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Entrar a la Unión Europea y adoptar el euro, son los únicos salvavidas

A pesar de todas estas virtudes y de estos indicadores, que lucen impecables a primera vista, este pequeño país se ha visto obligado a pedir ayuda al FMI y a sus otros compañeros nórdicos -por un importe de 6.000 millones de dólares- para hacer frente a una situación de crisis financiera y cambiaria sin precedentes.
Además, los tres principales bancos del país entraron en cesación de pagos. ¿Cómo es posible que un país con las características de Islandia se encuentre en una situación como la descripta? La respuesta reside en la combinación del patrón de crecimiento y del sistema bancario islandés, que ha generado importantes desequilibrios macroeconómicos. La crisis crediticia fue, a estos efectos, perniciosa, pues aceleró un ajuste extremadamente brusco en una economía muy vulnerable.
El crecimiento de la economía islandesa de los últimos años, que ha sido muy elevado, se ha basado en una explosión de la demanda doméstica financiada por un crecimiento muy rápido del crédito interno, que en 2007 superó el 40%. Ello generó una serie de problemas importantes. El primero fue un agujero en la balanza de pagos de cerca del 20% del PBI. El segundo fue un endeudamiento bruto de casi el 550% del PBI. El tercero ha sido la aparición de burbujas en el sector inmobiliario -el precio de la vivienda creció al 30% anual durante los años del boom- y en la Bolsa local. Y por último, Islandia generó un sector bancario sobredimensionado, cuyos activos superan el 1.000% de la renta del país, derivado de que los bancos han intermediado el proceso de expansión crediticia financiándose -como no podía ser de otro modo- en el exterior.
En circunstancias normales, la economía islandesa debería haber sufrido un ajuste relativamente brusco para reducir su dependencia de la financiación externa, cerrando su déficit de balanza de pagos mediante una caída intensa de la demanda doméstica y de los precios de los activos.
Esto nos lleva directamente a la problemática de los bancos islandeses. Las tres principales entidades financieras islandesas estaban altamente internacionalizadas -dos tercios de sus activos y pasivos estaban denominados en moneda extranjera- y, además, los depósitos suponían sólo un tercio de su pasivo total. El resto consistía en financiación mayorista obtenida en los mercados internacionales de capitales con una vida media bastante reducida. A pesar de que la rentabilidad de los bancos era adecuada, al igual que sus ratios de capital, y a pesar de que no contaban en su balance con demasiados activos tóxicos, la estructura de financiación de éstos los hacía extremadamente vulnerables a una crisis de liquidez como la existente desde hace más de un año, en la que los mercados de crédito se han secado y resulta muy difícil renovar la financiación previa.
Esta debilidad fue inmediatamente percibida por el mercado, de modo que el costo del seguro de default -los famosos CDS- de los bancos islandeses se disparó a principios de este año hasta cerca de 1.000 puntos básicos, que es un nivel elevadísimo.
Impotencia
El tamaño de los balances de los bancos impedía al Gobierno islandés tanto actuar como prestamista de última instancia como garantizar los depósitos en moneda extranjera de sus bancos con sus reservas de divisas.
El ejemplo islandés ilustra las dificultades a las que se enfrenta una economía pequeña, con un sector bancario sobredimensionado e internacionalmente expuesto, y una moneda propia. Lógicamente, los tres bancos islandeses terminaron en cesación de pagos, y ello está a su vez afectando a la propia economía, que ante la sequía de crédito doméstico se va a ver sometida a un ajuste brutal que hará desaparecer gran parte de la riqueza generada en los últimos años y obligará a la población a un esfuerzo enorme de transferencia de recursos desde el sector privado al público, y desde el sector doméstico al resto del mundo.
Tal vez la única solución para Islandia consista en pedir su adhesión a la Unión Europea y a la Unión Monetaria, para ponerse bajo el amparo del euro y del BCE. Resulta curioso que el pueblo islandés, que tradicionalmente rechazaba casi unánimemente esta posibilidad, ahora la apoya por abrumadora mayoría. Este ejemplo es seguramente extremo, pero puede resultar ilustrativo para otras economías pequeñas, con sistemas financieros de grandes dimensiones y moneda propia.


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