13 de agosto 2010 - 00:00

Fed no es la Tienda de los Milagros

José Siaba Serrate (Economista)
José Siaba Serrate (Economista)
¿Erró la Fed y alarmó a los mercados? Tal el argumento de Fred Mishkin, quien fuera gobernador de la institución -entre 2006 y 2008- cuando estalló la crisis. Su palabra resuena porque no se trata de un advenedizo ni es tampoco un mojigato. Pruebas al canto: Mishkin impulsó, con su rúbrica intelectual, la estrategia de blitzkrieg -los agresivos recortes de tasas de interés- con los que la Fed enfrentó el capítulo inicial del temporal inmobiliario allá por 2007 y comienzos de 2008. Vuelto a la Universidad de Columbia, esta vez, su opinión es crítica. Con la intención de prestar aliento, la Fed, el martes, resolvió congelar el tamaño de su cartera de notas y bonos nacionales, obligándose a la reinversión sistemática de todas las sucesivas amortizaciones de capital. Pero, según Mishkin, ello instaló la percepción de un «mayor nerviosismo» en su seno. A su juicio, las autoridades monetarias «crearon temores de que la situación será peor de lo que previamente se pensaba.»

Las grietas del estado de ánimo son evidentes. La Bolsa que, en notable muestra de entusiasmo, ignoró olímpicamente el muy pobre informe de creación de empleo de julio, así como -antes y después- muchos otros signos de debilitamiento económico, se resquebrajó de nuevo en las dos ruedas posteriores a la reunión del banco central. El declive pronunciado de los precios del petróleo arrima otra prueba de las fisuras. Cayó el 6,5 por ciento desde la mañana del martes. La visión optimista imperante -que floreció en julio sin pedir permiso- se escurrió como agua entre los dedos, y la lupa de los comentarios volvió a posarse sobre los arduos problemas sin resolver. De ahí el piedrazo súbito que volteó al euro.

Palos porque bogas, palos porque no bogas. Tienen razón Mishkin y los mercados. Si la Fed intervino es porque la coyuntura no marcha bien. ¿Se trata, acaso, de una novedad, que además deba recién ahora provocar temor? La expectativa de un repunte vigoroso del mercado laboral, esbozada en marzo y abril, se diluyó en mayo y no pudo revivirse desde entonces. La Bolsa, en particular, no profesa una religión monoteísta. De allí su extraño aplomo reciente. Si la economía no responde, utiliza una segunda instancia: dirige sus ruegos a la Fed. Y si se revisa el contenido de sus oraciones se verá que se solicitaba, a viva voz, su divina intervención. En todo caso, si Mishkin está en lo cierto, nunca más apropiado el consejo de obrar con cuidado cuando se pide un deseo. Este puede concederse. Parecería que por fortuna la Fed sólo cumplió con tibieza. Lejos de anunciar una nueva ronda de compras masivas de bonos de largo plazo, se limitó a reponer el capital de los vencimientos. No es una ampliación del programa de expansión cuantitativa sino el mantenimiento estricto de su vigencia. Visto así, no hay razones para el revuelo. Claro que también cabe preguntarse qué hubiera sucedido si la Fed no actuaba. Nadie puede estar seguro sobre cuál hubiera sido la reacción de los mercados. Y de haberse desmoronado gravemente, tampoco se puede descartar que no forzaran a la Fed a correr, de apuro, en su auxilio.

¿Erró entonces la Fed o no? El tiempo lo dirá. De movida, la Fed no es la Tienda de los Milagros. Los problemas existen, y su diagnóstico se agravó, ¿qué debería hacer Ben Bernanke para no asustar a los profanos? ¿Ignorarlos por completo y mentar una supuesta mejoría? Nadie crea que, en diversos momentos, no se intentó. Pero, cuando las dificultades no se corrigen solas y hasta el más distraído las advierte, ¿esa tesitura no se confundiría con incompetencia lisa y llena, siendo causal de una alarma todavía mayor? La Fed necesita retener su principal activo -la credibilidad- y, por eso, no puede maquillar la realidad a su gusto. En rigor, se sabrá si la Fed obró acertadamente cuando se compruebe que la economía es capaz de sortear los escollos actuales sin atorarse en el camino. En cuyo caso, nadie objetará que, en esta ocasión, haya repartido aspirinas en vez de limitarse al placebo de un discurso alentador. Y habrá que reconocerle su ascendiente sobre los mercados de renta fija: de manera muy conveniente, y de motu propio, toda la curva de notas y bonos del Tesoro ya descremó sus rendimientos a la baja.

La ciclotimia de los mercados es proverbial. Y se acentúa en esta época del año. No deben gastarse lamentos en sinuosidades que, a la postre, significan poco. Cuando, de veras, los mercados se alarman, se lanzan como los vencejos desde un acantilado. Lo que esta semana vimos es otra cosa: el rally de verano abortó su primer lanzamiento. El mercado lateral, que rige desde la segunda semana de mayo en las Bolsas, prolonga su vigencia.

A falta de definición convincente sobre la salud de la recuperación de la economía, cómo pretender atacar nuevas alturas. De poco hubiera servido un impulso más potente de la Fed si, en última instancia, el almanaque de los indicadores -incluyendo algunos balances corporativos recientes- continúa aportando sobradas evidencias de pesadez.