asegura que el candidato toca su sensibilidad. Hillary Clinton está en otro registro.
Emoción. Un alto porcentaje de los votantes de Donald Trump asegura que el candidato toca su sensibilidad. Hillary Clinton está en otro registro.
Johnstown - Los montes Apalaches del estado de Pensilvania esconden una de las canteras de votos más fieles al candidato presidencial republicano, Donald Trump, quien prometió devolver la dignidad y el respeto a unas ciudades fantasma de EE.UU., golpeadas por el desempleo y la nostalgia por un pasado mejor.

Johnstown tenía algunos de los peores embotellamientos de la región. Mientras las fábricas del acero sacaban sus cargamentos, las camionetas se amontonaban durante horas por sus estrechas calles al pie de los Apalaches, en la que fue una de las zonas más prósperas del estado.

Irónicamente, Anthony Sherron, de 85 años, echa de menos aquellos atascos, que eran sinónimo de los "buenos tiempos", cuando los jóvenes encontraban trabajos bien pagados en la industria del carbón y del acero en el condado de Cambria, donde se ubica la urbe, unos 500 kilómetros al oeste de Nueva York.

Él bajó por primera vez a una mina de carbón en 1948, con 18 años; trabajó duro y cree que sus nietos merecen "el mismo país" en el que él creció. Luce gorra, una remera blanca y un prendedor con el lema de Trump: "Hagamos a Estados Unidos grande de nuevo".

"Donald Trump es la única persona que habla como yo, directamente desde el corazón", dice Sherron. Y avisa: "Si Hillary Clinton es elegida, habrá disturbios".

"Nuestro acero va a volver. Habrá una situación completamente diferente, ya no seremos considerados gente tonta, seremos los genios, créanme", prometió Trump unas semanas antes de las elecciones a los habitantes de Johnstown. "¡Voy a poner a los mineros a trabajar de nuevo!", clamó.

En cada mitin, Trump rememora los buenos tiempos, identifica al enemigo que los destruyó y explica cómo vencerlo. Demoniza al presidente Barack Obama y echa la culpa del desempleo al plan de energía limpia de éste. "Juntos vamos a destrozar a los políticos corruptos y vamos a dar lo justo a los olvidados", promete Trump.

Por supuesto, para Trump, el enemigo número uno es "la corrupta" Hillary Clinton. La candidata presidencial demócrata prometió invertir 30.000 millones de dólares en capacitación para los mineros, pero unos desafortunados comentarios en Columbus (Ohio) fueron interpretados por muchos como una amenaza. "Vamos a poner a muchos mineros del carbón y a muchas empresas fuera del negocio", dijo en marzo Clinton, en un comentario de apoyo a las energías renovables.

No obstante, el declive de la industria en Pensilvania va más allá de los cristales rotos o los tablones que tapan las puertas de las fábricas. La desintegración penetra en la vida de las comunidades mineras de Johnstown y del condado de Greene, donde las minas se redujeron de 12 a 5.

Tanya James es una mujer de 56 años que comenzó a trabajar en el carbón junto a su madre en 1979, cuando ese mundo estaba reservado a hombres robustos. Tenía 19 años; su padre, que era minero, había muerto y la familia tuvo que buscar un medio de subsistir.

Rubia y menuda, fue una pionera y tuvo que romper todo tipo de barreras y, en parte, por eso votará por Hillary Clinton. "Creo que Donald Trump es una pistola cargada y de gatillo fácil", resume.

Se siente decepcionada por Obama. "Voté por él en 2008, nos prometió la Luna. Lo apoyamos para su primer mandato, pero en el segundo ya no nos necesitaba".

En cinco años, 30.000 mineros perdieron su empleo en EE.UU. y la situación es crítica en Greene y Cambria, donde el desempleo alcanza el 8%, frente al 5% nacional.

Mientras Hillary Clinton ofrece pragmatismo, Donald Trump apela a lo más profundo del corazón obrero y promete devolver un pasado idealizado. Promesas utópicas que ofrecen recuperar el rumbo de un país que avanza en otra dirección.

Agencia EFE

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