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Europa no es Japón: apura medidas
La inflación del euro se deshilacha. Y no es el efecto de una golondrina aislada. Ocurre sistemáticamente desde 2011. ¿Hay deflación de precios? No. ¿Y riesgos de deflación? Estamos a un accidente de distancia. O, alternativamente, de no mediar percance, pero tampoco un estímulo más decidido, a uno o dos años vista. Si se compara la experiencia del euro con la del Japón de los 90, promediamos 1993. Allá los precios se sumergieron en territorio negativo, un destello fugaz, en 1994. Pero la deflación se hizo carne en 1995. Si en los tiempos modernos caer en deflación requiere perseverar en el error, no se crea que es fácil luego tomar distancia. Aun hoy el nivel general de precios nipón -en términos absolutos- no ha vuelto a retomar el "techo" de 1998. Y conste que Tokio estrenó la parafernalia del relajamiento cuantitativo (QE) antes que nadie, allá por 2001.
Siempre es mejor prevenir que curar. Sobre todo, enfermedades exóticas. Más aún cuando, como dice el consejero austríaco del BCE, Ewald Novotny, los bancos centrales no están muy bien pertrechados para combatirlas (el arsenal y el entrenamiento de que disponen para lidiar con la inflación es muy superior). El propósito de Novotny, por supuesto, es apaciguar las expectativas sobre las verdaderas capacidades de la política monetaria. No hay que exagerar las posibilidades de la vertiente no convencional, pero, precisamente por ello, sus pares como la Fed y el Banco de Inglaterra la han aplicado antes, en grandes dosis y en continuado. El único banco central que ha achicado su hoja de balance desde 2012, yendo a contramano, es el BCE. La desinflación la padecen todos, pero en la eurozona es más virulenta. Y riesgosa: la economía sufrió una segunda recesión y la recuperación es enclenque y muy dispar, los bancos no han sido saneados del todo, ni capitalizados lo suficiente, y todavía recortan el crédito al sector privado (lo que hace unos tres años dejó de ocurrir en EE.UU.). Y, sobre llovido, mojado: las elecciones del 25M mostraron el avance del descontento popular y el ascenso de una nueva élite de líderes en las antípodas del proyecto común y la Europa arquitectónica de Merkel.
¿Qué se espera del BCE? Que Draghi actúe. A pesar de que ya consiguió, por la vía oral, los efectos inmediatos que se pedían dos o tres meses atrás, esto es, una baja de tasas largas (sobre todo, en la periferia) y un declive del euro. Pero se trata de una reacción a cuenta del accionar prometido. Se da por hecho (con una probabilidad que supera el 80% en los sondeos) que el BCE bajará la tasa refi de su piso actual del 0,25% en 10/15 puntos base. La tasa de depósitos en el BCE, hoy en el 0%, entraría de lleno en terreno negativo (lo que la Fed evaluó, pero desestimó porque temía un tiro por la culata). La medida se aplicó en Dinamarca -entre julio de 2012 y abril último- y, si para algo sirvió fue para cortarle los humos a la corona danesa y echarla a pique. Un euro más débil pide Francia. Una "barra libre" de liquidez para la banca -un mecanismo más parecido al FLS inglés que a los LTR del BCE de 2011/12- debería estar presente (cuando el crédito a las corporaciones no financieras -en los tres meses terminados en abril- cayó casi 170 mil millones de euros). El resto lo hará la verba de Draghi, siempre provechosa, mucho más si tiene en qué apoyarse. Y aunque parezca poco, lo más sensato será, en unsa primera instancia, no discutirle el derecho de sobrepaso.


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