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El reto de suturar la herida racial
Una multitud multirracial copó ayer las calles de Washington para darle la bienvenida a la era Obama. En ese mosaico, se hicieron notar, por número y algarabía, los manifestantes de raza negra.
Una buena descripción de su realidad sociológica de DC - como la llaman sus habitantes- es la de una burbuja blanca, en la que viven sobre todo jóvenes de clase media alta venidos de todo el país para estudiar o trabajar para el Gobierno, inserta dentro una gran burbuja negra donde reside la mayoría afroamericana, entre un 65% y un 70% del total.
Las fronteras entre ambas burbujas son finas -a menudo una simple calle- , pero profundas. No es habitual ver a negros paseando por los barrios residenciales blancos, situados en el noroeste de Washington, pero menos aun lo es ver a blancos en los barrios degradados del noreste o el sureste de la ciudad. Es como si en Washington convivieran dos universos paralelos, que rara vez interaccionan. Y cuando lo hacen es de forma fugaz, ya sea en un McDonald's o el transporte público.
Barack Obama ha irrumpido en esta realidad con fuerza, convirtiéndose en uno de los pocos referentes compartidos entre ambos universos, quizás juntamente con los Washington Redskins, el equipo de fútbol americano de la ciudad, o alguna estrella del hip hop. De hecho, la noche del 4 de noviembre, presos de la euforia y quizás una cierta alegría etílica, se pudo ver en las calles de Washington una escena inaudita: jóvenes negros de los suburbios abrazándose con los niños bien de Georgetown.
Hasta qué cierto punto Obama será capaz de derrumbar las barreras raciales es una incógnita. De momento, quien la está moviendo es la poderosa mano visible del mercado. Gracias al aumento en los trabajos que genera el Gobierno, y todo el entramado institucional que gira a su entorno, en las últimas décadas han emigrado a Washington decenas de miles de personas.
Diferencias
Las familias suelen instalarse en los suburbios residenciales de Virginia o Maryland, los estados que rodean la menuda capital federal, pues sus escuelas son de mayor calidad que los depauperados centros escolares de la capital. En cambio, los jóvenes prefieren vivir en DC, donde existe una mayor oferta cultural y de diversión.
Esto ha hecho que la burbuja blanca haya ido expandiéndose durante los últimos años, comiéndole terreno a la negra. En inglés, el proceso recibe el aséptico nombre de «gentrification», que el diccionario define como «transformación física de un barrio marginal por llegada de individuos opulentos, que puede llevar al desplazamiento de sus habitantes originales».
Normalmente, el proceso es fruto de un plan urbanístico diseñado de forma conjunta entre administraciones locales y el sector privado. La ciudad rehabilita los espacios públicos, y los inversores privados compran a bajo precio solares y viejas casas unifamiliares, y en su lugar construye modernos bloques de departamentos, un gran centro comercial, y algún gimnasio.
Un caso paradigmático de esta evolución es el corazón del barrio de Columbia Heights, situado a poco más de un kilómetro al norte de la Casa Blanca, y hasta hace poco uno de los más conflictivos y peligrosos de la ciudad. Otrora infestado por pandillas y camellos, el barrio es hoy un espacio singular por sus contrastes, pluralidad de gente y estilos de vida. En sus calles convergen diariamente los dos universos paralelos de DC, viejos y nuevos habitantes del barrio.
Mientras la transformación del barrio no llegue de la mano del «mobbing», la comunidad la recibe de forma más bien positiva, pues dispara el precio del metro cuadrado. Sin embargo, algunos sienten nostalgia ante la desaparición de viejos paisajes y ambientes.
Ebony Jackson, una joven afroamericana concientizada, autora del blog Hello, Negro lamenta que los cambios ignoren las realidades y necesidades locales: «Ayer me pasé una hora buscando una tienda de belleza en el barrio con productos para las mujeres, ¡y ni siquiera pude encontrar una!».


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