21 de diciembre 2015 - 00:15

Estado Islámico, la amenaza que desvela a occidente

Los desafíos que enfrentan los Gobiernos son mucho más complejos hoy que hace 365 días como consecuencia de la internacionalización de los ataques del grupo yihadista.

Estado Islámico, la amenaza que desvela a occidente
Occidente finalizó 2015 de la misma forma en que lo había iniciado: conmovido por un atentado terrorista con el sello del Estado Islámico (EI).

El rostro del terrorismo global pasó de lobos solitarios como los de los ataques contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo (12 muertos) y un supermercado kósher (4 muertos) en Francia en enero pasado a los atentados casi simultáneos y preparados minuciosamente de noviembre en París (129 muertos).

En medio, el EI mostró al mundo un aumento gradual de su poder de combate. En junio, se atribuyó un ataque armado en un hotel en Túnez en el que murieron 38 turistas, cuatro meses después un kamikaze se inmoló en Ankara, Turquía, provocando 102 víctimas mortales y también en octubre la célula egipcia del grupo derribó un avión ruso, con un explosivo escondido en el vuelo, causando 224 muertes en el Sinaí.

La internacionalización es, coinciden los expertos, un paso lógico para un grupo que había asentado su poder local con su "califato" establecido en Siria e Irak, donde controla vastas regiones de cada país y la zona fronteriza entre ambos y es dueño de pozos petroleros que le permiten financiar su existencia (3.000 millones de dólares anuales en contrabando de crudo).

Golpeado pero aún no debilitado lo suficiente por los bombardeos de la coalición que lidera Estados Unidos -a los que Francia y Reino Unido se unieron activamente a fines de 2015- ni por los más recientes ataques de la artillería rusa, el EI contrarrestó sus bajas en Medio Oriente con demostraciones de fuerza en Occidente o en otros países de su vecindad.

Para eso echó mano de su mayor riqueza, un frondoso ejército de combatientes provenientes de todo el mundo, deseosos de sumarse a la yihad. Según estimaciones, las filas yihadistas cuentan con 30.000 milicianos extranjeros, de los cuales más de un millar son franceses, casi la misma cifra alemanes y belgas e, incluso, hay unos 250 estadounidenses. Cada mes, un número indeterminado de estos terroristas regresa a sus países de origen.

El flujo de occidentales que viaja a Siria para adiestrarse como soldados del EI fue, es y seguirá siendo en el corto plazo uno de los mayores problemas que los gobiernos occidentales afrontan y que, a todas luces, desbarató el esquema tradicional de seguimiento de perfiles de terroristas. Se trata ahora de ciudadanos propios a los que no se les pueden negar sus derechos soberanos, entre ellos el de movilidad.

La discusión sobre cómo controlar el egreso e ingreso de jóvenes radicalizados ha centrado desde hace meses el debate sobre la lucha antiterrorista en Europa y ha tenido su conato en Estados Unidos, que exigió un registro de datos de pasajeros mundial.

"Ficharlos" por los servicios secretos demostró ser una estrategia no exitosa. También falló el intercambio de información entre esos organismos. Y, en el caso de la Unión Europea, limitar la libre circulación de sus ciudadanos dentro de sus fronteras sería destruir uno de sus pilares fundacionales.

La pregunta resuena en los despachos presidenciales: ¿qué hacer, entonces, para controlar a esos jóvenes? Y más complejo aún, ¿cómo recuperarlos al espíritu europeo cuando el Estado de bienestar que llevó a sus padres a Occidente colapsó y los defraudó?

A la internacionalización de sus filas y de su estrategia bélica, el Estado Islámico sumó otro desafío enorme para los gobiernos occidentales: el traspaso de los objetivos de los atentados de militares o edificios simbólicos de los poderes occidentales (como los atentados de Al Qaeda a las Torres Gemelas y el Pentágono en septiembre de 2001) a civiles y lugares vinculados a los modos de vida de las sociedades que los milicianos aborrecen, tal fue el caso de los atentados en París.

Ese giro en el combate yihadista contra el mundo occidental transforma en imprevisibles los ataques, reduciendo la capacidad de acción preventiva de los cuerpos de seguridad. Una ciudad no puede vivir "amurallada" y en un permanente estado de excepción y, en caso de hacerlo, no todas las sociedades están dispuestas a pagar el costo de las limitaciones de sus libertades individuales.

La guerra que emprendió el Estado Islámico contra Occidente es también una guerra propagandística y en ese terreno el grupo terrorista lleva varias batallas ganadas. El reclutamiento a través de redes sociales y los sistemas de mensajería, los montajes cinematográficos en los videos de las ejecuciones de sus prisiones y cada atentado exitoso que alienta la islamofobia en los países occidentales son herramientas poderosas para despertar el interés de los jóvenes que buscan un futuro lleno de recompensas, algo que el EI ofrece con su califato.

Además, sorprendió a las oficinas de espionaje que, pese a haber montado vastos mecanismos de vigilancia mundial como el de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense divulgado por Edward Snowden, fracasaron en la detección del adoctrinamiento yihadista 2.0.

La perplejidad ante el fenómeno terrorista que representa el Estado Islámico ha marcado la estrategia de los gobiernos occidentales, acostumbrados a superar este tipo de crisis con intervencionismos militares hoy rechazados por Estados Unidos, su máximo instigador en episodios anteriores. Pero el desafío del yihadismo implica ahora una multilateralidad de factores que convierten en obsoleta cualquier respuesta dada en el pasado.

Hoy la amenaza es plural, es nómada y tiene el rostro de un conciudadano. Y encuentra a las naciones blanco de los milicianos atónitas, inmersas en crisis locales (como la de los refugiados en Europa). El estupor deberá abrir paso a políticas de seguridad efectivas a corto plazo, algo que por el momento se ha demorado y que ha dado otra bocanada de oxígeno al EI.