La intención declarada de “Autor material” (Banda propia editora) ficción especulativa del chileno Matías Celedón, fue ir al encuentro de alguien condenado por delitos de lesa humanidad, logrando una obra experimental que es artefacto, ensayo y montaje ficcional que busca revelar una conciencia atribulada. Celedón es narrador, periodista, guionista, publicó las novelas “La Filial”, “Trama y urdimbre” y “El clan Braniff”. Visitó Buenos Aires y dialogamos con él
Periodista: ¿“Autor material” tiene alguna relación con la novela de Roberto Bolaño “Estrella distante”? Dado que ambas cuentan de represores de la dictadura de Pinochet que se introducen en universos literarios...
Matías Celedón: No lo había pensado, pero hay algo en esos personajes, como él dice, una hebra para seguir rastreando la raíz del mal, del dolor dejado por la dictadura en Chile. Hay una suerte de versión común de ese tipo de personajes, una regurgitación de los mismos materiales. En mi caso desde los documentos propios, reales, desde otra factura, desde otros procedimientos de la creación del artificio, pero tal vez en la misma línea. Trabajo a partir de materiales concretos. En mi novela “Plan Braniff” a partir de un rollo de diapositivas que encontré en el Mercado de Pulgas, en ésta con grabaciones que están en la Biblioteca Central para Ciegos. A los 17 años Bolaño me voló la cabeza. Gracias a mi padre me crucé con él en 1999, cuando volvió a Chile a saldar cuentas, y lo hizo con dureza. Adhiero éticamente con su estética. Siento la influencia de su magma. Sostiene que el escritor no debe buscar respetabilidad sino estar imbricado en su literatura, en su búsqueda, aunque pueda llevarlo al despeñadero. Dado que en literatura todo se va a perder, a degradar, nadie puede pretender llegar a la posteridad. Hay muchos que hoy se declaran herederos de Bolaño, pero que solo les interesa más lo que consiguió, el éxito, que es otra cosa.
P.: Descubrió que Herrera Jiménez, condenado por sus crímenes en el Penal de Punta Peuco, graba audios de novelas que luego hacía llegar a la Biblioteca para Ciegos.
M.C.: ¿Eran una forma de sublimar el mal cometido? ¿Un medio para alcanzar un bien que le es inalcanzable? Hasta su detención en Buenos Aires, usaba varias identidades -Mario Bravo, marcos Belmar, Bocaccio y otras- ellas con su tono marcial, su voz áspera y nasal, estaban en las grabaciones. Me pregunté, ¿cómo usar esa voz para hacerlo narrar otra historia? ¿Cómo hacer aparecer, con las posibilidades que da la literatura, la memoria y la imaginación -como enseña Borges- un relato que pueda aparecer tan cierto como esa verdad que guarda en silencio en Punta Peuco? Dudaba que en esos materiales hubiera una voluntad de redención, si era simplemente la impostura de estar haciendo buena conducta para un fallo favorable o para tener algo que hacer. Podía intentar abordar eso desde la conjetura. Nunca vamos a poder contar la verdad que hay detrás de su silencio, por tanto, solo vamos a poder reconstruirla desde el simulacro. Está la certeza hasta jurídica que la voz es indisociable de una identidad, por lo tanto, había una carga, ciertos énfasis, que estaba operando al menos de manera subliminal. Una carga radioactiva que podía volverla a reconducir, desactivar.
P.: ¿No se le ocurrió que como el Pierre Menard de Borges leyendo a García Márquez se creía el autor de “Cien años de soledad”?
M.C.: Pensé que estaba usando sus identidades operativas, que el que leía era Mario Bravo Oyarzún. Verlo como objeto de estudio me permitió tener distancia. A la vez eso me generaba cierto grado de inquietud. Pensé que podía tener problemas legales.
P.: ¿Él se enteró de su libro?
M.C.: Por un resguardo tenía que pedirle autorización. Tuve que ir a Punta Peuco, escribirle una carta, explicarle cómo utilizaré esa voz para una pieza narrativa. Me autorizó con una frase en el fondo bastante reveladora: no veo inconvenientes.
P.: ¿Su búsqueda de sentidos profundos no conllevaba una manipulación, aunque la ficción especulativa ya sea un género consagrado?
M.C.: Desde Duchamp para acá, sacar, ampliar, recontextualizar está permitido siempre que opere sobre la base de un criterio artístico y así lo he hecho. Me interesaba de qué manera esos materiales permitían que se materializara una ficción. Creo que la ficción tiene una potencia que le da valor en sí misma. No creo que uno tenga que abstenerse de explorar otras formas narrativas. La realidad es tan compleja que la ficción puede encontrar otras formas de intervenir. Me interesa en qué medida materiales concretos, como sustrato de la realidad que nos va a sobrevivir, podemos hacerlos trabajar en las posibilidades que nos brindan la memoria y la imaginación.
P.: ¿Por qué “Autor material” presenta tres etapas diferenciadas?
M.C.: Es como una puesta en escena en tres actos, actualmente está por convertirse en obra teatral. La primera parte es la voz de presentación del protagonista ante el jurado y habla en primera persona. Luego se convertirá en el lector que graba en cassettes obras literarias para ser escuchadas por ciegos, como “La divina comedia”, “Doña Bárbara” de Rómulo Gallegos, “El manipulador” de Forsyth, por ejemplo. Luego está el descenso en el infierno de la consciencia atribulada de este personaje, son los fragmentos de esas noches donde él graba. Finalmente, en la última parte se ofrece un retrato hablado. Cuento la primera vez que escuché en una entrevista la voz de Herrera Jiménez, sentenciado a presidio perpetuo por el homicidio calificado del líder sindical Tucapal Jiménez y el carpintero Juan Alegría. Allí yo doy cuenta de la investigación en la Biblioteca Central para Ciegos. Largas horas de escucha en las que el grano de esa voz, como enseña Barthes, las inflexiones de ciertas escenas leídas cobran un sentido distinto, parece emanar del interior de su conciencia.
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