21 de abril 2009 - 00:00

Es la gente, no el sistema

El Dr. Eugenio Zaffaroni afirmó que «el presidencialismo está agotado». En varias experiencias gubernamentales ello se ha comprobado. Desde la restauración de la democracia el país no ha sabido zafar de contratiempos que convalidarían la observación mencionada. Como remedio, el jurista propicia un régimen de tipo parlamentario que a su juicio mejoraría la calidad institucional de los gobiernos y, seguramente, el bienestar de los argentinos. Sin cuestionar la legitimidad del enfoque, la recomendación tal cual fue formulada no es solución, simplemente porque el problema no es el presidencialismo como jefatura político-administrativa en el sistema republicano, sino la precaria calidad y aptitud de los dirigentes que en numerosos casos, no en todos, cubren las vacantes. Esto cambia radicalmente la naturaleza de la cuestión. No es el sistema sino quiénes lo operan.
Aplicando el método de la reducción al absurdo, piense que reforma constitucional mediante, se adopta el régimen parlamentario que supone la elección de todos los miembros del Gobierno entre quienes resultaron elegidos para el Parlamento.
Es obvio que si el gabinete se integrara con los mismos personajes que han poblado frustradas administraciones, la cuestión de fondo no variaría. El cambio de técnica por sí sola no mejoraría las aptitudes, salvo que mediara un milagro.
El tema central, entonces, no es presidencialismo versus parlamentarismo sino qué métodos deben rescatarse para elegir la dirigencia que mejor administrará el país. Este olvidado recaudo es el que en definitiva interesa y cuya observancia asegura la vigencia plena de la sabia prescripción constitucional que establece la «idoneidad» como condición para ocupar funciones públicas.
Es así de sencillo. El hecho de que los mismos personajes tengan otra o una nueva legitimidad de origen, me parece que no ofrece garantía suficiente para asegurar lo que en definitiva es el objetivo central de la política, cual es la felicidad del pueblo.

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