23 de marzo 2010 - 00:00

El tiempo y el diluvio en el sensible arte de Macchi

A través de objetos de la vida cotidiana, Jorge Macchi vuelve a generar el clima de incertidumbre y desesperación que torna inconfundible su obra.
A través de objetos de la vida cotidiana, Jorge Macchi vuelve a generar el clima de incertidumbre y desesperación que torna inconfundible su obra.
El artista Jorge Macchi acaba de inaugurar una nueva muestra en la galería Ruth Benzacar, y las obras que presenta vuelven a colocarlo en la vertiente más sensible del arte conceptual. Uno de los temas que aborda es un amenazante diluvio; el otro tema, es el tiempo. La obra más significativa de la muestra está en el subsuelo, donde unos postes cruzan el espacio desde el piso hasta el techo. Son las columnas que para prevenir inundaciones sustentan en lo alto los caseríos que se construyen en las orillas de los ríos. Se supone que los pilotes de madera soportan el peso del piso superior donde se divisa un espejismo: un pesado ropero ya casi hundido en el agua. Abajo, los espectadores deambulan por el territorio incierto al que podría llega la marea, se internan en un paisaje escenográfico, apenas iluminado por una lamparita que cuelga del techo.

Un inmenso un reloj contribuye a brindar sentido a la muestra. Proyectada sobre una pared negra, la imagen resulta tan seductora como cinematográfica. El cuadrante del reloj aparece cercenado en la parte superior, a la altura del techo, de tal modo que una de las agujas, el minutero, choca permanentemente contra el cielo raso. Marca las 10. 55, y no ocurre nada en particular con esa hora, tan sólo que el mecanismo del reloj funciona, no está detenido, y provoca cierto extrañamiento que no pueda avanzar.

A partir de estos trabajos pareciera girar una muestra con matices como el de «24 horas», una acuarela en blanco y negro con una llanta que se hunde en el agua, o una serie dibujos de autos cuya parte inferior se desmaterializa, desaparece en la nada, al igual que la esquina inferior de una caja de fósforos. Una pared de la sala está recién pintada de color celeste con pinceladas sueltas, con el gesto amplio de un artista y, sin embargo, en el contexto de la muestra la obra parece abandonada, por alguna urgencia.

El texto del catálogo de David Oubiña es la Coda del libro «Una juguetería filosófica. Cine, cronofotografía y arte digital», y no está allí para aclarar enigmas, aunque confirma la estética cinematográfica de Macchi. Ambos, el escritor y el artista, parecieran compartir el interés por la dimensión inestable de lo real. Oubiña describe el papel que cumplen tres fotogramas de los hermanos Lumière sobre su escritorio, su condición taxonómica y a la vez fantasmagórica, su valor de ruina, de reliquia y, sobre todo, la delicada fragilidad que ostentan como objeto único, como la que podría exhibir el último individuo de una especie.

Macchi se apropia en cierto modo de la poesía de Oubiña, su viejo compañero de colegio, y dibuja algunos objetos, sus propias ruinas y reliquias. Así vuelve a generar el clima de incertidumbre y desesperación que torna inconfundible su obra.

Las cajas de música son elementos recurrentes y el año pasado fabricó un juguete demencial. La nueva cajita musical es precaria y a la vez compleja, ya que emite el sonido de un mensaje escrito que aparece perforado en un rollo diminuto, como los que usan las pianolas.

En una pequeña caja de fósforos colocó una maquinita que se activa al girar una manivela que hace correr la cinta. Las perforaciones permiten leer el mensaje escrito en el rollo que se remonta al siglo XVII, un relato que describe algo que se asemeja a un naufragio. El desconcertante sonido que emiten las palabras llega a través de unos auriculares. Desde ya, como el resto de las obras de la muestra, este juguete esconde un denso contenido político, alerta al mundo sobre las catástrofes que se avecinan. Pero Macchi sabe eludir la obviedad, conjuga su elocuencia exasperada, como la del apuntalamiento del subsuelo, con la discreción de su emoción contenida, que resulta tan moderada como el sonido que emite esa cajita a través de los siglos y, que todavía espera ser descifrado.

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