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Esta vez, el Pentágono elige medir las consecuencias
Rebeldes libios celebran después de haber recuperado la ciudad de Brega, que había sido tomada por unas horas por fuerzas del régimen.
Cuando Ronald Reagan mandaba en la Casa Blanca, Estados Unidos no era tan comedido a la hora de emprender acciones militares contra Libia. Justo diez días después de que tres personas murieran por el estallido de una bomba en la discoteca berlinesa «La Belle», visitada habitualmente por soldados estadounidenses, los cazas norteamericanos atacaron Trípoli y Bengasi, en una operación que dejó unos 100 muertos. EE.UU. quería que Muamar Gadafi supiera que las actividades terroristas eran castigadas.
Pero los tiempos cambiaron. En esta ocasión Washington está siendo mucho más cauteloso a la hora de actuar contra el denominado «Estado canalla». Ello, pese a que los llamamientos de la oposición libia pidiendo apoyo son cada vez mayores. También la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, afirmó que todas las opciones están sobre la mesa, inclusive una «zona de exclusión aérea».
Sin embargo, los militares son mucho más reticentes a abrir un tercer frente en una nación islámica tras las guerras en Irak y Afganistán. Aunque las Fuerzas Armadas ya empezaron a desplazar tropas y a enviar barcos de guerra al Mediterráneo, además de movilizar un submarino de combate a la región, se afirma que se trata más bien de una amenaza y una demostración de fuerza que de los preparativos para una intervención real.
El cálculo de los estrategas estadounidenses es intimidar de tal modo a los seguidores de Gadafi que hasta sus más estrechos colaboradores se replanteen seriamente si quieren seguir del lado del dictador.
Pero en lo que concierne a una verdadera implicación del Ejército, la situación cambia. Aun cuando Gates asegura que existe «toda una serie de opciones y planes de emergencia», enseguida se apresta a señalar que las consecuencias «tienen que ser ponderadas muy cuidadosamente». Eso suena más a calmar los ánimos que a espíritu de combate.
Con igual preocupación se manifiesta el jefe del Estado Mayor, Mike Mullen, para quien la imposición de una zona de exclusión aérea es una operación «extraordinariamente compleja».
Sin embargo, los contrarios al régimen en Trípoli consideran que una «No Fly Zone» les daría aire, ya que impediría a los pilotos leales a Gadafi sobrevolar los «territorios liberados». Tampoco podrían trasladar al país a los mercenarios del África subsahariana.
Sin embargo, para los militares en el Pentágono la cosa está clara. Decretar una zona de prohibición de vuelo significaría que habría que desactivar a la fuerza aérea libia. Además, hacer cumplir esa prohibición podría suponer, entre otros, la intervención «de cientos de aviones de combate», así como «bombardeos coordinados», cita The Washington Post a un ex general de la Fuerza Aérea. Y a la vez, a modo de advertencia se apunta que la defensa aérea libia es mucho más moderna que el sistema de defensa de Irak.
«No deberíamos hacernos ilusiones» con la medida de una zona de prohibición de vuelo, advierte por ello el general James Mattis, del comando central. «No es tan simple como decir a la gente que no vuele».
Y por último, pero no menos importante, los militares estadounidenses indican que si se llega a la intervención, ésta tendría que contar con la aprobación y la participación de otros países. Y por ahora, sobre todo Francia se muestra en contra.
Además, fuera de micrófono, funcionarios comentan otro aspecto que les preocupa: una intervención de Estados Unidos podría poner en entredicho el movimiento de insurgencia libio. La propaganda de Gadafi enseguida los denunciaría de «lacayos estadounidenses» y afirmaría que Washington, como superpotencia, tan sólo quiere el petróleo del país.
Agencia DPA


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