13 de agosto 2013 - 00:00

Fed, ¿apaga la sed o ahoga?

Enrique Blasco Garma - Economista
Enrique Blasco Garma - Economista
Ben Bernanke cumplió el mandato bíblico: dar de beber al sediento. En lo más álgido de la mayor crisis financiera de los últimos 70 años, los mercados tenían avidez por el más líquido y codiciado de los activos, el dólar estadounidense. Las Bolsas mundiales, el valor de los bonos corporativos, las materias primas, los inmuebles, se derrumbaban respecto del billete verde. A partir de entonces, la liquidez inyectada expandió la base monetaria dólar de un promedio de 900.000 millones de dólares, en septiembre 2008, equivalente al 6% del PBI nominal, a los actuales 3.400.000 millones de dólares, equivalentes a nada menos que un 20% del PBI nominal. Que tamaña expansión monetaria no haya desembocado en una notable inflación comprueba la sequedad de la economía de entonces, la aguda necesidad de liquidez. Siempre evaluando potenciales excesos, la Fed diseñó un mecanismo de escape, de autocorrección a tanta expansión monetaria: remunerar las reservas de los bancos, tanto las excedentes como las exigidas, copiando el mecanismo instituido en la Argentina, a fines de la década del 70. Con esa válvula de escape, los bancos tienen una remuneración del 0,25% anual, la tasa máxima de redescuento, por los saldos diarios, sin plazo mínimo de vigencia, una colocación totalmente líquida y a la vista. Como referencia, el rendimiento de un bono del Tesoro a 2 años es del 0,30% anual.

En otras palabras, el mecanismo de la Fed intenta un equilibrio constante. Por un lado, inyecta liquidez al sistema bancario, en estos momentos 85.000 millones de dólares mensuales. Por otro, ofrece una salida alternativa, una colocación sin riesgo alguno para las entidades, remunerando al 0,25% anual los fondos no colocados. En agosto 2013, estas colocaciones, reservas excedentes, suman 2.100.000 millones, el 12,6% del PBI nominal.

Este esquema tiene beneficios, riesgos y costos. Ofrece excesiva liquidez para desmontar riesgos e incentivar la demanda global, las inversiones y el consumo. No obstante, mientras la Fed tiene en su activo bonos del Tesoro y bonos de agencias hipotecarias a largo plazo a una tasa del 2,6% anual para las nuevas colocaciones a 10 años, carga el costo del 0,25% anual por las reservas excedentes de los bancos comerciales. Cuando en alguna fecha futura comience la Fed a subir la tasa de fondos federales a niveles más cercanos a los históricos, la entidad sufrirá pérdidas. Recordemos que, el promedio de la tasa de fondos federales fue del 4,80% anual, entre 1988 y 2007, cuando comenzó la crisis financiera. En poco tiempo, al llevar la tasa a niveles históricos, la Fed pagaría mucho más en intereses que lo que cobraría por sus activos. Que, por estar colocados a largo plazo, escalarían a un ritmo muy inferior.

Ante este panorama de enorme liquidez creado por la Fed, y las cuantiosas reservas excedentes de los bancos comerciales, es lógico comenzar a recoger el barrilete. Las reservas excedentes son tan voluminosas que, con el programa anunciado por Bernanke en junio y julio de este año, seguirán lubricando la economía norteamericana y mundial por varios años. Como explicó tan bien el jefe de la Fed, la principal variable para vigilar es la tasa de fondos federales, pues la liquidez seguirá siendo abundante por mucho tiempo. Y los fondos federales no se encarecerán hasta bastante después de que la desocupación baje del 6,5%, es decir un punto porcentual menos que la actual. Y siempre que la inflación proyectada no supere el 2,5% anual. Pero si la inflación fuese inferior al 2% anual deseado como meta, los fondos federales seguirían en los actuales niveles.

No habría que alarmarse por bruscas correcciones de tasas cortas. Eso no está en los planes ni deseos de la Fed. Volviendo al mandato bíblico, una cosa es saciar al sediento; otra muy diferente es ahogarlo con liquidez redundante.

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