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Extraño y melancólico como algunos sueños
«El sueño del perro» es el primer largo de Paulo Pécora, que ya en sus cortos había mostrado una capacidad especial para sugerir las cosas de un modo distinto.
De acuerdo a una sinopsis quizás inoportunamente difundida, esta obra «muestra el camino que alguien recorre, a través de la escritura de un relato de ficción, para superar la crisis que le produjo la muerte de su mujer y su hijo». Por ahí se ha dicho también que ambos seres queridos han muerto en un accidente de tránsito. Puede ser, y puede que no. Las imágenes no hablan de sus muertes, si es que ocurrieron, sino de una vida en común, que nuestro personaje recuerda, o tal vez sólo imagina, como ramalazos dulces de una felicidad que ha perdido, o que, en una de esas, el infeliz nunca alcanzó. Lo único cierto es que vemos un hombre triste y solo, y que, cuanto menos se nos diga de él, más interesante nos va a parecer la película.
Esto es así. Una historia sugerida a través de momentos dispersos, donde alguien escribe y duerme, parece que quiere quemar una casa y concretamente abandona otra, intenta reparar un bote y se refugia en él, vigila y es vigilado, vive solo e intercede por otros. A ese alguien, un niño lo espía y lo va leyendo, un niño que vive con un viejo achacoso. La vida se alterna entre algún lugar del Delta en otoño, y unos lugares impersonales de la ciudad, de cemento gris y monobloks. El picaporte viejo de una puerta no parece corresponder al departamento de ningún monoblok. Quizá sea un recuerdo suelto, que no termina de cerrarse. El hombre no parece tener muchos recuerdos. Lo que escribe tampoco tiene muchas líneas. Hay además un perro negro, sucio, que mira fuerte como si fuera una mala conciencia, y un perro claro, que duerme o se deja acariciar, y no se va muy lejos cuando lo dejan suelto. Pero quizás el hombre se mande mudar y lo abandone. ¿Pero es ése, acaso, el perro del título?
Asunto extraño, bien llevado, muy bien fotografiado, de tono contemplativo, melancólico, y de sentido abierto, acompañado con unos pocos acordes de una música que nos hace flotar en la tristeza, con un personaje triste que apenas habla y ese niño tan significativo como el río, el viejo, o los perros, los ariscos de la isla y el manso del probable abandono, éste es el primer largometraje de Paulo Pécora, que ya en sus cortos había mostrado una capacidad especial para sugerir las cosas de un modo distinto. Pocos la tienen.
P.S.


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