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Equilibrista, apaciguó la furia electoral y pacificó con Scioli
A la espera del discurso, la barra de ministros: Carlos Tomada, Juan Carlos Maqueda (de la Corte Suprema), Lino Barañao, Julio De Vido, Arturo Puricelli, Enrique Meyer, Héctor Timerman y Julián Domínguez; Reapareció ayer la clásica artillería kirchnerista con pingüinos inflables y carteles de culto a la personalidad en la Plaza del Congreso. No hubo gran concurrencia, pero sí muchos colectivos que transportaban, cada uno, a pocos militantes.
El estilete, hiriente, sobre los títulos catástrofe de la prensa y la alusión amable pero implacable a la «compañera que siempre me quiso mucho», en referencia a Diana Conti, sorprendieron luego al perforar el órgano de la duda respecto de la continuidad inmediata.
El silencio de las barras graficó el impacto. La frase irrumpió cuando el kirchnerismo había comenzado, tras semanas de intriga, a descartar la opción de que Cristina de Kirchner no aspire a un segundo mandato. Ayer, aquella inquietud volvió a escena.
Para el universo K, desoír sólo ese tramo del párrafo negador de la Presidente implica también poner en duda la refutación, puntual, sobre la fantasía de las reelecciones indefinidas. Sonó a mensaje terrenal a los fanáticos: mucho antes de 2015, queda 2011.
En rigor, el argumento final de la mandataria giró sobre el concepto de «no gastar tiempo en estas discusiones» y abordar los «problemas cotidianos». Una emulación de los modos de Néstor Kirchner respecto de esconder hasta el instante último la carta electoral.
Anoche, sin embargo, en la Casa Rosada espantaban la sombra incómoda de una no postulación cristinista. «No hay ninguna posibilidad de que no sea candidata», apostaba un funcionario remixando el concepto de inevitabilidad que sembró Aníbal Fernández.
Aunque nadie esperaba que use la tarima del Congreso para los anuncios electorales, también nadie imaginaba un comentario tan tajante sobre la reforma y, mucho menos, su retórica respecto de si tiene decidido competir, o no, por un tercer mandato pingüino.
En unos días, Cristina deberá enfrentar a la multitud que se reunirá en la cancha de Huracán con el exclusivo propósito -más allá de ordenamientos sectoriales- de pedir su bendición para salir a militar su reelección. ¿También los inquietará con la intriga?
Además del enfriamiento electoral, la Presidente exploró otras calmas. La lluvia ácida que un sector K, de inocultable acceso a la cima del Gobierno, derrama sobre Daniel Scioli por su política de seguridad tropezó ayer con el tono cauto de la Presidente.
El gobernador temía, contaminado por rumores, una embestida de la Casa Rosada. Hasta anticipó, por radio, lo que diría más tarde ante el congreso bonaerense sobre su perfil en materia de seguridad para evitar que su postura se interprete como una respuesta a una eventual crítica presidencial.
Respaldo
Fue más lejos: defendió a Ricardo Casal, el ministro de Seguridad, figura sobre la que grupos kirchneristas descargan su artillería. Pero Cristina eligió otra vía: respaldó a Nilda Garré, antípoda de Casal, pero llamó a «desideologizar» el tema seguridad. Hasta habló «de tironeos infantiles» y «falsa dicotomía».
Celebró, igualmente, la estadística que refiere una baja en el índice delictivo, pero observó que ante la tragedia y la muerte, todos los indicadores, por saludables que se vean en el papel, pierden validez.
No se privó, de todos modos, de deslizar una objeción camuflada detrás de una anécdota: lo hizo al recordar que con Scioli escuchó a un cura decir que prefería los Gobiernos que hacen escuelas en vez de los que hacen cárceles. Ante los augurios de retos feroces, una sutileza.
Lineal, Scioli interpretó la moderación presidencial como un guiño y no modificó una línea de su discurso. Abusó, quizá, de la buena fortuna que no acompañó a los gremios, el aliado K que se quedó con la peor parte de las quejas de Cristina de Kirchner (ver pág. 4).
El pedido a los sindicatos, con Hugo Moyano instalado en un palco, para que no tomen de «rehenes» a los usuarios que «también son trabajadores», fue una bomba sucia que, sin ingenuidad, la Presidente activó en los dominios del camionero, experto en bloqueos.
El jefe de la CGT no sólo se retiró sin lo que fue a buscar -el anuncio o siquiera la promesa de una suba del piso de Ganancias-, sino que tuvo que digerir, de mala gana, la advertencia presidencial sobre los métodos de protesta gremiales.
Debajo de la catarata de datos duros, las parrafadas sobre el juego electoral, el vínculo zigzagueante con Scioli y el despegue de los gremios en horas de hostilidad judicial, asoman como indicios sobre preferencias y conveniencias.
Equilibrista, Cristina abortó cualquier especulación sobre una pretensión eternista, inyectó ansiolíticos a los que agitan una batalla encarnizada con el gobernador bonaerense, vapuleó a los gremios -habló de ser compañera, pero no «cómplice»- y repitió sus elogios a la juventud que pobló, con piqueteros y algunos intendentes, las afueras del Congreso.
En su boca, sin intermediarios ni traducciones, ese puñado de referencias surge como materia prima para conjeturar sobre cómo se compone su galaxia ideal. En esa construcción mítica, un sitio está claramente reservado: Kirchner habita el Olimpo K. «Sin él -dijo- no podría haber hecho nada».


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