3 de agosto 2012 - 00:00

Europa es así; faltará sangre, sudor y lágrimas

Guste o no, Europa es así. Que nadie se extrañe. Llevará años superar la crisis, sentenció Angela Merkel, canciller alemana, dueña del circo, madre de la criatura y, sobre todo, enemiga de las soluciones rápidas. Lo dijo hace tiempo, y la frase, ayer, reflotó su permanente actualidad. La crisis europea es única. Tanto que la corrida contra la deuda soberana no se contagia fronteras afuera. Y no existe porque Grecia haya falsificado sus números o por los traspiés inmobiliarios de Irlanda y España, o porque la eurozona deba más que el resto. Lo que la mantiene viva es la convicción de Berlín de que una crisis tenaz es el aguijón para que Europa se reforme a su imagen y semejanza. ¿Revoloteaba ayer la esperanza de que el BCE habilitase un atajo para escabullirse de la opresión de los mercados? Duró lo que un suspiro. Nadie expresó mejor la frustración que Alfonso de Rubalcaba, el líder de la oposición española. Fue «una patada en el culo de España e Italia». ¿Y cuál ha sido el puntapié? Una definición clave del banco central: que quien necesite ayuda, sí o sí, primero tendrá que solicitar un rescate. Recién después de llenar el formulario (que incluirá la más estricta condicionalidad) habría espacio para que el BCE, eventualmente, colabore en la estabilización de los mercados de deuda y se ocupe de recortar las primas de riesgo asociadas a las dudas sobre la «irreversibilidad del euro». Debería entender el socialista cántabro que no es nada personal. Francia bien podría ser el próximo en la lista.

No hay banco central como el BCE. Se esperaba todo y, de contado, no entregó nada. Ni siquiera produjo una mísera poda de la tasa de interés (todavía en el 0,75%, un nivel que la Fed abandonó ya en 2008). Aunque, eso sí, la «telegrafió» para septiembre. ¿Decepcionó Draghi? Los mercados se cayeron a plomo. ¿Qué pasó con el ardor de sus promesas? ¿Faltó a su palabra? De ninguna manera. ¿No dijo acaso que haría todo lo necesario para salvar al euro? Sí, pero nunca dijo cuándo. Y de hecho no se retractó. Sus promesas continúan vigentes. ¿Se exageró, pues, con su alcance? Siempre es temerario comprarle a Europa sus dichos a cajón cerrado. Hacerlo a precios de euforia nunca fue un buen negocio. Pero que la desilusión no nos confunda: la reunión del BCE no fue una más. Los temas que abordó hacen a cuestiones de fondo. Es verdad que no los cerró con candado, que Draghi abusó del condicional (el BCE «podría» comprar bonos, «podría» no esterilizar la transacción, «podría» ejecutar políticas no convencionales), y que los tiempos del banco central no se compadecen con las oleadas de vértigo que azuzan a la crisis. Todo eso es cierto. No obstante, el cónclave sí asestó una definición fundamental: si los mercados despachan tempestades, habrá una sola puerta para reclamar el auxilio, y no será la del BCE. Conviene recordar que el presidente español, Mariano Rajoy, pedía, a viva voz, la intervención del banco central para frenar la corrida contra sus bonos. La semana pasada, las palabras de Draghi parecían la respuesta a su clamor (y al de Mario Monti, ya que Italia está atada al carro español). Queda claro ahora que no es así: si el BCE va a intervenir, primero Rajoy deberá solicitar el salvataje oficial a los fondos de rescate. En rigor, al Fondo de Estabilidad Financiera (FEEF), que es todavía el único en operaciones. La «patada» a Rajoy (y a Monti) es que el BCE no será un sustituto del rescate, sino, a lo sumo, un complemento sólo disponible ex post.

Todo indica que el esquema del rescate convencional será perfeccionado. Draghi prometió que, en las próximas semanas, el BCE diseñará nuevas modalidades de intervención (y que revisará el aspecto crítico de su seniority como acreedor). Pero si Rajoy quiere aprovecharlas, deberá tragarse el sapo más amargo. Y que la deuda española ayer volviese a cruzar el Rubicón del 7%, en alza renovada, lo torna inevitable, aunque no por ello más apetecible.

¿Se reanudarán las compras de deuda en los mercados secundarios por parte del BCE? Después de 21 semanas de inacción, luce muy probable. ¿Será inminente? Dependerá de la virulencia de la crisis. La pelota ahora está del lado de Rajoy y Monti. Se sabe que no es su propósito solicitar un rescate. Una de dos: o la crisis los vuelve a arrasar y no les deja otra escapatoria. O el nuevo diseño en ciernes los convence de que su suerte será muy diferente de la de Grecia, Irlanda y Portugal y, entonces, declinan su oposición y piden el salvamento de buena gana. Esta segunda alternativa no es imposible, aunque es altamente improbable. Si, como dijo Draghi, el fondo de rescate no es una «contrapartida admisible» para las operaciones de refinanciación del BCE (en criollo, el fondo de rescate no podrá redescontar su cartera en el BCE), entonces la solución que se les propone a España y a Italia mantiene una gravísima limitación: el fondo no tiene los recursos que se necesitan para que la tarea no zozobre a mitad de camino.

¿Qué esperar? Otro chubasco. Nuevos forcejeos. Ya sea porque los mercados pierden la paciencia. O porque la pierden Rajoy y Monti. Como sea, Draghi y Merkel tendrán que seguir desenfundando el contenido de sus promesas. Será necesario, como dijo Draghi, para salvar la integridad del proyecto común. Con lo puesto sobre la mesa, no puede creerse aún que resulte suficiente.

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