19 de marzo 2009 - 00:00

Falsos dilemas del G-20

Dominique Strauss-Khan
Dominique Strauss-Khan
Durante el último fin de semana, y a modo de reunión previa a la Cumbre de los Líderes del G-20 que se realizará el próximo 2 de abril en Londres, se reunieron en el sur de Inglaterra las autoridades económicas de los países integrantes de este «selecto grupo».
Cabe destacar que el G-20 es una extensión del G-7, al que se le han sumado algunos de los principales países emergentes; entre ellos, el denominado grupo BRIC (Brasil, Rusia, India y China) e, incluso, nuestro país. Para tener una idea de la importancia relativa de este conjunto de naciones, basta mencionar que sus productos brutos representan aproximadamente el 80% del total mundial.
En la reunión en cuestión se coincidió plenamente con la gravedad del actual escenario: países desarrollados en franca recesión, emergentes con claras tendencias de desaceleración y una economía mundial con elevadas posibilidades de generar una caída interanual en su producto bruto. Hubo también consenso acerca de las causas que han originado esta gravísima crisis global.
Antecedentes
Asimismo, debe recordarse que hubo una primera reunión de este grupo -realizada en Washington, hacia mediados de noviembre del año pasado- cuyos objetivos enunciados en su Declaración Final no han quedado, por cierto, más que en buenas intenciones.
Sin embargo, más allá de observar el poco o nulo grado de ejecutividad de este tipo de «cumbres», lo que en este caso más llama la atención son las distintas posiciones que se han generado en materia de políticas de ataque a la crisis.
En efecto, el grupo europeo -liderado claramente por Alemania y Francia- sostiene que la prioridad debe darse a la reforma de las regulaciones en los mercados financieros. Por su parte, EE.UU. -acompañado, entre otros, por China, Inglaterra y Japón- insiste en que lo esencial, primero, es profundizar y acelerar los paquetes de estímulo fiscal que aumenten fuertemente la inversión pública.
Por último, y como si estas divergencias no fueran suficientes, un grupo de países emergentes hizo hincapié no sólo en la necesidad de aumentar perentoriamente los fondos disponibles del FMI, que conduce Dominique Strauss-Kahn, sino también en la conveniencia de permitir una flexibilización en el otorgamiento de sus préstamos.
Hecha esta descripción de los hechos, es realmente difícil de entender cómo -ante la gravedad de la presente situación- se hayan podido plantear estas diferentes prioridades. En efecto, resulta evidente que -si los distintos grupos de naciones se despojaran de sus intereses políticos domésticos- en el G-20 no debiera haber más que una posición que, sin duda, es la que enseña la ortodoxia económica: una estrecha coordinación global de las políticas monetarias y fiscales, sumada a un ataque simultáneo en todos los frentes que presenta este tsunami financiero.
Dicho de otro modo, las distintas políticas por implementar son absolutamente complementarias entre sí y a todas debe darse el mismo énfasis. En consecuencia, es de esperar que en la próxima Cumbre de los Líderes se impongan los verdaderos estadistas que comprendan que, más allá de los intereses particulares de cada conjunto de naciones, será de vital importancia tener en cuenta la globalidad de la crisis. Si éste fuera el caso, se podrían fijar claros y precisos objetivos para el conjunto de las principales economías; con todas las implicancias positivas que ello implicaría.

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