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España se desangra, Italia se contagia; media Europa arde
España se desangra. Arrastra a Italia. Arde la deuda de media Europa. Sus economías se cocinan en las brasas de la doble recesión. Empero, la otra mitad se beneficia del mal llamado vuelo a la calidad. Alemania, Holanda y hasta Bélgica y Francia pueden colocar sus papeles a tasa cero (o, esta semana, negativa). Como si cobrasen por los servicios de caja de seguridad. ¿Es tanto mejor la calidad de su madera? ¿O sólo su reputación? ¿Resistirían una corrida Bélgica o Francia si de repente el humor se volviera en su contra? ¿O, simplemente, se presume que no se les vedaría el acceso al BCE? Nadie tiene más para perder si Europa zozobra y, sin embargo, Alemania fue la que bloqueó el camino a una solución incruenta para la crisis cuando rechazó, a principios de junio, la recapitalización directa de la banca de España. ¿No querrá Berlín jugar a fondo? ¿De qué sirve esculpir la cintura de España e Italia si se le va a permitir la obesidad a Francia? Para salvar la moneda común, la Europa de Merkel va a exigir un talle fiscal único.
Se comenta que Mariano Rajoy no tiene plan B. Error. Su plan A fracasó cuando tuvo que solicitar el rescate bancario, el plan B era la recapitalización directa que Alemania bochó. El plan C -el rescate bancario Berlín-compatible- desnudó su ineficacia no bien se anunció. En la cumbre de fines de junio, España e Italia volvieron a la carga y, a punta de pistola, arrancaron la venia al plan B. La recapitalización directa quedó bendecida en la declaración oficial, pero no está activada. Y no sucederá (si es que se logra) antes de 2013. ¿Con qué espada, mientras tanto, se defiende España? Llamémoslo el plan C plus. Es decir, el rescate bancario original (con los costos a su cuenta) más el añadido del recorte presupuestario de los 65 mil millones de euros. Es un sable de hojalata. Ya nadie cree en la medicina de la austeridad. Con la protesta en las calles, la corrida contra la deuda, lejos de calmarse, más se enerva. ¿Habrá un plan D? El Bundesbank le aconsejó a Madrid rendirse, y pedir el rescate convencional para su tesorería. Rajoy se niega. Copiarles los pasos a Grecia, Irlanda y Portugal no es garantía de salvación, sí de pérdida de acceso a los mercados de capitales. ¿Europa tendrá espaldas para ocuparse de España y, al poco tiempo, atender también a Italia? Si el plan D es atarse de pies y manos, Rajoy preferirá mantener las manos libres. Así discó el celular de Mario Monti y pactó una reunión con su par italiano para el 2 de agosto. El mensaje: si en diez días no cesa la tormenta, los peninsulares volverán a patear el tablero. Si Europa no mueve un dedo no hay mucho más que España o Italia puedan resolver por su cuenta.
El plan D de Rajoy es que Alemania le permita usar la carta comodín. Que el BCE salga al ruedo. Y la intención no se oculta. Se la propaga a los cuatro vientos. ¿Cómo se frena una corrida cuando no opera la persuasión de la credibilidad? Con un prestamista de última instancia. Rajoy quiere que el BCE cumpla su rol (lo quiere desde el momento mismo que asumió, pero ahora, además, lo necesita sí o sí). La tinta fresca del memorando recién suscripto por el rescate bancario admite una hendija: España podría utilizar una parte de los fondos para comprar deuda pública. Pero los tiempos son urgentes y sólo el BCE puede actuar tan de prisa. ¿Hace bien Rajoy en convocarlo por altavoces? El BCE presume de su independencia de los políticos. Que el ministro de Relaciones Exteriores lo tilde de banco central clandestino es una torpeza. Mejor le irá a España si suma otras voces de peso que clamen a su favor. Como el FMI, que se pronunció por el QE3.
La premier Merkel ha dicho, días atrás, que no posee la certeza de que el euro tendrá éxito. Y vaya que se nota. A mitad del río, lo peor es la fatiga. La impericia se puede corregir, pero, ¿el hartazgo que cunde entre los europeos del norte? Las soluciones técnicas están a mano. No son fáciles de implementar en una unión monetaria carente de unión política, pero son conocidas y se las puede juzgar por sus méritos. Se dijo siempre que era mejor vadear el río -como hicieron los demás- que intentar cruzarlo y descubrirse luego falto de energías. En un mundo desarrollado plagado de deudas, nadie puede mostrar más progreso fiscal que la eurozona. Y, sin embargo, a este ritmo el proyecto europeo navega rumbo al abismo. Será un desastre del que no escaparán tampoco las cuentas públicas.
Que España se canse de remar -por falta de resultados- no debe extrañar. Es la fatiga de Berlín, exhausta de ideas pero atada al timón, lo que debería preocupar. ¿Atenderá las razones de a quienes tapa el agua? ¿No? Asistiremos, entonces, como en Bruselas, a otro motín y a un peligroso forcejeo sobre cubierta. ¿Cómo convivir con el disenso en plena tormenta y con las rocas a estribor?

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