Europa con liquidez, pero sin crédito

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Europa no es ajena a la crisis internacional, y sus problemas son de la misma naturaleza de los que aquejan a EE.UU. Su ángulo de ataque, sin embargo, es diferente y, en comparación, la resolución de las áreas de conflicto acusa avances más lentos. Como sea, mirar la crisis desde Europa supone no sólo repasar una faceta menos difundida, sino la posibilidad de examinar en acción herramientas alternativas de política. Pero, sobre todo, dado que la crisis es una epidemia, permite trazar un diagnóstico de la situación que sirva de doble chequeo sin la distorsión del optimismo fácil que brota de Wall Street como si fuera un manantial. Y, en esa tarea, se detecta una grieta profunda que separa tajante la moneda del crédito y que, si se revisa, también está presente en EE.UU. De cómo se salve esa brecha dependerá no sólo la calidad y los tiempos de la recuperación de la economía. Sino su propia ocurrencia.

No es que los males sean contagiosos y no el optimismo. Europa también colecciona «brotes verdes». Asoman por doquier y prometen una vuelta al crecimiento. Pero, a diferencia de EE.UU., no imponen una sensación de urgencia. La visión que prevalece en el Viejo Continente es que la economía permanecerá débil por lo que resta del año. Se espera, eso sí, que su repliegue sea más suave que en la primera mitad. La recuperación se prevé gradual y recién para mediados de 2010 se vaticina que surjan tasas de crecimiento trimestrales positivas.

Sorprende ver al Banco Central Europeo (BCE) en un torbellino de actividad mientras la Fed descansa. Es verdad que la política monetaria de la región va a la zaga. Que no hubo pruebas de estrés en Europa. Y que los bancos de los EE.UU., gracias a la argucia de la mesa examinadora, tomaron una bocanada más que generosa de flamante capital. Gran Bretaña, Japón, Canadá, Suiza, tras rebajar sus tasas cortas a la zona cero, se zambulleron hace tiempo en estrategias de aumento liso y llano de la cantidad de dinero primario (aquel que crea el banco central). EE.UU., por cierto, hizo punta. Arrió sus tasas a menos de un cuarto de punto en diciembre pasado y culminó 2008 doblando la base monetaria y multiplicando por 2,5 el volumen de su crédito. No le hizo asco, en ese afán, a la compra de activos privados y públicos de largo plazo. De la nada, sólo en obligaciones hipotecarias (que llevan la garantía de Freddie Mac, Fannie Mae y Ginnie Mae), la Fed atesora una posición de u$s 462.000 millones.

En la vereda de enfrente, el BCE ancló sus tasas en el zócalo del 1%, pero es reticente a descender públicamente, como sus colegas, a la calzada. No es una alternativa que esté clausurada -el jueves pasado, Jean Claude Trichet, su titular, lo volvió a enfatizar-, pero de momento se prefiere un enfoque menos estridente. En los hechos, el BCE lleva adelante su propia estrategia de relax de la cantidad de dinero. Y, bajo esos preceptos, las últimas semanas descerrajó una fuerte carga de artillería. Dos miércoles atrás, el banco central proveyó, a demanda, una inyección formidable de liquidez. El BCE le concedió al sistema financiero préstamos a un año de plazo - a la tasa refi del 1%- por 442.000 millones de euros (aproximadamente u$s 618.000 millones). Para no limitar el alcance de la asistencia, aligeró sus exigencias de garantía y aceptó activos de muy diverso pelaje; tomando colateral que antes hubiera rechazado. Fue la presentación en sociedad de la versión europea del relajamiento cuantitativo: el «enhanced credit support». La respuesta inmediata fue el crecimiento automático de las reservas bancarias y el derrumbe de las tasas de corto plazo. La tasa refi -la que fija el BCE y se utiliza como referencia usual- se mantuvo en el 1%, pero el tipo interbancario overnight (24 horas) de la eurozona se hundió al 0,36%. Y es su nivel (calculado como promedio de operaciones realizadas), no muy distante de la zona cero aunque variable, el que marca el verdadero costo de oportunidad de los fondos frescos para los bancos sin mácula. Pero hay más en carpeta. Hoy, el BCE gatillará la primera salva de su programa de compra de activos de largo plazo. Como en EE.UU., la intención manifiesta es apuntalar el mercado inmobiliario. La diferencia es de dimensiones. El BCE piloteará la adquisición de bonos hipotecarios cubiertos (según el modelo de los populares «pfandbriefe» alemanes) por 60.000 millones de euros (u$s 84.000 millones) cuando los montos comprometidos por la Fed son más de quince veces superiores. Pero, aun así, importa la señal del puntapié de partida.

El rapto de hiperactividad que domina al BCE no es fruto del azar. El pilar monetario -uno de los dos que dictan las decisiones de política- pide insuflar mayores bríos. La desaceleración del crecimiento de M3 enciende luces amarillas. Se sabe que, mientras la Fed desterró hasta la compilación de sus registros, el BCE conserva el atavismo «monetarista» de consultar la marcha del agregado amplio para confeccionar sus escenarios de actividad e inflación. Y, a contramano de la sensación de mejoría que se respira por todas partes, la bola de cristal se empaña cada vez más. El núcleo duro del problema (y no es ajeno a los EE.UU.) es que los bancos no prestan. La liquidez se afianza, pero se soltó la correa de transmisión entre la moneda y el crédito a empresas y familias. Es un patrón universal: las reservas bancarias aumentan deprisa, pero no los préstamos. Así, en los EE.UU., el crédito bancario cayó un 5% en los primeros cinco meses del año. En la eurozona se estancó. Pero el trastorno es mayor en el Viejo Continente porque los bancos proveen allí tres cuartas partes del crédito total contra no más del 40% en EE.UU. Tal la razón del baño de liquidez que lanzó el BCE. Y también de la advertencia nada sutil del gobernador Axel Weber vertida trascartón: si los bancos no canalizan los recursos para prestar, el BCE tomará a su cargo la faena. Convendrá mantener la sintonía. Si la verdadera rémora es la escasez de capital (lo será si las Bolsas se precipitan), habrá que echar manos en el asunto. En EE.UU., se sabe, la remoción de activos tóxicos duerme el sueño de los justos. Pero, si no cambia la tendencia, también allí, sí o sí, el tema volverá a la palestra.

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