7 de mayo 2010 - 00:00

Ética vs. obediencia en atrapante historia real

«Desobediencia debida» (Argentina, 2010, habl. en español e inglés). Guión y dir.: V. Reale. Documental.

Un iceberg es atractivo, evidente, parece que todos pueden recorrerlo fácilmente con la vista. Pero lo que vemos es apenas la punta del iceberg. Lo mismo pasa con la historia que nos cuenta Victoria Reale. Los hechos son evidentes y sencillos. ¿Pero qué hay en la parte que los testimoniantes ocultan a la vista? Cualquiera cree tener la respuesta, pero es difícil confirmarla. Quizá sea directamente imposible, y, a esta altura, quizá también sea un tanto inútil. Pero la atracción sigue, tanto como la necesidad de saber, aunque nunca nos animemos siquiera a preguntar.

Victoria Reale, ayudante de «Pacto de silencio» (sobre el encubrimiento de nazis en Bariloche) y directora de «Rodeo Colorado» (un festejo patrio en la escuelita de un pueblo de montaña olvidado por todos, incluso por las autoridades) se planta ahora ante dos hombres. Uno, el oficial retirado Jeff Glover, hoy piloto civil, ya gordito y canoso, a quien conocemos jugando al golf en su pueblo de Stamford, rodeado de verde y lindas casitas. Otro, el mayor retirado Luis Reale, médico militar, de expresión amarga, a quien vemos visitando los viejos cuarteles de Curuzú Cuatiá, desde donde partió con la orden de instalar un cuerpo de sanidad en las Malvinas. Pero los elementos de sanidad no partieron. Todo aquello fue improvisación, recuerda.

Un día, Glover desobedeció la orden de lanzar sus bombas racimo sobre Puerto Yapeyú, también llamado Port Howard, para no lastimar civiles. Luego su avión recibió unos buenos tiros, y lo capturaron a orillas del mar. Fue el único prisionero inglés en toda la guerra. El doctor Reale lo atendió, y a su vez desobedeció otra orden: «apretarlo» para que soltara informaciones. Cada uno de ellos prefirió cumplir con su deber de conciencia como ser humano. Hoy refieren su decisión como algo normal, tan normal que lleva a pensar que muchos otros también tuvieron oportunidad de hacer algo parecido (pero no lo hicieron). Así lo piensa, y dice, la propia autora. Ojalá las cosas fueran tan fáciles. Lo cierto, es que ese día fueron posibles.

Son vidas paralelas. Glover pasó por distintas unidades, incluyendo la de Chamical, donde justo por esos días mataron a dos sacerdotes, según después se supo, y volvió a casa, recibido como un héroe aunque no disparó un tiro ni lo trataron mal como prisionero (igual se queja de otro médico que lo enyesó sin necesidad). Tocante, una anécdota suya, cuando vio a los colimbas internados con «pie de trinchera», mirando dibujitos animados en la tele. Los soldados ingleses sólo veían películas de violencia. «Era una guerra de hombres contra chicos», reflexiona.

Por su parte, Reale evoca el gran cariño del pueblo de Comodoro hacia sus soldados, y el maltrato de los jerarcas que dispusieron una suerte de arresto y posterior ninguneo a los subordinados que ellos mismos habían hecho pasar necesidades y sacar coraje de la nada. Hastiado, pidió la baja. No fue el único. Ahora no tiene ganas de recordar demasiado.

Con franqueza, la autora menciona su infancia en el barrio militar de Curuzú. De ciertas cosas, se enteró recién varios años después. De lo que ahora pudo investigar, centra como principal responsable de los problemas de la unidad correntina durante la guerra, de esa orden de apriete a un prisionero de guerra, y también de varias desapariciones de civiles en Corrientes, al general Omar Parada, que hoy pasa su vejez tranquilamente, en una linda casona de Capital, y no quiso responder a la entrevista. Esa es la parte más inaccesible del iceberg. (Se estrena mañana, sólo en el C.C. Recoleta).

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