2 de diciembre 2015 - 00:00

¿Es posible no recurrir al ajuste?

¿Es posible no recurrir al ajuste?
 Hay dos preguntas que me gustaría tratar de responder en este artículo y ninguna es cuánto va a valer el dólar o si se puede levantar el cepo el 10 de diciembre. La primera pregunta es: ¿Puede la Argentina resolver el problema del déficit fiscal y la inflación sin un ajuste? La respuesta es sí, pero como suele suceder, el diablo está en los detalles. Primer detalle es la cuestión de definiciones. Por resolver el problema fiscal e inflacionario voy a definir lograr un déficit primario menor al 1% con una inflación menor al 10% anual en 2019. Mientras que sin ajuste significa sin reducir el gasto primario en términos reales. El segundo detalle es el conjunto de condiciones iniciales y la evolución de ciertas variables macroeconómicas relevantes. Las condiciones iniciales que tomaré para 2016 son un gasto público primario de 38% del PBI, recaudación de 33% del PBI (déficit primario de 5% del PBI), stock de deuda en 40% del PBI a una tasa de interés real del 5% (pago de intereses en 2016 de 2% de PBI y un déficit financiero de 7%) y velocidad de circulación de la base monetaria de 10. La evolución de las variables que tomaré como un dato en este ejercicio son las siguientes: crecimiento del PBI real de 4%, gasto real constante (en niveles y no como porcentaje del PBI), recaudación creciendo al mismo ritmo que el PBI, velocidad de circulación de la base monetaria cayendo al 2% y un coeficiente de monetización del déficit financiero de 50% (o sea que el aumento anual en la base monetaria equivale a la mitad del déficit y el resto se financia con la emisión de deuda al 5% real).

Dados los valores anteriores y un poco de contabilidad obtenemos el aumento de la base monetaria durante 2016 será de 35% y la inflación rondará el 27% (la diferencia se explica por el crecimiento del producto y el aumento de la demanda de dinero). Para 2019 el ejercicio arroja una situación que cumple con las metas propuestas. El déficit primario se ubicaría en 0,8% del PBI, la inflación en 7,3% y la base monetaria creciendo al 13,9%. Sin embargo la reducción del financiamiento vía emisión y el incremento del endeudamiento llevan la deuda a 43,3% del producto lo cual implica una carga de los intereses de 2,2%. Un déficit financiero de casi 3% no es explosivo y de continuar en el mismo sendero puede eliminarse por completo en un par de años más. Igualmente si se cumple con este ejercicio seguramente el país accederá a mejores condiciones de financiamiento lo cual permitiría aflojar un poco el cinturón y permitir que el gasto que en 2019 se encontraría en 33,8% del PBI comience a crecer nuevamente aunque a un ritmo menor que el resto de las variables para converger gradualmente en el largo plazo a un nivel consistente con la capacidad tributaria de la economía.

La segunda pregunta que quiero analizar es: ¿Puede darse el escenario descripto? La respuesta nuevamente es afirmativa. Crecer al 4% no es imposible pero requiere de mucha inversión, para recuperar el capital consumido y posteriormente expandir la frontera de posibilidades de producción, además de incorporar trabajadores a actividades productivas en el sector privado. Por lo tanto debemos ser cuidadosos ya que cualquier desvío del escenario base puede cambiar drásticamente los resultados. Por ejemplo, si en lugar de crecer al 4% se crece al 3% y no se logra mantener el gasto público constante (supongamos que crece al 1% anual) entonces la simulación arroja para 2019 un déficit financiero de más de 5% del PBI y una inflación de 18%. Otro caso pesimista es uno idéntico al escenario base pero con un PBI estancado en 2016 el cual nos daría en 2019 (según nuestro ejerció) un déficit financiero de 4,4% del PBI y una inflación de 14%.

El Gobierno parece haber elegido el sendero del gradualismo (por lo menos en lo que al ajuste fiscal respecta) pero debemos ser consientes que ese sendero nos lleva por el borde de un precipicio. Espero que parte del equipo económico esté pensando en llevar un paracaídas por si algún viento fuerte nos empuja al vacío. Tener un plan B no viene nada mal.

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