3 de julio 2013 - 00:00

Ese oscuro objeto del deseo: el poder y el dinero (2a parte)

Federico Enrique Stolte
Federico Enrique Stolte
"¡Cuántas cosas, láminas, umbrales, atlas, copas, clavos, nos sirven como tácitos esclavos, ciegas y extrañamente sigilosas! Durarán más allá de nuestro olvido; no sabrán nunca que nos hemos ido".

Jorge Luis Borges, en su poema "Las cosas", da cuenta del íntimo vínculo de ciertos objetos con el sujeto y señala la inutilidad esencial de lo inexorable: la muerte carece de sentido para los objetos. Es el hombre, por encima de la naturaleza y el reino animal, el que trata de darle un sentido a la muerte y la sexualidad.

Retomo en este artículo la pregunta que subyace en el imaginario colectivo de por qué el desenfreno en la acumulación material, tanto sea de bienes como de poder; cuál es la operación psíquica que lleva a los individuos a ser rehenes de sus ambiciones y objetos que desean, al punto de ser atrapados por ellos y, por momentos, apenas un partenaire de aquello que lo domina.

El viejo avaro de la comedia griega Aulularia se encuentra con una olla llena de dinero. Esta es una de las posibilidades: que el objeto irrumpa, desborde, sorprenda al sujeto y provoque el cambio que lo lleva a convertirse en un avaro, un miserable, que desconfía de todos; un paranoico, para la modernidad. La fantasía es universal, todos pensamos en la suerte que tendríamos si un tesoro se nos presentara.

No hay datos empíricos, pero de los relatos cotidianos parecería que no les ha resultado tan fácil a aquellos que ganaron la lotería que, como decía Borges, siempre se empecina en hacer ganar a los demás.

Distinto es aquel que ambiciona un objeto determinado, dinero, poder, status, etc. y concentra a ese fin toda la energía pulsional en el intento. Parecería que el proceso fuese como una suerte de preparación o acompañamiento en cuanto a preservarlo del desborde pero, si de algo estamos ciertos, es que no hay garantías. Ah no, me dijo una vez un cirujano, garantía sólo le puede dar Héctor Pérez Pícaro, en alusión a la propaganda de la época.

El aparato psíquico tiende al equilibrio, a la homeostasis, a evitar el gasto innecesario de energía. Y el encuentro con el objeto deseado es impredecible. De eso se trata el trauma, de una irrupción que desborda lo previsible y frente a ello, nos defendemos como podemos, hacemos síntomas, sublimamos, negamos la realidad y, a veces, nos defendemos con la locura.

Un caso, sino el más famoso y fascinante de la psiquiatría, el del Dr. Daniel Paul Schreber, joven y brillante abogado que fue nombrado presidente de la Corte de Apelaciones en Dresde, Alemania, en 1893. Nunca una persona tan joven había llegado a semejante cargo, al que sólo accedían personas mayores de fama y prestigio reconocidos. A partir de su nombramiento comienza un cuadro progresivo de alucinaciones y delirio erotómano -creerse hijo de Dios-, luego diagnosticado por Freud como demencia paranoide. Lacan y Deleuze, entre otros, se ocuparon de él. Así como no hay certezas a futuro, tampoco podemos hacer hipótesis sobre qué hubiese ocurrido con aquel joven talentoso si no hubiese sido nombrado en un cargo tan importante, pero, el haber desencadenado con el nombramiento, indica que su aparato psíquico no lo soportó.

El inconsciente es atemporal. Los tiempos del aparato psíquico son lógicos, no cronológicos. Si bien podemos decir que, el primer objeto de amor para el bebé es su madre, en la fase oral y, luego, a ésta, le suceden las fases anal y fálica, para la psiquis y el inconsciente, estas fases se resignifican de manera constante en la vida humana. Un buen deportista devenido en obeso tiene una fijación en la etapa oral; un avaro miserable queda fijo en la etapa retentiva y el que quiere tener el barco más largo del puerto, queda atrapado en la lógica fálica. Todos eligieron distintos objetos de goce. Libre será aquel que logre evitar ser cautivado por el objeto.

(*) Abogado, Psicólogo Social

(Esc. Pichon Rivière) y licenciado en Psicología UBA. En la actualidad, trabaja como defensor oficial en la Ciudad de Buenos Aires.

Dejá tu comentario