5 de julio 2011 - 00:00

“Es difícil concebir hoy la decisión de un mártir”

Etienne Comar: «Los monjes fueron víctimas de un grupo fundamentalista, a cuyos integrantes llamaban ‘nuestros hermanos de la montaña’».
Etienne Comar: «Los monjes fueron víctimas de un grupo fundamentalista, a cuyos integrantes llamaban ‘nuestros hermanos de la montaña’».
París - Nadie diría que Etienne Comar, joven, movedizo, es el productor y guionista de un drama sobre siete monjes quietos esperando la muerte. «De dioses y hombres» fue su primer guión, también su primera Palma de Oro como productor, y su mayor éxito comercial hasta el momento, que en la Argentina se estrena el próximo jueves. Sobre esto, y en especial sobre los verdaderos monjes que inspiraron la historia, dialogamos con él en París.

Periodista: ¿Qué lo llevó a hacer esta historia?

Etienne Comar: En 1986, cuando secuestraron y mataron a los siete trapenses de Tibhirine, Argelia, yo estaba en Marruecos preparando «Mektoub», de Nadil Ayouch, la aventura de una francesa y un magrebí. Con ese mismo director después hicimos «Alí Zaoua, prince de la rue», sobre los niños de la calle. Y entre medio hice comedias, aventuras, dramas, con Claude Brasseur, Anouk Aimée, Lambert Wilson, lo habitual. Bien, en aquel momento me impresionó la noticia. Pero no entendía la razón de su sacrificio. En plena guerra, cuando los fundamentalistas ya habían matado a muchos «infieles» y «amigos de infieles», ellos recibieron amenazas, pudieron escapar, y eligieron quedarse. En 2006, décimo aniversario, aparecieron varios libros especulando sobre lo ocurrido, pero muy pocos estudiaban el contexto en profundidad. Ahí comprendí que la gente no conocía todo lo anterior: el motivo por el cual ellos decidieron ir allí y quedarse. Y entreví la posibilidad de una película de intriga capaz de plantear también ciertos problemas religiosos y políticos del mundo contemporáneo. Entonces me conecté con Lambert Wilson y el director Xavier Beauvois («No olvides que vas a morir», «El pequeño teniente»), que pulió mi guión, definió los diálogos y se puso al frente del rodaje.

P.: ¿La intriga resuelve quiénes fueron los asesinos?

E.C.: En la actualidad se abrió una investigación sobre los verdaderos responsables de cada hecho. Es muy posible que los autores del secuestro no sean los autores del asesinato, o sí, pero no sabemos siquiera quiénes fueron, y si tal vez se hicieron pasar por otros. Por eso, tras pensarlo detenidamente, elegimos una deliberada ambigüedad. Además, la obra asume la mirada de los monjes, y ellos siempre quisieron mantenerse neutrales. A los fundamentalistas sublevados los llamaban «nuestros hermanos de la montaña», y a los miembros del Ejército los llamaban «nuestros hermanos de la llanura». Su propósito solo era el de seguir siendo una ayuda para el diálogo de los cristianos con el Islam.

P.: Pero fueron advertidos del peligro.

E.C.: Repetidas veces. Sus familiares, el Vaticano, la propia orden (entonces conducida por el argentino Bernardo Olivera) les pedían que se fueran. Solo el obispo de Argel deseaba que se quedaran. Y ellos tenían la libertad de elegir. Eso es lo más interesante. Toda la película gira alrededor de la libertad individual y la responsabilidad colectiva. No estaban obligados a nada. El prior sabía que no podía oponerse a la decisión de cada uno, por eso periódicamente les preguntaba si eran concientes del peligro y les ofrecía la posibilidad de irse. Creo que tomaron la decisión de quedarse colectivamente a pesar de dudas individuales. Algunos temían morir, otros no. Hubo una valentía enorme, podemos hablar de sacrificio también, todo entremezclado.

P.: ¿Por qué cree que no se fueron?

E.C.; Ellos, al momento de ordenarse, y al momento de elegir ese monasterio, «ya le dieron su vida a Dios». La vida que habían decidido asumir era la de la Pasión de Cristo. Por otra parte, también pudo haber motivos personales. Sabemos que durante la guerra de independencia de Argelia el prior recibió graves amenazas del Frente Nacional de Liberación, y en cierta ocasión un policía musulmán lo salvó de ser asesinado. Al policía lo degollaron, y él siempre se sintió en deuda de haber sido salvado por un musulmán que dio su vida por un cristiano. Pero eso no lo contamos en la película.

P.: ¿Por qué no?

E.C.: Para evitar mayores referencias a esa otra época. Sin duda las heridas del colonialismo incidieron en el episodio que contamos, pero preferimos universalizar el tema, asociarlo mejor a lo que podría ocurrirles a los monjes del Tibet bajo el régimen chino, a voluntarios en Africa, o curas en Latinoamérica. Además el monasterio se originó bajo la colonia pero la presencia cristiana en esos pueblos era muy anterior, ya había cristianos antes de la llegada de los musulmanes, y los hubo en número importante incluso antes del S. XIX.

P.: ¿A qué atribuye el enorme éxito que ha tenido esta película en Francia y otros países?

E.C.: Supongo que hay varios motivos. Uno es la calidad del film, su capacidad de interesar al espectador. Paralelo a eso, el mensaje de los monjes, porque hace mucho que se intenta el mensaje de conciliación entre ambas religiones. Lo usual es oponerlas. Por eso una de las cosas que emocionó incluso en salas africanas es el encuentro de cristianos y musulmanes que mostramos en la historia, el intento de construir algo en común. Y el ejemplo de vida, ese testimonio de mártires que parece incomprensible para nuestra mente cotidiana. No soy religioso, sin embargo esto me emociona.

P.: ¿La orden colaboró en la realización?

E.C.: No directamente. Los actores fueron a un monasterio para hacer un retiro espiritual y aprender cómo es por dentro. Algunos monjes de allí habían leído el guión, que les alcanzamos previamente, y hubo conversaciones. Luego, durante el rodaje, tuvimos como consejero a un ex monje.

P.: Suerte que era ex, porque tienen fama de ser tremendamente callados.

E.C.: Si, hablan muy poco. Los de nuestro relato hablan algo más porque viven en una comunidad muy pequeña y están en una situación muy particular. Pero lo hacen en el momento que corresponde. Justamente, a lo largo de la vida monacal hay algo que se vuelve evidente: las palabras inducen a error, por eso corresponde usarlas de manera mesurada. He aprendido mucho de ellos.

* Enviado Especial

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