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El Siqueiros está en su museo, pero hay dudas sobre su destino
Cristina de Kirchner y el presidente de México, Felipe Calderón, en la presentación del sufrido mural «Ejercicio plástico» restaurado y emplazado en el museo construido en la Aduana Taylor para albergarlo.
El tema de los eróticos desnudos; la permanencia obligada de la obra en la oscuridad del sótano del polémico magnate de la prensa Natalio Botana; el olvido; los novelescos afanes revolucionarios de su autor; la reaparición del mural después de casi 60 años, y las feroces luchas de apropiación que sentenciaron una pieza excepcional a la penosa reclusión en una playa de grúas, contribuyen a alimentar una historia exasperada. A estas contingencias se sumó un melodrama marquetinero: el triángulo amoroso conformado por el temperamental muralista, el poderoso Botana y Blanca Luz Brum, una escritora bellísima y aventurera, capaz de condimentar con sus fantasías una realidad que ya de por sí resultaba explosiva. Pero «Ejercicio plástico» esconde algo más que un triste folletín: marca un hito en la vanguardia internacional y ha llegado la hora de demostrarlo.
La obra ilustra un caso de descuido patrimonial alarmante que al parecer culminó. «Ejercicio plástico» se ha salvado y luce en todo su esplendor. No obstante, las cuestiones judiciales se complican, ya que nadie de resigna a perder este capital simbólico formidable. Los dueños del mural aseguran que la expropiación es inconstitucional y que «está suspendida por un fallo de la Corte». A través de sus letrados, anuncian que a fin de año expira el convenio de exhibición firmado previamente con el gobierno. «Voy a pedir la devolución de la obra», sostiene la abogada Mirta Barruti. El monto que pagaría el Estado por de la expropiación (12 millones de pesos), no sería aceptado.
Hoy, nadie puede poner en duda que el mural está donde debe estar: en un museo. El recuerdo de los más de 17 años que la pintura estuvo en cuatro containers, enredada en la maraña de juicios que prosiguen, impone en el presente un interrogante fundamental: ¿A dónde iría a parar «Ejercicio plástico» si la justicia autorizara a la firma Dencanor. S.A. a retirarlo? Es más, la sufrida obra fue cortada en pedazos para llevarla de gira por el mundo; ahora, si la devuelven, ¿la volverían a fragmentar? No hay respuestas a estas preguntas básicas. «La decisión es de mi cliente, pido el mural porque es de su propiedad, la idea siempre fue su itinerancia», responde Barruti.
«Ejercicio plástico» es una obra frágil y su conservación es un tópico delicado en extremo, no se acaba con la restauración o el ensamblado de las partes (que aún está vedado por orden judicial). La pieza es una rareza que demanda el cuidado de su especificidad, tiene un «aura» que es preciso proteger.
Derechos morales
Al igual que las personas, las obras de arte tienen «derechos morales»: en efecto, el Convenio de Berna para la protección de las obras literarias y artísticas, contempla el derecho del autor de oponerse a cualquier deformación u otra modificación o acción que las dañen. Con sus características tan especiales, el mural pide atenciones particulares, como recrear la intimidad del lugar o realizar las filmaciones que de modo tan insistente reclamó su autor.
Refugiado en un sótano inaccesible por su activismo político, Siqueiros, que había estado con Eisenstein y trabajado con los dibujantes de Disney, pintó una matriz, una obra que aspiraba al movimiento, con el objetivo de hacerla filmar y conquistar el público masivo de la fotografía y el cine. Es decir, diseñó la manera para que la obra trascendiera, sin necesidad de traslado alguno y sin cortarla en pedazos. Él estaría escondido, la obra sería libre. Si se hubieran tenido en cuenta sus escritos, hoy la imagen de «Ejercicio plástico» estaría en todas las pantallas y otra sería la historia.
Pocos artistas han explicado el sentido de su trabajo con la elocuencia de Siqueiros cuando dice que el mural es una máquina destinada a activar la percepción del espectador, quien deberá recorrerlo casi en soledad. Atender estos reclamos depende de la sensibilidad y la responsabilidad de quienes lo posean.
Agravios
La presidente Cristina de Kirchner mencionó en su discurso que Oliverio Girondo fue uno de los primeros contactos de Siqueiros en la Argentina, y agregó que «la gente de derecha» («los burgueses», como los llamaba Borges con ironía), lo insultaron y agraviaron. Son historias que, como ella misma aclaró, están replegadas adentro de otras historias, pero que vuelven de repente a la luz y en este caso recobran una inesperada vigencia. Siqueiros desató escándalos en una sociedad prejuiciosa y provinciana que no escatimó ofensas, es cierto. Pero hay una afrenta todavía peor: la indiferencia y el encono de sus propios pares, quienes nunca perdonaron que un comunista recalcitrante como él pintara una obra ajena la ideología, sin contenido social. Basta leer a Antonio Berni para constatar el rechazo de los partidarios del arte comprometido, en pugna con los que creían en la libertad del arte por el arte, rechazo que todavía perdura, en la Argentina y en México. Es una cuestión evidente, aunque pocos están dispuestos a reconocerla, y hablan del tema en voz baja.
Con una elegancia suprema, Girondo planteó la inutilidad de esa lucha, cuando señaló: «El arte no debe servir a nadie, pero puede servirse de todo. hasta de la política. [.]Esto no implica, en lo más mínimo, que un artista no pueda encontrar en la política la veta que le conviene. La obra de Siqueiros está allí para demostrarlo. Podrá o no gustar su pintura, negar que existe en él un pintor me parece arriesgado. Y es lo único que le interesa al arte. El contenido ideológico de la obra carece de importancia. [.] un ateo se hallaría incapacitado, por ejemplo, para apreciar los frescos del Giotto cuando en realidad puede captar todo lo que hay en ellos de trascendental, que, por cierto, no lo constituye el tema, la anécdota que nos cuenta el Giotto, ni tan siquiera su misticismo, sino la belleza que sus frescos encierran, la emoción estética que se desprende de ellos».
Siqueiros encontró las palabras para entablar un duelo con Girondo, porque fue un militante sin fisuras. Venía de pintar en Los Angeles un indio crucificado, un mural escalofriante, pero en la oscuridad de esa caverna de Don Torcuato se liberó de las ataduras políticas y se concentró en los problemas estéticos, pintó una obra que no tiene antecedentes ni tampoco derivaciones. No obstante, ahora que el mural acaba de recobrar sus atributos visuales cabe preguntarse, ¿cómo pudieron pasar inadvertidos los valores estéticos de esta imponente pintura, incluso ante los artistas que trabajaron con él? No se entienden las durísimas críticas de Berni, que lo trató de «oportunista» (al igual que hoy el cineasta Héctor Olivera), el enigmático silencio de Spilimbergo, y el tardío reconocimiento de Castagnino.
Contar la historia de los 200 años de la Argentina a través del arte, como es el deseo presidencial, puede ser una misión apasionante. El riesgo es que resulta fácil caer en el estereotipo, en el cliché que denunció el propio Siqueiros como «Mexican Curious» cuando volvió a fundar el muralismo. El propio artista, con sus palabras nos previene sobre los criterios de exhibición.


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