5 de junio 2009 - 00:00

Estampa de un guerrero colérico en Buenos Aires

David Carradine (der.), junto con Brandon Lee, en uno de los ensayos del gran éxito televisivo «Kung Fu», que se extendió varias temporadas y tuvo versiones cinematográficas
David Carradine (der.), junto con Brandon Lee, en uno de los ensayos del gran éxito televisivo «Kung Fu», que se extendió varias temporadas y tuvo versiones cinematográficas
En 1984, el experto en films clase B Roger Corman se asoció con la empresa argentina Aries para coproducir un puñado de films de bajo costo de corte fantástico. El más rescatable de estos extraños productos probablemente haya sido un remake de «Yojimbo» de Akira Kurosawa protagonizado por un verdadero astro hollywoodense, David Carradine.

La película, llamada «The Warrior and the Sorceress» («El guerrero y la hechicera») debía filmarse en los estudios Baires de Don Torcuato y en el Valle de la Luna en San Juan, aunque esta última locación finalmente quedó severamente limitada a poco más de una breve caminata del actor de grandes directores como Martin Scorsese («Pasajeros profesionales») e Ingmar Bergman («El huevo de la serpiente»). La mala fama precedía a Carradine. Por ejemplo, Bergman había tenido que pagar una fianza para sacarlo de la cárcel antes del rodaje de su film, ya que el hijo mayor de John Carradine había cometido todo tipo de destrozos bajo la influencia del alcohol.

Carradine había bajado su salario habitual en deferencia a los estrechos límites de Corman, que por otro lado le había dado una mano en su dilatada opera prima como director, «Americana», pero quizá ni bien llego a la Argentina no se encontró a gusto con las instalaciones en los estudios Baires, y con el hecho de que el rodaje en el Valle de la Luna prácticamente se había descartado.

Pero el incidente que despertó su furia fue un accidente de equitacion del que fue víctima su esposa de entonces, Linda Gilbert, invitada a saltar una valla por el dueño del estudio. Ella no se hizo nada en la caída pero el actor, al conocer el hecho, tuvo un ataque de ira y le asestó un terrible puñetazo a la pared de su camarín. Asi fue como el director John Broderick se encontró, justo antes del rodaje, con que su protagonista absoluto tenia una mano rota con quince fracturas diferentes.

Pero el show debía seguir y, a partir de ese momento, el símbolo de poder del personaje de Carradine, Kane, era un enorme puño negro coronado en terribles púas, un ardid para poder hacer jugar el enorme yeso que le cubría la mano. Superado este incidente, Carradine no se portó tan mal el resto de las varias semanas que pasó filmando en nuestro país. Se hospedó en dos lugares, el ya mencionado estudio Baires en Don Torcuato y las instalaciones hoteleras del Hindú Club.

Allí a veces era esperado por karatecas criollos ansiosos de medir sus fuerzas con un autentico superastro de las artes marciales, pero salvo algun amague de lucha, Carradine nunca respondió estas provocaciones gratuitas. Entendiendo que es bastante comun que los técnicos de cine no sean precisamente cinéfilos, y suponiendo que estaría harto de su alter ego de la serie Kung Fu, Carradine no solía mantener conversaciones sobre su carrera, excepto que se le mencionaran films claves, por ejemplo el muy original film de culto de Larry Cohen «Q, The Winged Serpent», sobre un policía que debe enfrentar una mítica serpiente emplumada según la tradición azteca, anidada en el edificio Chrysler.

Carradine amaba su personaje en el film pero se lamentaba de las restricciones presupuestarias que habían obligado a dejar de lado varias escenas con el monstruo que, según él, hubieran llevado al film a la categoría de clásico en el género. También lucía un poco perturbado cuando mencionaba las cualidades como director de actores de Bergman, que al parecer había logrado que Carradine explore como nunca su profundo lado oscuro.

Y, sobre todo, se apasionaba cuando se le mencionaba -aun en terminos elogiosos- la carrera de su padre, John Carradine. Estaba asombrado de que alguien en la Argentina pudiera recordar sus actuaciones en films de John Ford como «La diligencia», ya que consideraba a su padre un actor formidable injustamente subestimado a pesar de los grandes trabajos que hizo en cine, pero sobre todo en su condicion de actor shakespeariano.

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