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Europa, del liderazgo a una patética endeblez
José Siaba Serrate
No fue así ni lo será. La crisis, «responsabilidad de los EE.UU.», no alumbró la opción de un liderazgo europeo sino que, más bien, fisuró su principal proyecto político -el proceso de integración- y reveló, una vez más, la patética endeblez de su conducción. Estados Unidos, el pecador original, resistió los embates y no fue desalojado del púlpito.
No es Europa sino Asia donde se depositan las expectativas de un resurgir vigoroso. El papel de Europa, por el contrario, se reduce hoy a mantener viva la amenaza del «double dip», a corporizar la posibilidad de una recaída. Si el mundo no se paraliza -o si las Bolsas no dudan en explorar nuevas alturas- es porque, a la par, el Viejo Continente perdió relevancia y sus tribulaciones, siendo graves para sí, no son consideradas decisivas fuera de sus fronteras.
¿Cuál es la exacta dimensión del problema? No es Grecia la que da su verdadera talla. Es Alemania, que lleva la fusta bajo el brazo. Después de todo, no es el siglo de Pericles: nunca existió un liderazgo griego de la Unión Europea. En la zona del euro, en concreto, Alemania y Francia definen la agenda dura. Sin oposición. Ambos resolvieron disciplinar a Grecia con la amenaza de un castigo ejemplar en los mercados de deuda y ambos sabían que la advertencia derramaría hacia la periferia (España, Portugal e Irlanda).
Muralla
Tampoco podían ignorar que el ultimátum levantaría una muralla para el uso expansivo de la política fiscal en la región, una vez que caduquen las iniciativas vigentes. Obligar a la periferia de la eurozona a tomar un baño forzoso de austeridad -como si las aguas de Maastricht tuvieran las virtudes purificadoras del río Jordán- es hundirla en la recesión. En las actuales circunstancias, una decisión temeraria aunque se rescate a Grecia. Debilitar la actividad económica europea carece de sentido. Sacrificar la utilización de la política fiscal es atarse un brazo sin ganancia alguna en la brega. Ventilar los bemoles de la deuda pública supone mentar la soga en casa del ahorcado (y si algo sobra son metros de cuerda). Si Europa se estanca, no habrá ajuste fiscal satisfactorio. El escozor de la deuda, se queja Grecia de su trampa sudamericana, se llevará en intereses más altos toda la mejoría que promete el resultado primario. Ni Alemania ni Francia desconocen que el precio a pagar por recuperar de inmediato el espíritu frugal de Maastricht -el curiosamente llamado Pacto de Estabilidad y Crecimiento- es emular peligrosamente las equivocaciones de Japón.
Un error de cálculo bastará para sofocar el magro crecimiento y trocar la estabilidad en deflación lisa y llana. Pero -como lo evidencia el cortocircuito entre Berlín y París sobre la dinámica de las cuentas de su comercio exterior- tampoco habría pacto. A no confundirse: es la idea misma de un futuro compartido -la integración, tal como está construida- la que chirria y enciende chispazos.
La integración, ¿avanzó muy rápido y llegó demasiado lejos? Sí. La Unión Europea es un mosaico de 27 países de muy heterogénea configuración. Pero los cuestionamientos van más allá. Lo que se discute es el área de la moneda común -conformada por las 16 naciones que adoptaron el euro tras ceder, todas ellas, su soberanía monetaria-. Y el objetor no es cualquiera: es el Gobierno alemán. Que se sepa, Francia no acompaña.
La idea de esculpir la eurozona y decantar un núcleo virtuoso no es extraña en los círculos conservadores. La novedad es que la propia Angela Merkel la bocete como posibilidad. Es una tesis que rompe lanzas con la retórica de años de la unión monetaria como proceso irrevocable. Es un giro cuando arrecia la tormenta: el capitán sugiere que en la nave del euro podría no haber lugar para todos. Humanitario, avisa: hay balsas para abandonarlo y, si se quiere, permanecer en la Unión Europea. ¿Es una decisión tomada? No. ¿Un exabrupto, acaso? Tampoco. Es una idea todavía a medio masticar pero pertinente.
Déficit
Si extender la eurozona fue un error, demanda corregirlo. Que no exista un mecanismo de salida que procese los casos fallidos es un déficit que Merkel reconoce, en forma unilateral, con tanto acierto como imprudencia. No se solucionará sin reformar el Tratado de Lisboa. Son, pues, otros tiempos; no los de una crisis galopante.
En definitiva, Alemania no está conforme pero tampoco parece saber lo que quiere ni cómo lograrlo. Sacude el bote (como si no fuese en él, como si la suerte del deudor no arrastrara al acreedor), se regodea en enfatizar las muchas contradicciones de Europa (a las que tampoco es ajena), pero ignora cómo zanjarlas, y los remedios que imagina -como el Fondo Monetario Europeo o la expulsión de la eurozona- no están disponibles para ser aplicados. ¿Para qué mece la cuna con tanto frenesí, si cuando el bebé llora no sabe tratarlo? Por fortuna, el FMI, como se pensó siempre, podrá hacerse cargo de Grecia.
Europa aloja en su seno el tumor de la crisis de la deuda pública y una profunda duda existencial. Ambos males, proclives a la metástasis. Para enfrentarlos se precisa liderazgo político. Si se carece de visión, de consenso y de energía, lo mejor es no hacer gala de un súbito afán de innovación.
Si Berlín no encuentra la brújula antes que estrelle la nave, convendrá oír a los países más pequeños, que son los que la crisis muerde en los talones y conservan vivo el instinto básico de supervivencia. Después de todo, si Merkel tiene razón y hay que forzar un trasbordo del euro, la única manera de hacerlo, y que no acabe en catástrofe, es que sea Alemania la que se vaya; la que recupere su moneda y le permita al euro reducido el respiro de una devaluación que le afloje las ataduras.

