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El vacío en technicolor de Milhazes en el Malba
El vacío conceptual de la obra de Beatriz Milhazes es absoluto, pero se compensa con el efecto de choque del color y la forma, con la libertad para celebrar la superficialidad; las pinturas atrapan, por un efecto óptico, la mirada del espectador.
En las alrededor de 30 pinturas de la muestra, Milhazes despliega su estilo: se sirve de unos círculos ornamentales semejantes a los que pintaba la diva de la vanguardia Sonia Delaunay, pero contamina esas formas puras con el barroquismo latinoamericano. Al igual que las ondas expansivas que forma una piedra al caer al agua, los radiantes círculos multicolores se inflaman sobre las telas, alcanzan el climax del dinamismo. El vacío conceptual es absoluto, pero se compensa con el efecto de choque del color y la forma, con la libertad para celebrar la superficialidad, representada por el destello de los abalorios y una profusión inagotable de flores y enrulados arabescos. Como un remolino, las pinturas atrapan, por un efecto óptico, la mirada del espectador.
La exposición es decorativa desde el comienzo, desde la inmensa cortina de globos, baratijas y oropeles que cuelga en la pared de ingreso a la sala. No obstante, en el contexto de la muestra, la palabra «decorativa» se debe pronunciar sin ruborizarse. Según se interprete, existe cierta filiación muy lejana entre Milhazes y los artistas de una significativa vertiente argentina que surgió del Centro Cultural Rojas en los años 90. Los une, a ambos, un idéntico afán ornamental y un mismo deseo de regodearse en la belleza; los separa, entre otras cuestiones, un recurso del cual se sirve la brasileña: la espectacularidad de los anuncios publicitarios. En nuestro país, la alegría y el desenfado de Milhazes traen el recuerdo de las esculturas enruladas de Jorge Gumier Maier y las pinturas juguetonas de Marcelo Pombo, entre otras cualidades que se suman al anhelo común de la belleza.
Pero, cabe cuestionarse: ¿de qué belleza estamos hablando? La obra de la brasileña es pura exterioridad, se consume como un fuego de artificio; por el contrario, el arte llamado «light» de los argentinos no es exclusivaente sensorial, pone en evidencia la intimidad de los artistas, sus bordados y muñecos de peluche dejan un resabio de melancolía.
Otra gran diferencia se agrega a la diversidad estética: la cotización de Milhazes, artista que ha logrado superar el millón de dólares en una subasta pública. El mercado abre muchas puestas, pero su gran proeza fue saltar el cerco tendido por quienes determinan quiénes reúnen méritos suficientes para ingresar a las bienales, instituciones y colecciones. No es un secreto: en los últimos años, quienes detentan el poder de legitimar, son partidarios del arte conceptual y político y -sobre todo en Latinoamérica- de una abstracción que nada comparte con la vehemencia de la brasileña.
Sin embargo y a contracorriente del mainstream, la muestra del Malba reúne obras provenientes de colecciones particulares y públicas de Brasil, Estados Unidos y Argentina, entre ellas, dos obras prestadas por el Museo Guggenheim de Nueva York, una del Museo de Arte Moderno de San Pablo y dos de la colección personal de Eduardo Costantini, que abren y cierran la década que abarca la exposición.
El crítico brasileño Paulo Herkenhoff, un erudito, autor de la memorable Bienal de San Pablo dedicada al concepto de Oswald de Andrade, la Antropofagia, destaca las numerosas fuentes de las que bebe la artista: «La lógica en Milhazes se construye sobre orígenes heterogéneos del color, asumiendo como matrices lo fragmentado y lo parcial, lo concreto, lo neoconcreto
y lo antropológico: lo carioca, lo brasilero y lo internacional. Sus formas y colores no tienen valor discursivo en su proceso de significación. Finalmente, al celebrar su condición de materia, o sea, la realización pictórica del color, la pintura de Milhazes alcanza el universo de la música».
En efecto, Herkenhoff percibe «finalmente» (luego de negarle significación a las formas y colores) la sensación musical que suscita la pintura. Pero, ¿a qué música se aproximan estas pinturas? Milhazes no podría nunca asociarse a la elegancia discreta que elogia en «Sampa» Caetano Veloso, cuando canta: «Da dura poesia concreta de tuas esquinas/ Da deselegância discreta de tuas meninas». Ella se acerca más bien al pintoresquismo contagioso y exaltado de «Aquarela do Brasil» de Ary Barroso, sus imágenes poseen la misma inmediatez de esa música pegadiza (Brasil!... Brasil! Prá mim ... Prá mim!...).
Para el curador de la muestra, el francés Frédéric Paul, la pintura de Milhazes «deleita a los amateurs e irrita a quienes les resulta demasiado alegre, demasiado oprimente, demasiado colorida, demasiado visual, o demasiado. ¡pictórica! Pero la experiencia que procura puede merecer ser contada».
Lo cierto, es que luego de la felicidad retiniana que depara Milhazes, pronto llegará al Malba la dictadura del arte conceptual, con la muestra de Tracey Emin, célebre ganadora del Premio Turner que escandalizó el mundo del arte al exhibir ante el público los aspectos más íntimos de su vida.


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