12 de octubre 2009 - 00:00

En pleno auge del muralismo, vino la hija de Diego Rivera

Justo cuando en Buenos Aires se despierta el interés por la pintura mural, al menos a nivel gubernamental, Guadalupe Rivera alabó el arte de su padre, aunque remarcó las diferencias ideológicas entre ambos.
Justo cuando en Buenos Aires se despierta el interés por la pintura mural, al menos a nivel gubernamental, Guadalupe Rivera alabó el arte de su padre, aunque remarcó las diferencias ideológicas entre ambos.
Guadalupe Rivera Marín (1924), la hija de Diego Rivera, uno de grandes muralistas mexicanos junto con David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, acaba de pasar por Buenos Aires para dictar unas conferencias sobre su padre, el más popular de los tres. En el Malba, luego de ver el «Retrato de Ramón Gómez de la Serna», una pintura de la etapa cubista de Rivera que integra la colección del Museo, Rivera Marín, que fue testigo de gran parte de la epopeya muralista, habló, incansable, sobre la importancia de su padre en el arte de Latinoamérica. «Diego tenía un interés vital, que reconociéramos lo que fuimos, que valoráramos nuestra cultura, porque creía que nos iba a dar fuerzas para la vida. No quería que fuéramos pueblos aislados, quería que buscáramos la unidad a través de nuestras raíces ancestrales», sostuvo.

Doctorada en leyes, con un master en administración pública, economía y relaciones internacionales, Guadalupe Rivera, que fue embajadora de su país, diputada y senadora por el PRI, supo establecer distancias con el comunismo de su padre y remarcar diferencias ideológicas. «Estuvimos distanciados y hasta me despidió un novio por motivos políticos». Por otra parte, contó que Rivera la estimuló para que estudiara. «Estudié derecho y mi hermana Ruth fue la primera mujer graduada en la escuela Nacional de Arquitectura del Instituto Politécnico. Él se sentía orgulloso de nosotras».

Rivera Marín se refirió a los años de Rivera en París, y habló de la relación que hasta 1921 mantuvo con la vanguardia europea, con Modigliani, Juan Gris, Robert Delaunay, Cézanne y Picasso. Cabe aclarar que Rivera, como otros artistas latinoamericanos, no ocupa todavía en la historia del arte, el espacio que le corresponde. El crítico de la revista «Times», Robert Hughes, advierte que el artista ha sido encasillado en la categoría especial de «muralista mexicano», añade que su obra cubista no es la de un seguidor más, y dice que la pintura de Gleizes o Metzinger parece, en comparación, «débil y afeminada». En realidad, las raíces artísticas del muralista -como bien destacó su hija- están en Europa, en la pintura del Quattrocento y la de El Greco, en el mundo que Rivera abandonó cuando José Vasconcelos, uno de los principales intelectuales de toda Latinoamérica en esa época, le pidió que regresara a México para participar de un programa de pintura pública.

Rivera pintó el primer mural de su vastísima producción en el año 1922, y a partir de ese decenio, el muralismo se convertiría en un movimiento que durante décadas irradiaría su influencia por toda América, hacia el Norte y el Sur.

«De niña mi nombre familiar era Pico porque era yo un pico o pedazo de Lupe Marín mi madre», recordó Rivera Marín y al compás de las imágenes de las grandes pinturas de su padre, evocó el personaje. «Se ocupó de nuestra identidad, sabía recitar párrafos del Martín Fierro y los versos de Neruda», señaló.

Sobre el politizado arte de su padre, sostuvo: «En 1927 Diego viajó a la Unión Soviética. Cuando llegó a Moscú y descubrió la pintura de propaganda que hacían allá, la criticó, dijo que le parecía deleznable, y se reunió con un grupo de trotskistas que estaban en contra de Stalin. Finalmente no pintó los murales que iba a realizar en el Palacio del Ejército Rojo». Consultada sobre la conflictiva relación de Rivera con Siqueiros, contó: «Diego y Frida tenían una verdadera amistad con él y su mujer, Blanca Luz Brum, hasta vivieron en la misma casa, pero eso se acabó cuando llegó Trotsky y Siqueiros atentó contra su vida. En Estados Unidos había un grupo trotskista muy fuerte que capturó las simpatías de Diego, y cuando Trotsky necesitó asilo lo llevó a su casa de Coyoacán, aunque terminaron enemistados. Cuando llegó André Breton, le dijo que no lo acepte, y si es que cierto que Trotsky tuvo una historia con Frida, mi padre no puede haber estado muy contento».

«Sobre Siqueiros prefiero no hablar, cuando murió mi padre tomó la palabra y aprovechó la ocasión para ofrecernos un discurso político», concluyó.

Rivera Marín aclara dos cuestiones sobre el conocido mural que realizó su padre en el edificio RCA de Nueva York por encargo de John D. Rockefeller Jr.. Según varios historiadores, cuando Rivera pintó el retrato de Lenin y se negó a borrarlo, los Rockefeller se consideraron insultados y cubrieron la obra. «La verdad es que la pared fue picada, el mural fue destruido totalmente y, a pesar de todo, la amistad de mi padre con uno de ellos perduró durante años», corrigió Rivera Marín.

Hace escasos meses en el Rockefeller Center se restauró el mural «Progreso americano» pintado por el español José María Sert (autor de las pinturas en los cielorrasos de la Embajada de Brasil en la Argentina), que reemplazó el de Rivera (con Lenin incluido), «Es como si en el lobby hubieran encendido las luces», cuentan sobre el resultado final. Acerca de la restauración de los murales de Rivera, su hija informa: «Mi padre donó gran parte de su obra, la Casa Azul y la colección de arte precolombino al pueblo de México. Los murales están cuidados, se los restaura cuando es necesario. El Banco de México tiene una comisión que yo integro y que se encarga del cuidado de la obra».

Refiriéndose a Frida Kahlo, confesó: «No me agrada su pintura». Y reiteró una frase, clave en sus conferencias: «Mi padre le pintaba los cuadros a Frida. Yo lo he visto». El dato revela la manifiesta animadversión por la artista (ya que su padre también tenía ayudantes), que murió hace más de media centuria. Rivera, que conquistó admiradores dondequiera que estuvo, revela a través de la descripción de su hija un perfil luminoso y también el más oscuro. «Nunca voy a entender por qué terminó pintando un mural donde está Stalin con la paloma de la paz en su mano. Él tenía cáncer y los soviéticos tenían la bomba de cobalto. ¿Lo hizo para que lo curaran?», cuestionó. Y al finalizar la conferencia, dijo: «Mis hijos y yo vivimos con Diego en su estudio de San Ángel después de que murió Frida en 1954, y nuestra relación culminó el 24 de noviembre de 1957, cuando murió en mis brazos».

El auditorio del Malba estaba colmado. Las palabras de Rivera Marín llegaron justo cuando en Buenos Aires se despierta el interés por la pintura mural, alentado por los gobiernos de la Nación, que restaura «Ejercicio plástico» de Siqueiros, y el de la Ciudad, que acaso con el afán de no ser menos, para celebrar el Bicentenario convirtió de la noche a la mañana en muralistas a una serie de artistas porteños.

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