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España despertó a Wall St. de su luna de Valencia
José Siaba Serrate Economista
Todos los años, invariablemente desde 2010, Europa nos regala un momento memorable. Generosa, a veces son dos. Estos acontecimientos son los mojones que marcan el «crescendo» de la crisis. ¿Quién no recuerda la zozobra del salvataje inaugural a Grecia? Trivial si se lo compara con el desafío actual de remolcar a España e Italia, desató, sin embargo, una tempestad como no se vio todavía en 2012. La voluntad alemana de que Grecia reestructurara su deuda en manos privadas empujó el año pasado a Italia y España (en ese orden) de lleno al corazón de la crisis, y los precipitó junto a la banca europea, a una asfixia financiera que el BCE debió descomprimir con el recurso billonario de los pases a tres años. Grecia, cuándo no, protagonizó este año la vigilia de dos tensas elecciones. Nadie allí quería abandonar el euro, pero eso era lo que estaba en juego si se votaba el repudio a los acuerdos de rescate firmados con Europa. Ganó, por fortuna (si cabe la expresión), un partido pro rescate. El que, haciendo honor a su orientación, precisa ya un tercer salvataje. O sea que Grecia se salvó en las urnas, pero lo mismo puede ser linchada; esta vez, por quedarse sin recursos.
¿Habremos visto lo peor? No. Más allá de sus intenciones, la estrategia europea de contención de crisis, la exacerba. No puede decirse que Grecia, o la eurozona, no se ajusten ni se reformen. Pese a los incumplimientos repetidos, el país heleno recortó su déficit primario en 8 puntos del PBI (y el déficit fiscal estructural en no menos de 12 puntos del PBI potencial desde 2009). Los costos laborales unitarios, el meollo de su falta de competitividad, se redujeron más del 10%. El ajuste avanza, pero la pérdida de financiamiento es mucho más veloz. Esa brecha tritura la reputación, y se realimenta a sí misma. Para peor, la credibilidad de Europa sufre en demasía a boca de ganso. Dice el ministro alemán de economía, Philipp Roesler: «La expulsión de Grecia, para mí, hace tiempo que ha perdido su espanto». Roesler es además un político de la coalición de gobierno, el líder del FDP. ¿Qué hay que entender de sus palabras? ¿Que la crisis europea tendrá vía libre mientras el estómago alemán la resista? ¿No es, acaso, lo que ocurre? Sí. Hasta el momento la crisis fue un shock asimétrico -Berlín paga tasas negativas mientras España se funde-, pero existe un límite. Nadie tiene más para perder que Berlín si la eurozona se hace añicos. La agencia Moodys, que piensa distinto de Roesler, ya le avisó a Alemania (y a Holanda y Luxemburgo) que su calificación AAA corre peligro. En buena medida, por el desenlace que se rumorea en Atenas.
¿Tiene Alemania todo bajo control? ¿Qué diría Roesler si Italia pega el portazo? Una semana antes de la última cumbre de Bruselas, el expremier Silvio Berlusconi jugueteó con la idea. Sostuvo que pensar en la salida del euro no era una «blasfemia». A su juicio, añadió, no veía por qué podía ser perjudicial para el país. En la cumbre, el primer ministro actual, Mario Monti, presionó con su renuncia para encontrar satisfacción a sus pedidos. No sirvió. Lo que obtuvo, y a regañadientes, no está operativo para frenar la erosión de la crisis. Monti, quizás el más pensante de todos los líderes europeos, se irá del Gobierno el año próximo. Jugará fuerte de nuevo sencillamente porque no tiene nada que perder si recibe un no como respuesta. Italia tiene ya un superávit fiscal primario, cuentas externas cercanas al equilibrio, empresas que ansían una devaluación, una sólida posición patrimonial de sus hogares, y, sobre todo, la opinión pública más sesgada a dejar atrás la moneda común si la promesa del euro se reduce a un horizonte de crecientes privaciones. Roesler se equivoca fiero: ¿A quién le estaba hablando Berlusconi? Il Commendatore es un empresario, no un revolucionario de la izquierda radicalizada. Habrá olfateado que la crisis abre un nuevo mercado electoral. Si invierte allí, y corre los riesgos de ser un pionero, es porque lo juzga políticamente rentable.
Así las cosas, Alemania perderá la batuta de la región si no labra pronto un nuevo equilibrio político consensuado (o aplaca la intensidad de la vorágine). Si Grecia es el espejo donde los desdichados deben mirarse, el momento de tensar la cuerda para España o Italia es ahora que todavía pueden espantar a Berlín.
Volviendo a Wall Street y su flamante incomodidad: lo que las acciones minimizaron hasta el viernes último, los bonos del Tesoro lo advirtieron a millas de distancia. ¿Cómo explicar la caída de las tasas largas a pisos nunca antes registrados y el tenor desafiante de las cotizaciones de la Bolsa? Los problemas de Europa son de un calibre sin antecedentes. El resbalón de las acciones, apenas un ligero desliz sin ribetes de pánico. Nada al lado de lo que se vivió en los picos de estrés de 2010 y 2011. El incendio de Europa puede chamuscar al mundo, no sólo a Wall Street. ¿O, precisamente por eso mismo, no sucederá? ¿Quién tendrá razón, a la postre, los bonos o la Bolsa? Si los bancos centrales no permanecen ajenos a un agravamiento de la crisis, primero acertarán los bonos, después -cuando la intervención muestre las uñas y, si se complica, entonces recién cuando afiance sus resultados- le tocará a la Bolsa.


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