"¿Quién yace en la tumba de un poeta? El poeta, desde luego, no, eso es bien sabido. El poeta está muerto, de lo contrario no tendría una tumba. Pero el que está muerto ya no es nadie, por lo tanto tampoco está en su tumba. Las tumbas son ambiguas. Conservan algo y, sin embargo, no conservan nada. Pero cuando se trata de las tumbas de los poetas con eso no está todo dicho. La mayoría de los muertos callan. Pero no sucede así con los poetas. Los poetas siguen hablando. Esto ocurre cada vez que alguien lee o recita un poema", señala Cees Nooteboom, reciente visitante de la Feria del Libro, al comienzo de este sorprendente libro, que algunos rápidamente calificarán de absolutamente posmoderno.
Novelista, ensayista, poeta, traductor, hispanista, este holandés errante (que en nada se parece al Willem van der Decken de la famosa leyenda) permanente candidato al Premio Nobel de Literatura, es un viajero empedernido. Ha andado por todos los continentes y una de sus famas es como escritor de viajes. Una de sus andanzas ha sido ir a visitar las tumbas de su "muertos amados", poetas, narradores, ensayistas, y a partir de ese encuentro pensar sobre la vida y la muerte, sobre el arte y la libertad, sobre cómo esas personas lograron estar más allá de su tumba. Entre las reuniones que realiza con "tumbas agnósticamente sagradas" están las de tres argentinos. La de su idolatrado Jorge Luis Borges, del que recuerda que "nunca recibió el Premio Nobel, y es una lástima para el premio, pero se ganó algo mejor. Alguien debe poner su nombre a una estrella. Es el único escritor al que esto le cuadraría de verdad, y entonces habría otra vez una cosa que se llamara Borges". Los otros argentinos admirados son Julio Cortázar y Adolfo Bioy Casares. Va de la tumba de Neruda en Chile a la de Antonio Machado en Callioure, de la de Stevenson en Samoa a las de Keats y Shelley en Roma, para luego detenerse en las de Thomas Mann, James Joyce y Elías Canetti, entre muchos otros. A algunos como Samuel Beckett los homenajea con un texto que recuerda del gran dramaturgo irlandés, y a Yeats por un poema surgido de su pluma. Otros, como sus admirado maestro Wallance Stevens, lo lleva a escribirle un poema, y a Virginia Woolf una melancólica letanía, junto a la cenagosa ribera a la que la escritora eligió entregarse, que concluye diciendo "sé que a la naturaleza le es indiferente cuanto hagamos o dejemos de hacer, al menos así parece, como siempre".
Esos "lugares vacíos" pueden estar sembrados por sus admiradores, como en el caso de Cortázar, de cuadernos, lapiceras y hasta una botella de ajenjo en la que se ha escrito "aún queda un poco: ¡No la agarren! ¡La botella es para un escritor!". Los sepulcros venerados, que en contadas veces tienen un epitafio, inspiran de modos diversos a Nooteboom y le permiten construir una obra que es una antología, un libro de viajes, una conjunto de meditaciones, que fascinará a quienes amen la literatura, y sienten que las palabras de aquellos que se fueron por esas tumbas siguen vibrando incansablemente.
| M.S. |



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