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Es la gente, no el sistema
Aplicando el método de la reducción al absurdo, piense que reforma constitucional mediante, se adopta el régimen parlamentario que supone la elección de todos los miembros del Gobierno entre quienes resultaron elegidos para el Parlamento.
Es obvio que si el gabinete se integrara con los mismos personajes que han poblado frustradas administraciones, la cuestión de fondo no variaría. El cambio de técnica por sí sola no mejoraría las aptitudes, salvo que mediara un milagro.
El tema central, entonces, no es presidencialismo versus parlamentarismo sino qué métodos deben rescatarse para elegir la dirigencia que mejor administrará el país. Este olvidado recaudo es el que en definitiva interesa y cuya observancia asegura la vigencia plena de la sabia prescripción constitucional que establece la «idoneidad» como condición para ocupar funciones públicas.
Es así de sencillo. El hecho de que los mismos personajes tengan otra o una nueva legitimidad de origen, me parece que no ofrece garantía suficiente para asegurar lo que en definitiva es el objetivo central de la política, cual es la felicidad del pueblo.


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