- ámbito
- Edición Impresa
Fábula algo morosa con momentos memorables
El film colombiano «Los viajes del viento» es una fábula realista de la que no cabe esperar otro tiempo más ligero que el paso de dos mulas en el monte, por ejemplo.
A diferencia del folklore de las pampas, donde Santos Vega pierde su payada con el Diablo, otros pueblos creen que uno de sus músicos, alguna vez, le ganó al Diablo la pulseada. Sólo que la victoria también tuvo su castigo. La fábula colombiana que aquí vemos habla de un hombre taciturno, recientemente viudo, en mula por llanos y montes caribeños, llevando a su maestro el acordeón que, según dicen, éste le ganó al Diablo. Un instrumento viejo, temido, adornado con cuernos. Detrás va un muchachito mulato, medio torpe, empeñado en aprender algo para lo cual no parece tener talento.
Juntos (aunque el hombre quisiera ir solo) recorren lugares de variada naturaleza, muchos de ellos bellísimos, otros yermos, paran en caseríos perdidos, y viven momentos singulares: un repentino duelo a muerte de dos jóvenes con machetes, sobre un puente (uno de ellos paga por anticipado un fondo de acordeón para acompañar ese duelo), otro que empieza siendo un desafío musical (una piquería, como le dicen al contrapunto de improvisadores) y casi termina a machetazos en una carpa, un robo, la recuperación de un herido en una aldea de indios arhuacos, el encuentro en un claro de la selva con un grupo de negros percusionistas (otra escena de gran fuerza), la llegada al monte donde tal vez alguien le explique al chico algunos misterios, o lo confunda más, y el taciturno encuentre al fin su destino, quizá distinto al que esperaba, pero un buen destino. Etcétera.
Es una fábula realista, así que no cabe esperar una magia distinta a la que sale de la misma tierra, ni un tiempo más ligero que el paso de dos mulas por el monte, o la brisa por entre las hojas. No hay viento fuerte. Hay que meterse en la naturaleza cerril y a veces apabullante de esos lugares (muy bien filmados en cinemascope), en el carácter de sus gentes, en el sonido de fuelles, cajas y guarachas, y en el tiempo en que se ambienta la historia: fines de los 60, cuando el vallenato era todavía verdadero, primitivo, nada comercial.
Precisamente, la escena de la carpa se ambienta durante el primer Festival de Música Vallenata de Valledupar, a fines de los 60, un festival bien de pueblo chico y música entonces despreciada. Quienes ayudaron a cambiarle la mala fama fueron García Márquez, en «Cien años de soledad», y Carlos Vives, en sus discos. Quien interpreta al personaje protagónico es Marciano Martínez, artista popular nativo del pueblo guajiro de La Junta, lo que contribuye a la sensación de antigua verdad que tiene el relato. También el realizador, Ciro Guerra, es de uno de esos pueblos, Rio de Oro, y es apreciable cuánto ha logrado en ésta, su segunda película. Coproductora, la empresa argentina de documentales Cine Ojo, que así respalda el espíritu etnomusical del proyecto.
P.S.


Dejá tu comentario