8 de noviembre 2011 - 00:00

El tango como vía religiosa

«Tangos Ecclesiásticos». Música: G. Bovet (arreglo de los intérpretes). Movimiento: N. Lapzeson. Intérpretes: R. Pedroli (danza), E. Kohan (saxo), N. Broggini (órgano). (Basílica de María Auxiliadora y San Carlos, 6 de noviembre).

Minutos después de misa en la centenaria Basílica de María Auxiliadora y San Carlos de Almagro, las luces caen y el silencio comienza a pesar. Está por vivirse un acontecimiento inusual: los himnos de la liturgia católica, los cálices y los rezos darán paso al tango contemporáneo de reminiscencias antiguas, a la rara unión de saxo y órgano y a una bailarina que se irá despojando de cuatro de sus cinco vestidos y se moverá a sus anchas por esa descomunal iglesia.

Tal es la vivencia de los «Tangos Ecclesiásticos», un espectáculo creado por tres argentinos radicados en Suiza (el organista Norberto Broggini, el saxofonista Eduardo Kohan y la coreógrafa Noemí Lapzeson) e interpretado aquí por ambos músicos y por la extraordinaria Romina Pedroli, cuyo magnetismo se presenta como un elemento imprescindible. Si bien la vinculación de la danza con lo sagrado es tan antigua como la humanidad misma, no es frecuente en estas latitudes ver bailar en ámbitos religiosos, y mucho menos sentir una carga de sensualidad tan importante como la que palpita en las figuras diseñadas por Lapzeson y trazadas por Pedroli con notable expresividad y dominio técnico.

Desde la vitalidad de los movimientos correspondientes a los tangos «de tercer tono prohibido, dicho de la Princesa», «de quinto tono, para la mano izquierda», o «de onceavo tono, a modo de bossanova» hasta la sublime lentitud del «Tango de cuarto tono de falsas, per lElevazione» (interpretado por Broggini en el órgano de eco, ubicado en la cúpula de la iglesia), pasando por la gracia del «Tango de séptimo tono a modo de Habanera» (donde la bailarina se adueñó de las escalinatas y la balaustrada del camarín superior), la coreografía es un discurso propio que mantiene la tensión (y la atención) de principio a fin; al mismo tiempo, este lenguaje se integra perfectamente al discurso musical, resignificándolo y enriqueciéndolo.

Cierto es que el origen del espectáculo, es decir la idea de Guy Bovet de basar en los tonos eclesiásticos 12 tangos de influencias tan numerosas como diversas (pueden identificarse en ellos ecos que van desde Correa de Arauxo y Cabanilles hasta Piazzolla, pasando por Bach, De Caro y Fresedo), da como resultado una sucesión de atmósferas difíciles de definir e imposibles de describir, pero con un denominador común: la imaginación y la belleza.

La fuerza expresiva del saxo de Eduardo Kohan (sustentado en sus dotes de improvisador y sus grandes recursos técnicos) se amalgama a la solidez interpretativa de Broggini, quien, con un delicado trabajo de registración, sabe otorgar a cada una de las páginas de Bovet el fraseo justo y crear el clima perfecto. Uniendo la elevación con la más sutil sensualidad, capturando en sus redes una tormenta de visiones y sonoridades, «Tangos Ecclesiásticos» deja una huella perdurable en el espectador y confirma que nada puede ser más espiritual que el arte, si es creado y plasmado con pasión y talento.

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